martes, 6 de octubre de 2015

Pasivo


Querido Diario:

Dee es encantador y yo me siento fatal por haber publicado todo lo que escribí acerca de él hace justo una semana. 
Dee es buena persona, de las que quieren y buscan que los demás también lo seamos. A Dee jamás se le ocurriría pensar que alguien anda escribiendo bajo licencia lo mal que huele y lo bueno que está. 
El día menos pensado, lo lee y me revienta la cabeza. Sólo entonces, seré un escritor de verdad. Siguiendo los pasos de Truman Capote, escribir es ese acto de distorsionada sinceridad que debe provocar, de manera necesaria, que muchos retiren el saludo al escribiente. Dos patadas y la horca es lo que estoy buscando.
Dee ya ni me huele mal. Al menos, me he acostumbrado. Prefiero que se acerque a que deje de hacerlo. Es como tener un perro. Llega el día en que se hace inconcebible vivir sin ese aliento a pescado como bienvenida al hogar.
Dee me gusta, pero sé que es imposible. Es platónico, bonito de una poética manera. 
No se me angustie, Lord Diario: ni sufro ni dejo de dormir ni de buscar con la mirada a otros con los que haya un poco de acción verdadera. 
El mundo está lleno de pescados, aprendí hace mucho tiempo. Y algunos hasta huelen bien.


Releí sobre Dee y caí en la cuenta del común error. En el relato, en la fantasía, lo entendí como el activo en la imaginaria follada. 
Se entiende que Dee, al ser imponente, heterosexual y viril, debería colocarse encima y penetrarme a mí. Tic reduccionista. Y confunde. Porque, si lo pienso de verdad e imagino la situación, prefiero mil veces que sea yo quien se folle a Dee. 
Desarrollo el sentimiento, no se preocupe. 
De la misma manera que se piensa que el que folla es el campeón de los machos, se concibe a los pasivos como chicos débiles, jóvenes, flacos, quizá afeminados. ¡Equivocado! No se sostiene en la realidad.
Y basta con echarle un ojo a las mejores escenas de porno gay para que sienta la devastadora emoción que produce ver a un tío enorme y súper masculino siendo penetrado. 
Corta el aliento, estimula y solivianta a cualquiera que lo contemple, porque es la bella transgresión que necesita esta orbe de machistas.


Pasivos, activos. El sexo gay con una denominación que suena a Economía.
Durante mi andadura por la vida y el sexo, ser pasivo puede ser muy apreciado, pero también suscita su buena ración de burla y condescendencia. 
Es un vocablo que, por inercia, tiende a feminizarse. Ah, eres pasiva. 
Los propios homosexuales caen - una vez más - en la trampa de considerarse menos hombres por estimularse el ojete con el miembro de otro. 
Si te gusta eso ahí bien dentro y zasca zasca, has de ser una perra en celo, una pasiva que, como canta el himno, ni necesita saliva.


Ser pasivo también enarca las cejas de emoción a muchos. Obviamente, a los activos, a los que prefieren penetrar. 
- Soy pasivo.
- Ah, GENIAL. Yo soy activo. ¿Cómo te llamas?
Hay muchos activos que afirman que sus culos permanecen virguitos o cuentan algún traumático episodio de dolor y ensayo/error al respecto.
- Lo intenté una vez, pero uff - acostumbran a relatar los activos.
Como cualquier cosa en esta vida, estas atribuciones responden a inclinaciones, prácticas, cosas que gustan más o se hacen menos, conceptualizaciones de universos complejos que tienden a portarse de manera básica. 
A todo ello se busca una explicación en el carácter o los niveles de afeminamiento, pero le puedo asegurar que no hay ninguna. Siempre hay sorpresas.
Aunque haya muchos que se definan como férreos activos o exclusivos pasivos y vivan sus sexualidades acorde con esos roles, dudo sinceramente que venga impreso en el genoma. Si no gusta lo contrario, hay una gran probabilidad de que no se haya practicado lo suficiente. 
- Soltura y versatilidad, my friends - dijo Moisés al bajar con las Tablas de la Ley.
¿Y Josito? ¿Cómo se define Josito?, preguntarán curiosos y pretendientes.
Yo perdí la virginidad con un tío que era activo. En resumidas cuentas, me dieron una buena caña ahí debajo para estrenarme. 
¿La verdad? Me encantó. Fue doloroso al principio y enseguida llegó la increíble sensación de deslizarme por un precipicio de sensaciones. Adictivo precipicio, sin duda. 
Cuando terminaba de follarme, pensaba que me faltaba algo.


