martes, 13 de octubre de 2015

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Queridísimo Lord Diario,

Las noticias me susurran que vive y jamás murió. Que se encuentra en la isla Reunión, de escapada con Lady Diario, a salvo, en paz, derrochón, disipado como costumbre.
¿Ya se ha recuperado del affair Wichita? ¿Decidido a nuevas desventuras o mejor retirarse a islas remotas para los inviernos y casonas inglesas para los veranos? Siempre impaciente por sus noticias, siempre satisfecho de recibirlas.
Le deseo lo que merece, enorme sátrapa. 


En casa, cada día amanece como una consecuencia lógica del anterior. Las pantallas iluminan, aunque me cuesta concentrarme en las películas, como extraña sorpresa. ¿Me hecho un culo de mal asiento? 
Ay, justo cuando me hago con una parcela de tranquilidad, el ojo mira hacia un lado, decidido a emprender una agotadora, maravillosa aventura, decidido a vivir otra vez. 
Quédese tranquilo, querido diario. Estas líneas se escribirán por mucho tiempo para honrar esa tremenda acogida que ha recibido. 
Como blogger veterano, debería estar curado de espanto y hasta de esperanza, pero se me pone la sonrisa en la cara cuando veo la audiencia que estamos cosechando en dos semanas de existencia. Será cuestión de afinar los teclados, despertar la mente.
Hoy, las pantallas y las farándulas. Pero inquietos de culo, sí.


- La revista Playboy nos anuncia que se acabaron las mujeres desnudas en su publicación. 
Todos dicen que es el fin de una época, pero yo añadiría que es el funeral de un universo eterno. Aquel universo que miraba esa revista como un tesoro artúrico para masturbadores de toda condición, manoseada y escondida bajo colchones, camuflada por libros, enterrada entre calzoncillos.  
Antes de todo, estuvo Playboy, que nació en plena década de los cincuenta con Marilyn como primera musa y abriría las aguas para afirmar el consumo de erotismo y pornografía como accesorio imprescindible de la sociedad del bienestar.
Se acabaron sus míticas tetas y sus icónicos coños. Internet le ganó la partida a la leyenda desde hace muchas lunas.


- Críticas bien merecidas se ciernen sobre Stephenie Meyer. La perpetradora de la saga "Crepúsculo" celebra el décimo aniversario de la saga con el lanzamiento de una "reimaginación": contará la misma historia cambiando el sexo de sus protagonistas. 
Más que reimaginación, esto es otra sinvergonzonería sacacuartos de una de las más infames mercachifles de los últimos tiempos. Me pregunto si la generación adolescente que consumió "Crepúsculo" será ahora lo suficientemente mayor para decirle que no a esta "nueva" propuesta de Meyer o si, de manera previsible, la cosa arrasará. 
Diré entonces lo que siempre he creído: más veces de las necesarias, la gente que se anima a leer es más tonta que la que no lo hace nunca.

- Victor Garber se casa. ¿Y ese quién es? Nadie que recordar en un memorándum a vida o muerte, pero se le reconoce como un encantador actor de reparto, al que los teleadictos situarán en "Alias" y los consumidores de palomitas emplazarán en mil películas, desde "Titanic" hasta "X-Men". 


Lo que me interesa es su marido, el espectacular pintor Rainer Andresen, a quien Garber nos presentaba hace un par de años, a razón de su outing
Todavía no me he recuperado del susto ni nadie me ha contestado aún dónde narices se encuentran hombres así.


- Querido diario, ¿cómo he podido permitir que la semana se me desborde de series en agenda como antaño? 
Éramos pocos y volvió Fargo. Inspirada en el universo de la película de los hermanos Coen, cada temporada es una historia distinta, con actores diferentes. 
Este segundo año nos transporta a un relato criminal fabulado en los años setenta y lo hace con un reparto de primera línea: dos favoritos, Patrick Wilson y Kirsten Dunst, viven respaldados por catódicos de pro como Ted Danson, Jean Smart y Jesse Plemons. 
El capítulo de estreno emitido ayer ya anda disponible en las redes. Calidad asegurada, Lord.  


- Pedía poco a The Leftovers y me he topado con la serie más profunda que se emite actualmente. 
La recomiendo, sí, pero sé que no gustará a todos: será especialmente frustrante para los que la vean como una entrega de ciencia ficción y esperen una respuesta a su misterio inaugural.
"The Leftovers" se sitúa tres años después de un infausto suceso: un pequeño y aleatorio porcentaje de la población mundial se esfuma sin explicación. 
Ambientada en una indeseable probabilidad, el centro de interés dramático no está en buscar la respuesta a lo sucedido, sino en radiografiar la crisis de una sociedad destruida. 


Imprescindible dejarse llevar por su atmósfera inquietante y melancólica, "The Leftovers" es farragosa en ocasiones, aunque siempre brillante en personajes y situaciones, con ciertos capítulos que funcionan como relatos magistrales. 


- Debo nombrar a su actor protagonista, Justin Theroux, porque aquel nene lynchiano tan talentoso y atractivo se ha convertido en un señor de propiciar mucho infarto. La Aniston lo ha agarrado en su mejor momento, menuda es ella.

- Películas, sí. Por fin he visto Mad Max: Fury Road, el regreso de George Miller a la saga de culto que fuera decisiva para la fama de Mel Gibson. 
Vi las dos primeras originales recientemente y no me gustaron: debajo de toda la parafernalia, poco menos que un par de westerns vacíos. 
Este remozado apodado "Fury Road" es otro western, pero vive en la línea de "Caravana de Mujeres", así que gana de entrada. 
Como rara ocasión en la saga, hay cierta - no demasiada - inversión emocional en el destino de los personajes y es lo que la hace realmente trepidante, junto a los despliegues de ruido y motor. 
Me parece una buena película, llena de virguerías y más de una secuencia memorable, pero tampoco me asesinó en la butaca como ha asesinado a tantos. 
Se advierte que Furiosa no volverá a la inevitable secuela y lo veo fatal: no me negará que el personaje de Charlize Theron era ese alma entre tanto acelerador.


- Repito. Me cuesta concentrarme en las películas últimamente, atender sus diálogos, seguir sus tramas. ¿Será que el gimnasio está acabando con mi yo intelectual, incluso sin pretenderlo?
Pues voy yo, me hago la tres catorce y pongo una de las películas más complicadas de la Historia: El Sueño Eterno, esa donde nadie supo quién asesinó a quién, de tantos cádaveres, chantajes y motivos ocultos. 
Como primigenio acto posmoderno, poco importó. Cundía el placer del noir, de Bogart y Bacall, de la emoción de los disparos, del encender de los cigarrillos y de la humorosa elegancia de Howard Hawks.
Batí el récord. A los treinta minutos, estaba perdido. 


Tendré que empezar con los Teletubbies o asumir que, como las tetas de Playboy, aquí se terminó una época. ¿Es la hora de la vida, querido Diario?
Mañana se lo cuento, mientras hoy termino como empecé ayer: Pietro Boselli o muere.

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