jueves, 8 de octubre de 2015

Músculo


Querido Diario,

Hoy le escribo con la emoción de siempre y, para variar, con la barriga ensimismada, esa que vive deseosa de ser abdominal. Sucede de manera invariable en esta metamorfosis. Son frecuentes las tardes en las que siento unos tirones en dispares partes del cuerpo, como si me estuviera convirtiendo en otra persona, cual Gregorio Samsa despiertóse. 
Dirían las gestas de la transexualidad que voy en el camino de ser aquello que vive dentro de mí. Jojó, no se asuste. Jamás renunciaría a mi polla y mis huevos. 
Desde cierto tiempo, mi único recorrido es nada menos que ser un señor musculoso.
Sí, llámeme superficial, dígame que soy la mierda, pero jamás me vi tan sincero cuando descubrí que quería una cosa y la iba a conseguir, aunque fuera lo último que hiciera en esta vida: un cuerpazo. 
Usted, que es señor antiguo y correcto, llegado de tiempos sutiles, enarcará la ceja ante la mugre de los tiempos modernos, que prefieren flexionar a reflexionar. Que adoran lo que se impone, lo que se evidencia, lo que se aparenta.


Me cago en esa caca. Ya reflexiono bastante. ¿Por qué no hacer las dos cosas en el equilibrio donde corrieron los magníficos? Hay horas en el día para flexionar, para subir pesas, para descubrir que existe algo inmortal, épico en construirse. Imagínese el epílogo de "Olympia" como acompañamiento visual de estas palabras.
Que nadie le diga que es fácil. 
Es largo recorrido, carrera de fondo, trabajo de amor ganado. No tiene que ver con la dureza del ejercicio, sino con la constancia y el esfuerzo de ir todos los días. 
Lo que duele no es la pesa levantada; más bien, es la impaciencia a que lleguen los resultados. Algunos irrumpen en cuestión de semanas, los mejores llegarán al año, los decisivos cuando tu vida se entienda en función de ello. Tengo el doble de brazos que hace diez meses y se puede decir que acabo de empezar. Estoy más duro y esbelto que nunca en toda mi vida y todavía no estoy exactamente cachas. 
- ¡Ahí voy! - dije, antes de que el globo se elevase sobre la tierra de Oz.


Siempre me han gustado los músculos y los hombres musculosos. Quizá por pura educación estética. Crecí en una época donde los tíos de la tele empezaron a quitarse la camiseta y el protagonismo del fitness se impuso. Era inevitable que se nos cayera la baba, pero también acomplejaba sobremanera. Por primera vez, los hombres sentíamos lo mismo que las mujeres. Debíamos trabajar para ser bellos.
Yo lo intenté en contadas oportunidades, pero nunca le encontré el gusto al ejercicio.
Por entonces, vivía en la mente relacionado con el patio del colegio, con las clases de Educación Física, con cambiarse de ropa en los vestuarios, con quitarse la camiseta en la piscina. Significaba problemas, miedo, complejidad. Era perezoso para afrontarlo, era inseguro para darle un buen intento.


Aunque he estado delgado y gordo, de manera variable e intercambiable, a lo largo de mi vida, en los últimos años me cambió el metabolismo de manera dramática y, sumado a todo el alcohol que bebía, terminé como un tonel. Por entonces, me dio igual. Siempre hubo quien me guiñara el ojo y se confesara fan de mis michelines.
Sucedió después, cuando sufrí complicaciones digestivas durante meses y, tras muchos medicamentos y desesperaciones, el médico me recomendó hacer ejercicio como último remedio. Era lo que necesitaba, porque fue lo que me curó. La verdad: si no te empiezas a cuidar a partir de los treinta, vas en caída libre hacia el desastre.
Adelgacé muchísimo, por mi cuenta, sin gimnasio. Por entonces, pensaba lo que pensaba hace un año, justo antes de entrar por la puerta del gimnasio: con un par de meses, cachas enseguida. 
Jojo, qué daño han hecho las películas y las revistas de consejos prácticos.


