miércoles, 21 de octubre de 2015

Macho


Querido Lord Diario,

Lo imagino en su cottage de Cornwall, con un libro decimonónico en el regazo y la mirada en el sombrero de plumas de Lady Diario. La verá hermosa y esas plumas serán para usted lo que son: plumas. Para mí, tiene otro significado y no me refiero a la habilidad escrituraria.
Recuerdo un compañero de colegio, muy adicto al chiste, que, sin yo percatarme, me pasó una pluma de paloma por la mejilla, delante de los demás. Yo dije: ay, qué susto. Y eso fue lo único que les faltó a todos para descojonarse.
Sí, si tienes pluma, eres maricón. No se sabe el motivo a ciencia cierta o sí se sabe y yo no me he enterado todavía. 
La pluma puede ser insoportable o bien bonita, puede ser divertida o un coñazo. 
Llega la contradicción: a los gays no nos gusta la pluma, de manera general. Al menos, no nos encanta.
Porque nos gustan los hombres y, de manera casi inevitable, los preferimos machos. El silogismo viene a dar la siguiente situación: uno buscará machos, pero además tiene que comportarse como si también lo fuera. Es decir, reprimir el afeminamiento y hacerse pasar por un tío muy tío. Unos lo conseguimos más que otros. 
Yo llegaba a ponerme tan serio en ciertos bares que más de uno pensó que servidor era hetero. Sin ser yo nada de eso.


¿Qué son los machos?, se preguntará usted, Lord Diario, que es de la época donde los hombres aspiraban a ser caballeros. Los machos obedecen a la más avasallante - y vulgar - expresión de virilidad y se concreta en:

- Vello. Mucho.
- Seriedad. Voz grave, mirada nivel saturnino, cierta insipidez. Imagínese a Dana Andrews en su momento más estólido.
- Estatura. Por aquello de la imponencia y la preminencia.
- Fuerza. Concretada en músculos, sí, pero nivelada con corpulencia natural.
- Postura rígida, brazos caídos, piernas nunca cruzadas. Sea un árbol.
- Los estallidos de alegría deben estar más en la vena de un Goooool cavernario antes que de un jijijajá de cóctel de media tarde.
- Besar a otro hombre, ¡jamás!. Apretón de manos, nivel corte de circulación.

En definitiva, debe ser usted un rezumar de testosterona para, al menos, aparentarse macho. Debe ser usted como Sean Connery, el macho canónico. 


Enumere: ceporra belleza, con manos grandes, voz profunda y pelipecho para dar y tomar. También el macho debe contar con cierta edad, por aquello de su relación con el patriarcado. Un macho es un oso, un gran padre, una roca a la que aferrarse.
El ejemplo se desbarata porque también podríamos considerar macho a Taron Egerton, que ni es velludo ni alto ni corpulento ni mayor. 
Pero posee la actitud chulesca combinada con cierta sosería, que es lo que regula la imagen más estándar del macho.


¿Es el macho un producto del machismo? ¿Dónde acaba el macho y empieza el machista? Digamos que el machista es la presunción, la imposición y las ganas de serlo y no poderlo. El macho, si realmente lo es, se conformará con serlo y no tendrá grandes intenciones de demostrarlo. Está demasiado ocupado en su seriedad existencial.
- A ver cuando acaban estas perras de discutir, que quiero una cerveza e irme a la cama, que estoy muy cansado. Todo el día currando, uff. - pensará el buen macho, pero no lo dirá.
Lord Diario, he de confesarle que me encantan los hombres muy machos. No lo puedo evitar, soy la mierda, lo sé. Me pueden, se me van los ojos. Cuanto más peludos y más olorosos, se me desata la llamada de la selva y la sensibilidad a la testosterona. 
La pregunta es:
¿Podemos los gays aspirar a ser machos? ¿O sólo por tender a cierta femeneidad en uno o más aspectos de nuestro comportamiento estamos desterrados de la macho-nación?
¿Planteo moco de pavo? No. 
Hace muchos años, la sociedad tendía a pensar que los homosexuales eran forzosamente femeninos, con miradas aviesas y caras raras, casi incompletas. Nadie podía imaginar que uno de los sementales de Hollywood, Rock Hudson, era de la banda del pepino.
Ni siquiera muchos homosexuales sabían que existían más homosexuales que los evidentes maricas. 
Cuenta la leyenda que sólo descubrieron que se podían comportar como hombres con otros hombres cuando vieron las películas de Joe Gage, maestro del porno gay.


Descubrió la verdad: a salvo de etiquetas, muchos hombres tenían sexo con otros hombres y ninguno de los dos hacía el papel de mujer. Eran dos hombres follando, con todas las consecuencias. Tan sencillo y tan tremendo.
Desde entonces, el porno gay y sus consumidores se centraron en la escenificación de ese Paraíso: el macho follando con otro macho. 
Los actores más cotizados parecen heterosexuales y algunos claman serlo en sus vidas privadas. 
Es más extraño encontrar a un hombre afeminado en el porno gay que a una mujer. Con eso, se lo digo todo, Lord Diary. 
Muchos actores tienen pluma, pero deben reprimirla en sus escenas. El polvo debe rezumar masculinidad.


¿Es la adoración del macho síntoma de machismo? Sí, porque se considera lo femenino como algo rídiculo, a lo que pasarle una plumita por la mejilla y reírse. 
Muchas escenas porno gay basan sus tramas en la seducción de un heterosexual, fantasía recurrente de los homosexuales. Esa obtención de la masculinidad más pura, que debe hallarse en la entrepierna heterosexual, sinónimo de lo impecable y lo potente. Jo-jo. 
A pesar de todo, la masculinización de un polvo gay tiene un doble filo y el revés es bueno. 
Ha expresado que no hay nada femenino en que te la enchufen por un orificio y, como dije el otro día, ver a un hombre cabalgando sobre otro es esa imagen transgresora que necesita el machismo para extinguirse de una vez.


Comportarse como un hombre no está nada mal. Es lo que hago y debo hacer, porque me temo que soy un hombre.
Leía un artículo en una revista gay que daba unas buenas recomendaciones al respecto. Arremetía contra la tendencia de algunos homosexuales a tornarse en villanas de culebrón, con cosas como criticar demasiado el aspecto de los demás. Actitudes que no hablan de aceptación, sino más bien de amargura.
He visto a muchos grupos de amigos que se comportan como niñas tontas y refrendan mi teoría de que se confunde la liberación con un pasaporte a la gilipollez.
Si algo que nos define a los gays es nuestro gusto por el exceso. O una sensación o la contraria. Te comportas como una señorita de pies a cabeza con tus colegas o te pones como Charles Bronson cuando andas de ligue. Ay, qué agotamiento de roles y de interpretaciones. Tiro el guión a la basura.
La fortaleza de ambos géneros, la serenidad de los hombres, el sentido de la diversión de las mujeres: confío en que puedan convivir en un solo cuerpo y espero que lo hagan en el mío. 
Que me gusten los machos y deba comportarme como uno para ligarme a otro que esté haciendo el mismo paripé será la inevitable chorrada que deviene de nuestros gustos irracionales y nuestros frívolos valores. 
Que encuentre a alguien que no le importe como soy y como pretendo ser - macho en un momento, mariquita al otro, varonil siempre -, oh, eso será aún más excitante.

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