domingo, 25 de octubre de 2015

Barba


Queridísimo Diario,

Me sorprende usted. ¡Ha estado mandando correspondencia a mi vieja dirección de Madrid! Pero, Lord Diario, ¡hace año y medio que no vivo allí! Y, para aclararlo de una vez, no tengo ninguna próxima intención de regresar. 
Ahora vivo en Canarias, en la isla de Tenerife, donde nací y crecí hasta los veintidós años. Fue con esa edad cuando me fui a Madrid para estudiar, para trabajar, para hacer que trabajaba, para hacer que estudiaba y, así, pasaron diez años. Desaprovechados en muchos sentidos, intensamente vividos en la mayoría.
Volví aquí por la situación económica y porque no tenía mejor sitio donde sentar este culo. Pensaba que sería horrible regresar a casa, con la que tenía una relación complicada, y ya me veía al mes sumergiéndome en el mar, como Joan Crawford al final de "Humoresque".
Quizá porque me llené de fuerza, tal vez porque un buen clima alegra al más reticente, volver a la patria chica fue lo mejor que pude hacer para mi salud y mis ganas de mejores cosas, más adecuadas a mi personalidad. 
Me di cuenta que lo que siempre he deseado en la vida es la persecución de la tranquilidad. Casi todo es más fácil aquí. 


Vivo en el Paraíso, sí, pero matizo: vivo en un Paraíso lleno de quinquis. Y vuelvo a matizar: un Paraíso lleno de quinquis con barba. 
Da igual. Prefiero a los quinquis de Tenerife ante que a los pretenciosos de Madrid, esos que ahora se estarán afeitando para no parecer quinquis, tales son los dictados de la moda desde los tiempos de María Antonieta.
Ay, la clase baja, querido Diario, la que ve Telecinco y todos despreciamos como si esas no fueran nuestras vides. Esa que se deja unas barbas apoteósicas, se depila el pecho y se piensa hipster, cuando el hipsterismo murió anteayer, de tan cargante.
¿Nadie se enteró del fin del barbadismo?, me pregunto.
La última ceremonia de los Oscars fue la apoteosis y el final de la moda barbuda. Todas esas barbas perfectas, maqueadísimas, que se contraponían con unos bronceados naranjotes. Chris Pine era el apaga y vámonos. Las modas pasan rápido, ilustrísimo amigo, porque siempre son de traca.
Por imitación y porque una barba hace mucho a la cara y el atractivo de un hombre, desde hace unos años, se han dejado crecer más barbas que las que había que remojar.
Mi gimnasio, que está lleno de pelo facial, oye cosas como:
- Las barbas son la clave.


¿Cuándo oí esa declaración por primera vez?, me pregunto y, de paso, me remonto a mis problemas y estímulos eróticos con las barbas, años atrás. En Madrid, sí.
Sucedió en aquel verano donde todos vestíamos con camisa de cuadros y nos poníamos morados de comernos las barbas unos a otros. Recuerdo una fiesta - a la que no fui - que se titulaba Morreo de Barbudos. El ambiente gay le había descubierto, un día más, el placer al pelo.
Yo tuve barba durante mucho tiempo, aunque me molestaba cuando crecía demasiado. La barba me era necesaria, pero también pesada. Daba un atractivo y, a la vez, desolador aspecto de naúfrago. Unido a mis ojeras y mi cara de loco, era lo que me faltaba.
De todos modos, fue alabada y hubo quien me chupaba el mentón con mucho gusto.
- I like your beard - me dijo un inglés con el que me lié.
El caballero de mis sueños - un interesante bello que me prometió amor eterno para luego desaparecer - tenía una buena barba, un tanto canosa, y todo el pecho súper peludo. Ay, qué guapo era ese tío, cada vez que lo recuerdo se me pone tiesa y me entra la triste añoranza, al mismo tiempo. 
Una noche, mientras jugeteaba con sus pelos en la cama, le dije que quería afeitarme la barba, porque me estaba molestando.
- No, ni de coña. Así creo que no me gustarás. Una cara sin nada no mola.
Caras sin nada era el horror, porque las barbas eran el furor naciente, excitante, por aquellos años. Todo un descubrimiento. Estoy hablando de finales de la década pasada, imagínese el desfase de los quinquis de mi gimnasio.
Por entonces y motivado por mis compañeros de tálamo, yo decidí que sólo podía estar guapo con ella.
Concretemos. Además del aspecto favorecedor, las barbas tienen una perfecta utilidad sexual. Es lo más decisivo acerca de ellas. Si te están comiendo el culo o los huevos, los pelos rozan el perineo; es decir, el terreno que separa, precisamente, el culo y los huevos. Y, claro, sentir ese roce es una gozada.


