miércoles, 14 de octubre de 2015

Barriga


Querido Diario,

Hoy es el cumpleaños de Dee. ¿Cómo que quién es Dee? ¡Será usted sinvergüenza! La memoria le falla o ignora todo lo que le escribo. Si usted me aprecia como yo lo hago, buscará y releerá en posts anteriores mis desventuras con el chico más bello, oloroso y dramáticamente heterosexual de mi gimnasio.
Dee cumple 29 años y se pasó por el gimnasio a saludar, porque todos lo conocen, lo aprecian y, como yo, han aprendido a necesitar de su parloteadora presencia. 
Era la primera vez que lo veía sin ropa deportiva y su apariencia era, de nuevo, la victoria del eclecticismo radical. Una camiseta de suave textura para que se apreciara el trabajo de todos los días, unos pantalones vaqueros tan delgados que parecían unos leggins y unos zapatones blancos. Le nombré a Nick Jonas y sonrió como si lo hubiese pillado in fraganti.


Dirá la audiencia: 
- Oh, su cumpleaños es una semana después del tuyo. ¡Es el destino!
Sí, pero la novia también cumplió el otro día, hijos míos. Allí apareció ella para celebrarlo con una foto suya en el Facebook que comparte con Dee. Ella, sonriendo con cara de no tener putas ganas de sonreír, detrás de un café, sentada en una terraza, con el pelo peinado a lo Telecinco, rematado con la inevitable expresión de suficiencia. Villana total.
Dioses míos, he vuelto a la época adolescente donde odiaba a las sweethearts de los chicos que me gustaban platónicamente. Sí, deme una tiza que escribiré cien veces en la pizarra: "Parece que aprendo, pero no".
Ayer mismo, él me entretenía la tarde con sus Whatsapps amistosos e incluso me mandó un vídeo suyo haciendo pesas, con la inocente intención de que viera sus mayúsculos progresos. 
Está demasiado en el guapo en ese vídeo. Serio, concentrado, esforzándose. Cuando termina, sonríe y levanta el pulgar en señal de OK a la cámara.
Esta mañana, le envié un mensaje de felicitación y ejercité lo que él admira de mí: cómo escribo. "Muy bonito, sí, señor, me alegra haberte conocido y que pienses eso de mí", contestó a mi sincera alabanza a su bondad natural. 
¿Me está trastornando esta historia de imposibilidad? ¿Reza usted porque a Dee le de un momentáneo ataque de bisexualidad? Si le digo la verdad, sé muy bien que acabará casado con Ella, la Malvada. 
Y yo, desde la acera de enfrente - ¡simbólico! -, miraré cómo los novios abandonan la iglesia entre una lluvia de arroz.
La misma lluvia que mis lágrimas serán incapaces de apreciar.


Debo exiliarme, querido Diario. De hecho, mañana partiré para el sur de la isla, lejos de ese gimnasio y de estas escrituras durante el fin de semana. Para relativizar o, sinceramente, para rascarme los huevos con mayor ahínco de lo habitual.    
PERO NO ERA DE ESTO DE LO QUE VENÍA A ESCRIBIR. 
¿Qué opina de las barrigas, querido Diario? Sí, la rechonchez que recubre su estómago.
Usted, que vivió en tiempos pretéritos, sabe que es una obsesión venida de antaño, desde que las esculturas de la Antigüedad se consideraron el non plus ultra de la belleza. Todo equilibrio, cero grasa. 
Y, así, las mujeres se sometieron a las torturas de los corsés, y los hombres se apretaron con los más benévolos fajines. 
Así lo contó la Historia: si te miran a la cintura, mejor cruza la pierna y deja caer los brazos. Y más te vale que ESO sea un embarazo, guapa.


El horror por la barriga propia y ajena es más absurdo por el hecho de que la inmensa mayoría de la gente tiene una. Así, me pregunto, ¿es la barriga un tabú? Todo el mundo la tiene, todo el mundo cruza los brazos.
Y la cosa ha crecido en exigencia. Fíjese en Maria Montez, que era el colmo de la belleza en los años cuarenta y esa cintura ahora no pasaría el más mínimo escrutinio.
Hoy sería considerada barrigona según los canónes estéticos de Hollywood y la mandarían al nutricionista en ambulancia, con un bono de descuento para una posible liposucción.


