martes, 29 de septiembre de 2015

Olor


Querido Lord Diario, 

Espero que esa luna de miel en Antibes se cuente como el mejor comienzo para su cuarto -¿y definitivo? - matrimonio.

Hoy quiero volver a hablarle de Dee. 
Lo que tiene usted que entender acerca de Dee es que huele. Huele mucho, mal y con el trazo de una mofeta. 
Cuando pasea por el gimnasio, brazos en jarras, camiseta imperio, sonrisa de medio lado y músculos al aire, Dee deja a su paso un profundo, intolerable aroma a pie sudado y electrodoméstico poco funcional que no vale ni como aroma sexual. Hay días en los que no se puede aguantar. Se sabe por el tufo que Dee está cerca o que acaba de pasar por allí.
Entienda usted mi sorpresa cuando el aromático caballero irrumpió de repente en mi pensamiento hace varias semanas. 
Yo, en mi dormitorio, polla pajeada en mano, a punto de correrme, con los dientes clavados sobre mi labio inferior, sin comprender cómo y porqué la decisiva excitación era la imagen de Dee.
Lo que también debe entender es que Dee es encantador. Diríase que tiene un encanto televisivo. 
El olor es lo único que descuida. El pelo perfectamente peinado, el vestuario acorde con su estatus de sex symbol de barrio y unos brazos y unos pectorales que le harían caer el monóculo de su ilustre ojo, Lord Diario.
Al principio, odiaba a Dee, porque despliega esa cosa alienante de la gente campechana. Es agotador, incluso desde lejos. 
Habla mucho, deja clara su presencia desde que pone el pie en el gimnasio, se ríe a mandíbula batiente y dice una gran cantidad de gilipolleces con sus amigotes.


A todos, a él, los miro desde la distancia. El gimnasio está lleno de chicos guapos, pero pocos son realmente interesantes. Entiéndalo, debajo de todos esos cuerpos, son gente normal, no astros de la mitología griega. 
Muchos son tímidos y solitarios, como yo. He descubierto que la belleza física puede ser inexpresiva; un asunto que asoma poco en las películas. Todos los guapos de las pantallas tienen sex-appeal. Los que veo a diario no son ni llamativos. Hay que fijarse en ellos para verlos.
Hay excepciones. Los que tienen algo distinto, a los que entiendes ardientes, con caras más golfas, con actitudes más intransferibles. Hay más de uno ante el que me volvía el hombre invisible, sólo para contemplarlo haciendo pesas, con un helado de chocolate que lamer mientras.
Dee es más que cualquiera de ellos. Es odioso porque no puedes librarte de él. Quiere hablar con todo el mundo y todo el rato, no puede estar callado. Al contrario que yo, va al gimnasio a socializar.
Apreciará el giro: nos hemos hecho inverosímiles colegas. 
Tampoco he podido poner mucha resistencia. Dee me sacaba conversación hasta cuando le dedicaba cara de "déjame en paz".
Detrás de todo esto, incluso detrás de Dee, yo me veía extranjero de los hombres heterosexuales desde hace muchos años. No sabía qué había sido de ellos. Descubro que lo que antes les incomodaba, ahora les importa un huevo. Es decir, a un heteruzo como Dee le da exactamente igual que yo sea gay. No creo que todos hayan avanzado de ese modo ni siquiera que muchos de los pasos normalizadores sean sólidos, pero lo que antes era impensable, ahora parece posible.
Tan extranjero de los hombres heterosexuales, que tampoco he sido proclive a perder el tiempo en desearlos, asunto que muchos gays hacen con frecuencia.
Por aquello del poco quererse, muchos amigos maricas piensan que los auténticos machos son los que follan con mujeres y, por ellos, ansían esas pollas heteras. ¿Acaso las piensan grabadas con una H en el frenillo como denominación de origen?
Tal vez, porque se cuece en la psique aquello que dicta el machismo de las pantallas: que, de manera necesaria, todo hombre heterosexual empotra, da caña y es infalible.
De ilusión también se vive.


