jueves, 29 de octubre de 2015

Droga


Querido Diario,

Yo siempre he querido ser un alcohólico y un drogadicto pero, lamentablemente, nunca he tenido el dinero suficiente. Tremenda confesión de medianoche.
¿Qué obsesión tiene todo el mundo con las drogas?, preguntaba el otro día un comentarista a propósito del culto que suscitan películas como "Trainspotting" o "Réquiem por un Sueño". Qué gran pregunta. Las drogas son obsesión hasta para quien no las ha probado nunca. Son esas ganas de ponerse del revés, de ir a la guerra y perderla, de tirarse por el abismo sólo por el placer de verse capaz de hacerlo.
¿Que si yo he tomado drogas alguna vez? Claro que sí y repito. No he tenido el dinero suficiente o estaría hablándole desde la Clínica Betty Ford, esa donde acaban los grandes drogadictos de la Tierra: los famosos que se ponen muy nerviosos con tanto escrutinio y tanta cámara y tienen la pasta suficiente para que siga fluyendo la mercancía.
Un secreto a voces: hay más gente adicta a las drogas de lo que nadie se atreve a pensar. La mayoría pasan desapercibidos y la vivencia de sus adicciones está muy lejos de lo que cuentan las películas. No hablo de la cultura de las drogas; es un fenómeno mucho más profundo, menos noticiable y se cuenta desde pueblos minúsculos a grandes metrópolis.
Sociedades enteras no soportarían un análisis toxicológico. Alguien - creo que fui yo - rebautizó a este planeta como la sociedad de la farmacia. Entre legales e ilegales, he aprendido que el mundo está dopado, por necesidad, por tontería, por cobardía, por soberano aburrimiento.


Cuando se abren los ojos al grado de mayúscula drogadicción ajena es cuando se toman. De repente, te das cuenta: las tres cuartas partes del bar donde te encuentras está drogada o en proceso de drogarse. Y, conociendo la vida nocturna, el porcentaje de los que me rechazarían la invitación a una raya de cocaína sería ridículo.
Antes de glosar mis drogas, le diré una gran verdad: cada persona tiene su droga. Aunque usted sea sensato y no las pruebe nunca, que no le quepa ninguna duda. Hay una droga perfecta para su personalidad, para su vida, para su paz, para su furia. 
Por eso, son peligrosas. Están dedicadas a animarnos la vida y a destruirla al mismo tiempo.


Ahora le contaré todo sobre mi experiencia con las drogas. O de lo que me acuerde. Como estaba colocado, será menos de lo que debería.
Fumé algunos porros, que me mareaban y me producían una sensación postrante que jamás me ha gustado. 
Una noche, me invitaron a MDMA y me habré tomado en total unas tres o cuatro anfetaminas. El sudor se sentía como aceite y parecía que podía tocar el techo con las manos, pero el resultado de la experiencia fue horrible. El descontrol era tan fuerte que se sentía desagradable. Compréndalo: esta cabeza tiene demasiadas cosas dentro para que la estén agitando cual cóctel. 
Y, al día siguiente, oh. En realidad, eran los días siguientes. No he tenido dinero, pero tampoco he tenido cuerpo, Lord Diario.


Aparte de las drogas legales - alcohol y tabaco -, a las que tuve gran afición y peligrosa adicción desde muy joven - hasta que me cansé de ellas y lo mayor que me estaban haciendo -, he probado cosas que nunca entendí exactamente lo que eran. 
Qué demonios es el speed, que estuve dos días sin dormir. También probé un poco de popper, que huele como laca de uñas y es una sustancia muy querida en el homosexualismo, porque la esnifas, se dilata la vida y follas como un animal. Yo debí probarlo mal o poco, porque no follé como un animal y sólo pensé que olía a laca de uñas.
Yo siempre he tenido una droga predilecta, querido Diario. Esa cuyo nombre no quiero pronunciar ahora por no invocarla, esa que me hace relamer sólo de pensar en ella.