Para el coño de las mujeres, disfruta un efecto parecido, pero no le puedo asegurar nada al respecto; como buen hombre que soy, no tengo ni pajolera idea de sexualidad femenina. 
Todo el monte es pimienta, ojo. Hay caballeros que se incomodan por la barba y también por motivos sexuales. Muchos tienen la tranca demasiado sensible y ese picor piloso les resulta insoportable en el glande, especialmente venido de barbas a medio crecer, donde los pelos salen como púas, amenazando la quietud del viril miembro.
Yo, confuso. ¿Barbas o no barbas? 
Pasaron los años, pasaron los hombres, pasé yo. Cambió el tiempo, llegó la bruma, se olvidaron los problemas, vinieron las lluvias.
Y me afeité la barba, por completo, después de mucho tiempo. Vi mi cara en el espejo. Me dio el aire en la faz por primera vez en años, pero me sorprendí al descubrirme mayor. Me había hecho un poco más viejo y ni me había enterado. 
¿Eran acaso las barbas un recurso para la mentira? Para ocultar nuestra verdadera cara y sumergirla en una edad indefinida, en una belleza asegurada por la hirsutez, en un desaliño engañoso.
Oh, cuando yo me afeité, era el tiempo del disclosure, donde se descubrían los pecados de las celebridades y los políticos. Entre imputación y procedimiento, entre 2014 y 2015, yo también me confesé frente al espejo.
Ese, sin barba, era yo. Otra vez. Empezaba una nueva era.


Fuera de modas o tendencias, hay tíos con barba que están tremendos. No todas me gustan, ni por el sabor ni por el olor.
Algunos barbudos me han besado y yo dudaba si encontraría mis bragas alguna vez. Otros olían y sabían demasiado a abuelo. 
Hay mucha barba sucia, porque es inevitable. Quizá para matar la moda, se viralizó que las barbas eran un nido de partículas fecales. Probablemente, sea el mismo cuento que decían sobre la tarta de chocolate del Ikea, pero me recordó a esa verdad: si eres peludo, tienes que profesar una higiene impecable. Sobre todo, en barbas y bajos, donde la cosa se hace tupida y guarrera.


Lo simpático por chorra de mis queridos quinquis de gimnasio es el momento depilación corporal. Se dejan la barba de Abraham y se pasan la moto por el pecho como si la década de los noventa no hubiese terminado.
Yo aborrezco que un hombre se depile - y menos el pecho, con lo guapo que está peludo -, pero ahora que hago ejercicio, comprendo: esa definición muscular que tantísimo cuesta conseguir quiere ser mostrada en su totalidad. Digamos que la depilación despeja los fatigosos logros.
En todo caso, debería ponerles en un tablón de anuncios la foto de Henry Cavill en "Man of Steel" para que entiendan: pueden ponerse como rocas y dejarse los pelos en su sitio - en realidad, lo que está de moda es el trimming, o recortárselo sin llegar a eliminarlo -, pero me temo que no necesitarán mi información. Se enterarán el próximo año y lo harán, al unísono.


Hora menos en Canarias, decían. Barbas o no barbas, aquí me quedo. 
Es donde da el mejor aire, crece la mejor belleza y la gente se ríe tanto, que dan ganas de escribirlo todo sobre ellos. Hoy gloso sus barbas demodé; mañana, quién sabe si sobre sus vidas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario