martes, 20 de octubre de 2015

Culo


Querido, ilustrísimo Lord Diario,

Tengo una confesión importante que hacerle. Sé que usted me entenderá, a pesar del descorazón que se llevará con la verdad. 
No soy la persona fina y glamourosa que todos creen. A veces, estoy matando el rato en mi cama y me llevo los dedos al culo. Me rasco el ojete, me llevo los dedos a la altura de la nariz y, sin más, los huelo. Sí, huele mal. Sí, pongo cara de Jennifer Jones. Pero hete aquí la revelación: ¡me gusta!
El culo, ese dueño y señor de nuestra mierda y, al mismo tiempo, esas dos nalgas que motivan tantas erecciones, tantas idolatrías, tanto salivar ajeno. Qué mal huele tu culo, cuánto quiero follármelo, podría escribir la humanidad para sintetizar su Historia en una sola frase. 
Hablemos del culo, querido Diario. Hablemos de mi culo.


Los perros son los grandes sinceros. Cuando quieren entablar amistad, van a por el culo ajeno como primera instancia. Es la parte más olorosa de los cuerpos y ellos, que son todo merodeo, deciden de ese modo si les gusta el portador de ese ano. Lo más probable: ellos, que son todo guarrez, deben considerar que es el olor más exquisitamente concentrado que pueden percibir sus fríos hociquitos.
Cuando descubrí que hay muchos humanos que son como los perros, caí en la cuenta de que el culo, más que un tabú, es obsesión.
Un buen culo pone a cien a todo el mundo, pero, cuando quieren imprecarte con palabrotas y descalificaciones, es lo más nombrado. Qué bonito culo, ojalá te vayas a tomar por él.


Yo poseo un culo enorme y me temo que costará aún más tonificarlo que la barriga. Es gigantesco, créame.
A mí no me acaba de convencer tanto barroquismo de nalga, pero ha tenido muchos fans. Mujeres que se rozaban a propósito con mis vaqueros y me guiñaban el ojo.
Hombres que lo tocaban al pasar, que lo apretaban fuerte cuando me tenían entre sus brazos, que lo palmeaban, que lo mordían, que lo besaban, que se comían mi ojete al punto de encontrarlo sabroso, que le metían los dedos o, sencillamente, se quedaban mirándolo.
Y, sí, hombres que se lo follaban. A mí podrá usted mandarme a tomar por culo en sentido figurado, pero literalmente, no será novedad. Aquí ha habido acción anal.
- Pero qué grande, me encanta - así oía decir a muchos, mientras sus ingles aplaudían mis nalgas.
Lo que más me intrigaba era el momento beso negro. No lo podía comprender. Cómo pueden comerse un lugar donde es probable encuentren algún resto de excremento. Descubría tal pasión por comer culo en mis compañeros de cama que, a veces, se me antojaba escatología.
- Adoro comer culos. Soy un guarro - escuché murmurar a tantísimos.
Lo veía también en el porno gay y le daba al Forward. Los culos parecían limpios e impolutos, pero, aún así, qué quiere que le diga, Diario, me daba asco.
Asco, pero no el suficiente, porque una parte de mí quería, deseaba, esperaba el momento para probar el tan alabado manjar. ¿Debía yo también comer ano como parte de mi dieta sexual? Jum, como dicen los libros de consejos sexuales, para todo, sólo hace falta estar debidamente motivado.
Investigué. ¿Era cosa de nosotros, los intrépidos homosexuales? La respuesta fue un rotundo no.
- Sí, antes de metérsela por el culo a mi novia, se lo como un ratito para prepararlo - me dijo uno de mis entrevistados.
- Sí, me encanta que mi chica me coma el ojete y que incluso se atreva a meterme algún dedo - declaró un aventurero de los placeres de la próstata.
- Sí, lo he hecho, aunque, definitivamente, no está entre lo que más me gusta - confesó una anónima, con la mirada esquiva y el gesto torcido.


Descubrí la verdad. Vivo en un mundo de chupaculos. Y, señor mío, yo no podía ser menos. Tenía que probar el cóctel de la transgresión. Si le digo la verdad, sucedió sin plan preconcebido, pero, como dirían de los asesinatos, hubo motivo, medio y oportunidad.
Estaba haciendo un 69 con un caballerete. Él estaba encima de mí y tenía el culo prácticamente en la nariz, así que era el momento. Lengua al asunto. Él hizo: "aaaaaaaah". Yo capté el mensaje. Quería que siguiera. 
Y seguí, seguí, sin pensar, lengua, lengua. Y, a cada segundo, lo hacía mejor, con más intensidad, con esa cosa que tiene el sexo: lo asqueroso es el valor. Estimulado por el receptor de mi primer beso negro, que no se creía lo que estaba pasando y sólo quería más, continué un buen rato hasta que el machote se corrió sobre mi pecho, sin dejar de decir: "qué bien comes el culo, pero qué bien lo comes".
Una frontera se había cruzado, querido Diario. A mí también podían ponerme la corona de lameculos mundial y, además, con la mención especial de haberlo hecho bien a la primera.


A partir de entonces, he desarrollado cierta fijación anal y ya no obvio las escenas al respecto en el porno gay. Es más, me ponen como una moto y las considero parte indispensable de la sensualidad. 
Confieso que no he repetido el episodio tantas veces como desearía. Algunos chicos son muy timoratos para esas cosas y otros poseen unas retaguardias demasiado sucias. Tampoco es cuestión de devenirse en papel higiénico, entiéndame. 
Aunque seamos unos cerdetes por Naturaleza, un culo limpio también es un valor.


Seamos bidé, mi querido Diario, y cenemos donde dicen que la espalda pierde su bonito nombre, allá donde empieza el territorio ignoto, excitante y reivindicable de nuestras posaderas.
Hasta mañana, Lord, que le den mucho por culo en el entretanto.

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