Quizá por esa primera experiencia, me definí pasivo y así caminé por la vida: buscando pollas grandes para mi hambriento culo. 
De hecho, perder la otra virginidad - es decir, la de meter mi rabo en caliente - se aplazó de manera indefinida. Qué ironía.
Pasivo, siempre pasivo. A la mayoría de mis ligues les encantaba la idea y, cuando oían la palabra mágica, me agarraban el culo con dos manos de fuerza y sentido de la propiedad. 
Sin embargo y a pesar de pretenderlo, nunca fui como Brenner Bolton, el mejor ejemplo de un "power bottom", o insaciable pasivo que se las mete todas sin rechistar y durante largo rato, sin importar tamaño ni conocimiento carnal.


Muchas veces, yo me veía incapaz de dilatar el culo. Ahí no entraba ni Sirk. Me buscaba dos tíos, ansioso por hacer el papel de bitch para ellos, y fatal, aquello era imposible. 
Descubrí entonces que mi yo romántico vivía - ¡también! - en el culo, incapaz de dilatarlo sin debido estímulo. No por una polla, sino por una historia. Las historias me abrían el ojete, no los escenarios.
Entendí que sólo me dejaba follar por los tíos que me gustaban de una manera especial. No importaba el tamaño del rabo - de hecho, si la tenía grande, era probable que me aumentase la emoción por el conjunto y dilataba mejor -, sino cierta confianza, cierta química y cierta esperanza en que habría otro episodio.
Se imponían estas y otras preguntas.
¿Y si acaso no soy pasivo? ¿O sólo selectivo? ¿Debiera probar lo activo? 
Una línea que leí en Internet me hizo sonreír:
- Tú no eres pasiva, ¡tú eres vaga!


Mi yo activo llegó sin anunciar. De manera previsible en estas historias, sucedió cuando comencé a salir con un pasivo. Con un pasivo de verdad, no un wannabe como yo. 
Este era un tipo insaciable, venerador auténtico de la entrepierna masculina y con considerable práctica en dilatarse. Era más procaz que yo. Más básico, añadiría. 
Le encontré el encanto a follármelo y también el ritmo. Era divertido ver la cara que ponía y, a la vez, descubrirme Elvis. 
Suspiré por un mundo sin enfermedades de transmisión sexual, ese donde sintiera algo más que ese látex endemoniado. En cualquier caso, por fin sabía del Edén de la fricción. Añoraba el paroxismo de ser follado, pero, desde entonces hasta ahora, dije y digo que todo está permitido en la guerra y yo soy grande.
Escribí en mis tarjetas de visita: "Josito Montez, versátil. Conocías su culo, espera que te presenten a su polla". 
Sincero de mí, el sexo anal siempre me ha parecido un rollo aparatoso y sobrevalorado. Ya lo decía el viejo sabio: donde hay bocas dispuestas, hay penes sonrientes. 
- ¿Y si compramos un bocadillo y nos lo comemos?
- Sí, ¡y luego nos zampamos el bocata!


Al final, me vencieron las historias. Yo soy de la panda de Judy Davis en "Maridos y Mujeres": pienso hasta cuando se recomienda encarecidamente no hacerlo. 
También soy el insaciable pasivo de los episodios, de los filtreos, de las cosas con significado, aquel que se quiere follar a las sonrisas y a las conversaciones, incluso aunque sean pasajeras. Si no hay besos, no habrá nada. Ni dilatación ni erección. 
¿La verdad, querido diario? Antes que ver la espalda de Dee inclinada ante mí, ordeno el episodio en mi cabeza e imagino el platónico momento de mi lengua lamiendo su barba sin intención de terminar, mientras descubro la sorpresa en sus ojos, la tensión en sus calzoncillos y los brazos que aprietan con decisión. 
Sin roles, sin plan previsto, con el instante labrado para recordarlo por mucho tiempo y el momento suspendido para soñarlo eterno.

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