A propósito de lo que decía de la sociedad drogada, debe entender que la gente que toma drogas lo entiende como algo natural, divertido, guay. Llega a comprender que su peligrosidad es parte de la fiesta, que los bochornos que propicia son épicas que contar para la posteridad y que, si se controla, aquí paz y después rayas.
Gente cercana y mayor me inició en el consumo de cocaína como si tal cosa. Yo era muy joven y estaba muy aburrido, así que doble motivo para decir que sí. Me gustó desde el primer día. La sensación de poder, la inagotable gana de hablar y hablar, la resistencia, el estímulo, la glamourización de la realidad. Y ese ácido y vigorizante resbalar de la sustancia desde la nariz hasta la garganta. Ese sabor.
Hay muchos que adoran el ritual de ir al baño y meterse un tirito, más o menos a escondidas. Es otro factor de la drogadicción: el encanto de portarse mal. Yo, en cambio, siempre lo detesté. Me gustaba la tranquilidad de ponerme el tiro, sin tener que poner el pie en la puerta, sin correr a deshilachar el pollito, sin la tarjeta, el billete, el cuidado que se cae, el cuidado que se sopla, el cuidado que, como nos pille el segurata, nos echa del bar. Además, como muchas cosas en esta vida, prefiero hacerlas solo. 
La cocaína es cara, carísima, y jamás me he podido permitir su consumo. Aún así, rasqué hasta lo que no tenía en los dos períodos de mi vida donde las aletas de mi nariz se glasearon, generosas, derechas a estimular a este Montez.
El primer período sucedió cuando tenía diecinueve años. Rondaba con gente mayor que yo, hacía muchas tonterías, me emborrachaba muchísimo y, además, se me notaba la mordida a leguas. Además, sucedía aquí en La Laguna, por lo que entraba en juego el peligro de que se enterase el pueblo entero.
Bochornos, caerse al suelo, conducirse con euforia con gente conocida y desconocida y, a la vez, ir por las noches como si me hubiesen colocado un patinete hecho con nubes de foam bajo los pies. Si quiero otorgar algo, sería la diversión. Pero perdía mucho el tiempo, el ridículo campaba a sus anchas, y, sí, conocía a mucha gente y hablaba hasta con los bastones, pero entablaba pocas amistades de verdad. Y, claro, de follar nada. Cuando se practica la coca, es común que las ganas de follar sean mínimas. 
El poco bolsillo y el cambio de ciudad fueron decisivos, para que me olvidara de la cocaína durante años. Fue un episodio que quedó atrás y los cárteles de Sudamérica vivieron sin mi contribución por entonces.


De repente, diez años después, estaba en un bar de Chueca, fumando en la puerta, muerto de tedio, preocupado por la crisis, sin visos de que me ligaría a algún chico aquella noche, y un marroquí de nombre Said se me acercó.
- ¿Quieres coca? Tengo algo muy bueno.
Me dijo burro y yo relinché. ¿Cuál fue la diferencia? Con diecinueve años, era ingenuo, adoraba la fiesta. Ahora sabía perfectamente el camino que recorría, el precipicio por el que había decidido lanzarme. Sabía de las resacas, de la impotencia sexual, del cinismo, de la avaricia, de la sonrisa tonta, de la nariz chorreante. De que llegue el momento en que no importe que se me note lo que acabo de hacer en el baño. De que escondiera lo mío para no tener que invitar a nadie - los potenciales invitantes salen de debajo de las piedras - y de que todo - más de lo que controlaba - estuviera supeditado al momento de meterme.
Lo hice por tedio y para sentir algo. Lo hice porque era tan alcohólico que las copas ya no me producían nada. Lo hice por alguna razón y por ninguna. Surgió la oportunidad: pude decir que no a Said y le dije que sí.


Durante unos meses, tuve a Said en marcado rápido. España ganaba el Mundial de Fútbol y, entre el rojo que vestía las calles, yo me inclinaba al blanco. Las victorias se celebraban con botella de ginebra y medio gramo. El fuerte amargor de la combinación era delicioso. 
Sí, Lord, aún se me hace la boca agua al recordarlo. Porque las drogas pueden dar malos viajes y hacerte pasar mucha vergüenza, pero es divertido tomarlas. Es placentero y exquisito, un gusto adquirido. Como la cocaína es una de las pocas que se paladea al ingerirla, no sólo queda la sensación que produce en la memoria, sino ese sabor, tan adictivo como sus efectos.
En esta ocasión, ligaba y la coca me ayudaba a ello. Desinhibe socialmente y el ritual de "te invito a un tiro" es el momento perfecto. El cuarto de baño, la cercanía, la preparación, las miraditas, los morreos, el meterse la raya, primero, y la polla en la boca, después. Pero la tragedia de la impotencia. La cocaína excita, pero deja helado de cintura para abajo. Al menos, a mí. Seré sincero por enésima vez: ese fue uno de los verdaderos motivos por los que dejé de tomarla. 
También influyó la economía - me estaba quitando de muchas cosas para costear las noches -, las demenciales resacas de sonarme la nariz hasta no poder con la puta vida y de sentir la lengua como un estropajo de aluminio, entre el arrepentimiento, la soledad y la más absoluta, agónica nada.
Y, sobre todo, aquel día que pasé en comisaría con una botella de agua y la nariz rezumante para denunciar que me habían robado la cartera en pleno pedo. Oh, mi vida parecía destruida entonces. Sólo me quedaba la compasión y el chispazo: pese a que la cocaína era perfecta para mí, yo siempre me sentí más grande que ella. 
Yo he querido ser un drogadicto, querido Diario, pero mi arrogancia, mi sentimentalismo, mi aire de superioridad, mi sentido de la esperanza, así se lo dijeron: soy mejor que tú, mañana será otro día, tengo algo más importante que hacer, ahora mismo me pillas sin un euro en la cartera.
Hasta nunca, drogas. O hasta mañana, quizás.


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