Joe Manganiello, el actor más en forma de Hollywood, sugirió en una entrevista que pocos de sus compañeros de profesión están realmente musculosos y todo lo que se ve es ilusión, fotografía y maquillaje. Muchas instantáneas robadas de sus paseos por la playa lo confirman, una y otra vez. 
Con esas mismas fotos, la prensa se sacó el comodín del fofisanismo o la defensa del 'cuerpo de padre', asunto que duró dos días. Mi experiencia me dicta que la gente tiene un gusto tan variado que, a veces, se cuenta retorcido, aunque dudo que gran parte del personal prefiera agarrar esa barriga de McDonalds que se gasta Leonardo DiCaprio como estimulante erótico.
Sé que muchos y muchas repudian tanto músculo.
Es una cosa hortera, decadente, caro de lo barriobajero, heredado de décadas de exceso, que pedían "cuanto más, mejor". Ha llegado un punto que pasarse de cachas es políticamente incorrecto, incluso aunque siga siendo popular. 


Qué quiere que le diga, a mí se me van los ojos. Y más se cuando pasea Dee en camiseta Imperio. Es la abundancia, es la fuerza, es lo que considero bello. Además, Dee está muy bien proporcionado. Es alto, grande, tiene una buena cabeza y un gran culo. 
Deseo a los musculosos como siempre, pero también los admiro, porque entiendo el trabajo que hay detrás. Dee no sólo me hace batir las pestañas. También es un ejemplo de superación para mí. Me proporciona mucho ánimo y quiere que llegue a su nivel, para poder entrenar juntos.
- Te lo digo. A este Josito nos lo han cambiado, pero vivo por saber el próximo episodio de sus aventuras - rumorean los mentideros.
Ahora me descubro escrutando el cuerpo de los actores y los tíos buenos que salen en la tele, descifrándolo, como quien ha aprendido un idioma nuevo.
Hay cosas que yo ignoraba. Que tienes que bajar kilos desde el principio y de manera gradual, en actividades cardiovasculares. Que debes comer, sí, mucho, con ganas, variedad, astucia.
Que tienes que acompañarlo con sesiones de estiramiento para evitar lesiones y atrofiamiento. Que, aún así, necesitas un fisioterapeuta en marcado rápido.


Si nunca has hecho deporte ni has estado de manera seria en un gimnasio en los últimos años, empezarás desde cero, de manera forzosa. Yo había hecho tablas de ejercicio por mi cuenta, footing, flexiones. Nada. La monitora me vio y dijo que comenzarámos por el principio. 
Aprendí que el buen músculo no brota cual amor, sino que se trabaja a conciencia, poco a poco. En realidad, no hay necesidad de titánicos esfuerzos, sino de hacerlo bien, exacto, justo. Que te aparezcan esos bultos del bien es una recompensa, es la prueba de que has ganado fuerza. Y sólo se consigue si vas todos los días. 
A veces, pienso que es una cuestión de fe. Sí, también es una obsesión, porque implica absoluta determinación.


Importante dato. Cuando llegas a un gimnasio, reina la desconfianza. Aunque noten las ganas, creen que te cansarás. Casi todos los que llegan inexpertos, de repente, dejan el gimnasio. Muchos monitores muestran un gran desinterés por los primerizos, porque están acostumbrados a que, un día, más pronto o más tarde, desaparezcan. 
Los buenos gurús de estas cosas saben que, a pesar de todo, deben intentar enganchar a los recién llegados.
Mi monitora se ha confesado muchas veces alucinada con la experiencia de tenerme allí.
- Eres el único que empieza desde cero y me viene todos los días. ¡Y llevo quince años en esto!
Para ella, para Dee, para los demás, soy el mayor suspense. ¿Lo logrará? 
- Te veo bien, te veo bien, tío. Cuando cumplas treinta y cinco el año que viene, harás dominadas con una sola mano - exagera Dee.


Soy el protagonista de la historia que ven transcurrir a diario. Soy un personaje hasta para mí mismo. El cuento se hace hermoso. 
Adoro cambiar, adoro los giros de la vida. Este ha puesto mi mundo patas arriba.
- ¡Y lo que te queda! - anuncia mi monitora.
Que nadie le diga que es fácil, Lord Diario, pero tampoco deberían mentirle: es terriblemente divertido.   

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