Comprenda mi desorientación ante la aparición en mi mente masturbatoria del chaval heterosexual, oloroso, de barbaza vikinga un tanto demodé, pecho afeitado - ¡ni siquiera depilado! - y con la estridencia suficiente para considerarlo candidato al trono en ese ínclito programa televisivo de sobremesa para encontrar pareja. 
Dee es el que las chicas se encontrarían en una discoteca, lo mirarían y él se reiría, fanfarrón, pensando que la noche ya la tiene ganada.
- Qué mal gusto tengo - me decía, antes de correrme pensando en Dee.
Dee también es un niño grande, ingenuo, que da la mano siempre y no debe ser muy tonto, porque entiende mis ironías. También las ríe. No es bobo, sólo simple. 
A veces, pasa por mi lado, me mira de soslayo con cara cómica y dice:
- Hoy estoy distrosao.
 Me gusta hablar con él, verlo a diario, aunque tenga que colocarme a unos metros de distancia para que no me asfixie esa peste a ultratumba.
- Chacho, hoy empecé a sudar desde que salí de mi casa esta mañana.
- Debe ser por eso que te estás tomando - terció un compañero, a lo que yo entendí que ese olor debe ser producto de un brebaje proteinico extraño. No es normal.
Hasta el suceso del miércoles, yo comencé a fantasear a razón horaria con Dee. 
Ahí me veía subido a su coche, tras coincidir una noche, los dos borrachos, él riéndose entre la inconsciencia y, de repente, mi mano en su paquete, descubriendo la polla y bajando mi cabeza, camino hacia la gloria, derecho hacia el olor, ahí donde debe ser el tufo más violento que conocieran mis narices. No sé si lo podría soportar. ¿Y si le pido que se duche?, pensaba en mis fantasías. No, es hetero, si se deja, será sólo una vez, esa ebria ocasión. 
Oh, Dios mío, todo ese olor. 
¿Y si le gusta y quiere el completo? Pondría excusas a su novia para faltar a una cita e ir más allá conmigo. 
Y, mientras él descubre la última sensación de poder que significa reventarle el culo a pollazos a otro hombre, yo sería el penitente receptor, dolido, asfixiado en ese olor asqueroso, con la frente clavada sobre el colchón, queriendo zafarme, sin poder reaccionar:
- Quién me mandaría a mí, quién me mandaría a mí.


Dee me agregó al Facebook hace quince días y, el miércoles pasado, lo busqué con la mirada por toda la sala de máquinas, sin pensar en ello, así enamoradito. 
Frecuento poco el vestuario. Trato de bañarme y cambiarme en casa, porque ese lugar es como entrar en una pastelería y no poder probar ni un poco de crema. Hombres vistiéndose, hombres desvistiéndose, hombres en toalla, hombres sin toalla.
Pero el miércoles me estaba meando y el único baño del gimnasio está dentro del vestuario.
Abrí la puerta y allí estaba Dee, de espaldas, recién duchado, con la toalla anudada, a la busca de los calzoncillos en su bolsa. Giró la cabeza, esbozó una media sonrisa y, sin mirarme, dijo:
- Qué hay.
- Hola - musité, al tiempo que Dee se daba la vuelta, mientras se libraba de la toalla.
Una nada despreciable polla colgaba entre sus enormes piernas. Era tan musculosas que quizá hacían de menos el pene del caballero.


Dee sonrió. Sabía lo que estaba haciendo, a qué estaba jugando.
Y su sonrisa, cada vez más amplia, podría entenderse como una invitación, pero el efecto era narcisista. Necesitaba que yo lo adorase, de arriba abajo. Estaba buscando la prueba de mi deseo. Estaba diciendo "¿Te gusta lo que ves?" con la mirada.
Casi canta infarto cuando la puerta del vestuario se abrió de golpe detrás de nosotros, para que entrase un tercero, sin necesidad de saber lo que estaba sucediendo. 
Dee se dio la vuelta y se dispuso a ponerse los calzoncillos, con una naturalidad pasmosa, mientras yo salía flechado hacia el baño, con la convicción de que ese olor nauseabundo no abandonaría mis narices en toda la tarde. Quizá, en toda la eternidad.

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