Estar delgado de estómago dejó de ser el único requisito. Ahora hay que tener una musculatura abdominal, que haga aparecer una fila de seis bultos en el estómago. 
¿Usted sabe lo que cuesta? Ni a Dee le ha salido aún el codiciado six pack
A propósito, una mañana en el gimnasio, un chico se levantó la camiseta cerca de mí, para mirarse en el espejo. Tenía unos abdominales tan brutales que me quedé lívido de la impresión. 
Me di cuenta de que era la primera vez que veía unos abdominales de cerca. En la televisión, en el porno gay, en el cine actual, en las fotos de los chicos de Instagram, los veo a diario, de toda la vida. En la realidad, jamás tan cerca.
Estas paradojas me dicen que aquí hay gato encerrado.
Que todos tienen barriga y casi nadie tiene abdominales es donde se le echa la llave a ese gato del canon estético y sus habituales respuestas. 


Yo he tenido barriga toda la vida y esta semana, más que nunca, está desapareciendo.
Por fin, se va, después de once meses de gimnasio. Sólo quedan un par de pliegues, pero el funeral se acerca. ¿Es este post un epitafio a mi controvertida rechonchez?


Muchos dirán: ¡ahí está la sal de la vida, la curva de la felicidad, la ventaja del fofisano! Esa almohada donde apoyarse en las noches de amor, mucho mejor que los ferréos abdominales en los que te puedes ganar un chichón si te inclinas sobre ellos con un mal cálculo.
Que sí, que sí. Pero a mí nunca me ha gustado mi barriga y quiero que se vaya. Cuando follo, miro hacia abajo y la veo, ahí en medio. Pienso que me separa de cierta realización sexual. 
Debe ser que veo mucho porno gay, donde no hay una sola cintura en descontrol y he entendido que el sexo debe ser necesariamente un combate de Apolos.


Pero, ay, querido Diario, a la vez, me está entrando la cosa rara del que despide aquello que ha formado parte de él desde que tiene uso de razón. 
Hubo quien la adoró. Mi hermana pequeña fue su primera fan y se agarraba de ella como si pillara algo prohibido y la fofeaba con el ansia que despierta lo suave y lo blando, mordiéndose la lengua de necesidad. Mi barriga era casi suya.
Algunos de mis rolletes también la veían encantadora. Uno me levantaba la camiseta, nada más verme, agarraba los michelines y ponía cara de gusto nivel éxtasis. 
Otro se agarraba de ella, mientras veíamos una película 
- Ay, me encanta, es una barriga de salud, tan bonita. - decía.


Así lo aprendí: seas como seas, luzcas como luzcas, tienes un público. Es posible que tus admiradores o admiradoras no lo digan y/o jamás se acerquen; especialmente entre heteros, que son menos proclives a confesar atracción por la obesidad o las cosas raras, en general. Sé que hay muchos tíos que adoran las gordas o las viejas, pero no lo dicen. 
En cambio, los gays tenemos alfombra roja para nuestros ositos y nuestros daddies desde hace mucho tiempo. 
Señor diario, apréndalo: el cánon es uno, pero los gustos, tantos como culos.
Yo, como soy un frívolo, un superficial, un Narciso vanidoso que se morrea así mismo en la orilla del lago y tengo tan mal gusto que hasta me gusta Dee, digo no a mi barriga. 
Ha sido un placer, tripita, vete ya. Ya nos volveremos a ver, que la vida es así.


Querido Diario, estos próximos días tendré poca conexión a Internet en la playa y temo que me será imposible publicar hasta el domingo.
Hasta entonces, quizá caiga algún pequeño post con alguna canción bonita para recordarle que sigo vivo. 
Recordar que sigo vivo, sí, o para qué se escribe un diario, en definitiva.

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