sábado, 31 de octubre de 2015

Carbohidratos


Querido Diario,

Dios - que se llama Douglas Sirk - se apiade de mi alma. 
Sucedió anoche: me salté la dieta y cené carbohidratos. 
Le explico, mi Lord. Si usted quiere adelgazar o ponerse en forma, olvídese del pan después de las cinco de la tarde. Es el secreto, dicen, y le aseguro que es efectivo. Quítese de hidratos de carbono en la cena y camine una hora diaria. Bajará de peso como un reloj.
Pero, ay, las añoranzas. La noche es cuando más apetece un bocadillo, una pizza, un buen plato de pasta. No soy al único que le pasa, dice mi monitora. "A todos nos ocurre lo mismo", dice con la nostalgia de la que no se come un bocata desde la Primera Comunión.
Ayer, porque era viernes y había sido tan buen chico durante toda la semana, cené carbohidratos - en realidad, nada demasiado relevante - y me sentaron fatal.
Toda la noche con dolor de tripa, digiriendo la tostada de pan integral y las cream crackers. ¿La auténtica alarma? No se trata de que cenara hidratos, sino de que ya no puedo cenarlos.
¿En qué clase de persona me he convertido, querido Diario?

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