lunes, 5 de octubre de 2015

34


Querido Lord Diario,

Usted jamás ha conocido mayor red social que la plaza de Westminster, porque es una persona antigua y snob, pero el Pony Express se las habrá arreglado a las mil maravillas para llegarle la noticia hasta su viejo rancho de Wichita. En ese mismo rústico tugurio donde planea hacerse con la estrella de plata, según mis informadores. Un diario que es un lord inglés que quiere ser un sheriff. Es usted un botín de sorpresas.
A lo que íbamos. Usted no tiene Facebook, pero lo sabe. Si el pony se desbocó antes de llegar al condado y se perdió la correspondencia, no sufra, que se lo cuento. 
Hoy es mi cumpleaños. Cumplo 34 años. 
Recuerdo que era la cifra que decía cuando era niño para exagerar algo. Hace 34 horas que te estoy esperando. Tiene como 34 metros de alto. Por lo menos, 34.
Como esta vida es larga pero, a la vez, uno posee la sensación de que acaba de salir por una puerta con cuatro años y ha entrado un segundo después con treinta más, todavía sigo usando esa cifra para expresar algo mayúsculo.


Por lo menos, treinta y cuatro.
Ojo, si está pensando que esta entrada del diario es un lamento mumblecore por arrugas surcadas, oportunidades perdidas y años que pasan, estilo angustia moderna, está muy equivocado.
Estoy grandemente encantado con la edad que tengo - con poder escribir "grandemente", también -, y da la casualidad que la cosecha del 81 fue próspera.
En resumidas cuentas, estoy mucho mejor ahora. Por la cosecha y porque me lo propuse cierto día. 
Mejor por dentro y por fuera. Si quiere, lo celebro quitándome la camiseta. O esperamos a los treinta y cinco, para que el impacto sea mayor.


Echo las cuentas y hay cosas que todavía sufren el cálculo. Esas incógnitas que la bruma se niega a despejar. 
Pese a adorar la improvisación de esta vida mía y sus giros de variedad, todavía los ojos acostumbran a buscar la estabilidad en tiempos patas arriba. De manera instintiva, suspiro por trabajos estables, por mejores amigos y por un encantador caballero que, cada mañana, me haga batir las pestañas y lo que no son las pestañas.
El camino está para recorrerlo, cesta en mano cual Heidi por la pradera, y, como cada día es una sorpresa en ese gimnasio, en ese Facebook, en esta mente, en este diario, lo insignificante se erige monumental, con la alegría de los verdaderos viajes. 
Quiero mejores aliados con los que salir y entablar interesantes conversaciones, me rezo a mí mismo en ocasiones, pero entonces me incorporo, miro el mapamundi y lo veo lleno de puntos. 
Esos puntos que son todos los amigos que adoro y con los que puedo hablar a diario de casi cualquier cosa. Veo lo que tengo, lo entiendo y la satisfacción llega para arrasar.


Si leyó pretéritos posts de anteriores blogs, sabe bien que atravesé épocas oscuras de pura melancolía y borrachita desorientación. Lo parecen más a la luz de estos mejores tiempos de firmeza y relativismo, y, aún así, la historia se me hace parte indispensable del mismo trayecto: ese viaje en barca que todos emprendemos por la siniestra cueva. 
Tramos donde no se ve nada, algún ulular que da susto y la humana sensación de que siempre vamos hacia adelante, incluso aunque sólo estemos dando una vuelta por esa gruta. La misma gruta que llamamos vida.
Qué profundo me he puesto, señor diario. Este blog era para postear pollas grandes, criticar a todo el mundo y que la gente entre - y cómo ha entrado - a leer posts que se titulen "Caca".
Lo arreglo enseguida: Pietro Boselli al canto, para que nadie se vaya a la cama sin cenar.


Mañana vuelvo a la carga, se lo prometo. Hoy permítame celebrar mi cumpleaños en su augusta compañía. 
Conocerlo, escribirlo, descubrirlo, querido diario, se dice la guinda de mis hermosos días. Que sean muchos más.
Por lo menos, 34.

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