lunes, 12 de octubre de 2015

Sexo


Querido Diario,

El gimnasio abrió sus puertas esta mañana, pese a ser festividad nacional. El fantasma de la ruina se cierne sobre él - malditos tiempos -, y cazan a aquellos que no pueden pasar un día sin apretar esos músculos. Como voy por ese camino de la vigorexia - o hace rato que estoy en ella -, allí me presenté. 
En la puerta, llegaba el olor. El tufo. Sí, Dee estaba allí. Y, bajando las escaleras, lo oí de cháchara, cómo no.
Mi primera reacción fue huir. Sólo un momento para ordenar la cabeza. Nada de líos, por favor, que no me vea, aunque sea por un minuto.
Ese minuto que me reservo, cual si me agarrase a mí mismo para evitar caer en el abismo de la sociedad, el amor, los chicos guapos y el sexo. Allí donde quedamos en evidencia, ahí donde soy un poco menos yo. Que no me hable nadie ahora, sólo durante ese minuto, hasta que se levante el telón y vuelva a sonreír a todos.
Se levantó el telón y las zancadas del enorme Dee, provisto de una gorra puesta al revés estilo rapero, se dirigían hacia servidor, con la mano preparada para sostener la mía en señal de saludo. Mi minuto terminó y regresó la vida.
Hablamos, nos reímos, contó detalles de su fin de semana, incluso me supervisó algunos ejercicios.
- Pon el culo así. Eso es, ahí, ahí. Perfecto.
Tengo la sensación de que nos vamos a hacer buenos amigos. Yo me dejo llevar, entre las risas que me produce y lo que me hace girar los ojos con sus ocurrencias de hortera. A veces, me pregunto dónde llevará esto. Por mi parte, esperaré por siempre que quiera compartir conmigo algo más que un bocadillo de lomo, mientras dudo de que él encuentre en mí la sencillez que encuentra en sus otros colegas. Es realmente extraño.
Ahí estaba, colgado como un jamón de la agarradera de la dominada, ese ejercicio con el que se levanta todo el cuerpo en el aire con la fuerza de los brazos. 
- Jose, Jose, Jose, mira.
Se había quitado la gorra. Los rizos, de los que alguna vez me había hablado. Se suele alisar el pelo porque no le gusta rizado. Qué tonto es. Le dije que le quedaba muy bien y se resiste a creerlo.
Voy y le hago cosquillitas en la axila, expuesta al estar colgado. Él ni se inmuta, no le ve segunda intención a nada. Es así de feliz.
Me doy la vuelta, con las uñas todavía sentidas del tacto de su sobaco, respiro hondo y me digo a mí mismo:
- Josito, necesitas echar un polvo. Lo que se dice follar. Pronto.


Ay, querido Diario, usted conoció mis épicas gestas en materia de cama y suspiro del muelle. Aquellos años donde servidor no paraba, oiga, no paraba. Tenía una reputación de las de quedarse con la segunda y la tercera sílaba.
Pero siempre me vi un verdadero romántico. Uno de mis ligues habituales decía que era un seductor. Cómo besaba, cómo miraba, cómo recreaba atmósfera de sentimentalismo en situaciones que sólo conducían a follatrismo.
Yo tardé mi tiempo en espabilarme así, en acercarme a los chicos, en contemplarlos sin miedo, en buscar lo que ellos también buscaban. Tardé en perder la vergüenza, en pensar que otros podían desearme. Tardé, pero me puse al día. En cuestión de dos años, hice cálculos y, por mi catre, había desfilado un centenar. Como buen fruto de este mundo, insistí en la cifra de cantidad antes que echar la cuenta de calidad. Quizá porque sabía bien que reduciría la ostentosa cifra hasta un número para contar con los dedos de las manos.
Más que el placer sexual, más que correrme, se imponía la diversión, la sed de la vanidad, las ganas de comerme a otro.
Ay, esa voracidad que tenemos los humanos. Que una vez fuimos una especie de caníbales resurge en la oralidad sexual. Lo bien que nos sabe el otro y cómo lo lengüeteamos, saboreamos su epidermis y acechamos su cuello cual vampiros. El sexo es ironía bajo tantas formas. Una de ellas: se siente devorado lo que no se puede ingerir.
Y, un día, de repente, se me terminó la racha. Quedó cierta cara de desesperación y, más que ganas de comer pene, lo que sentía era sed de aplacar mi soledad. Lo notan, joder, porque huyen. Cuanto más lo necesitas, menos se te acercarán.
Un consejo te doy, estrella de cine. No reces, no pidas, no te quejes. Brilla, brilla. Así, despreocupada. Entonces y sólo entonces, como moscas.


La época había terminado, pero entonces lo ignoraba. Sexualmente y en tantas cosas. Me perdí entre epílogos, prórrogas y algún que otro repunte de mi carrera de putón verbenero, que jamás regresó con igualable impulso.
Ahora, como esta Kansas donde habito no es tan veleidosa como la Ciudad Esmeralda que dejé atrás, las oportunidades son menos por la simple dificultad.
Sé muy bien que no tengo disculpas. Si lo hago tan excepcionalmente, será porque lo evito, lo aplazo, lo excuso por algún motivo. 
A veces, me pregunto si realmente lo necesito. Luego, me descubro haciéndole cosquillitas al sobaco de Dee y entiendo que soy el caníbal bajo el racional. No hay escapatoria: incluso si renuncias al sexo durante cierto tiempo, está en todos lados. Está en uno mismo, está en los demás, vive en los escaparates, brota en cualquier actividad artística, se dilucida en un inesperado quejido de hastío. La necesidad de papearte a otro y la urgencia de sentirlo cálido, palpitante.



Echando un vistazo a la juventud, a lo que dicen, leen y se reservan, intuyo la misma obsesión que tenemos nosotros y que tuvieron sociedades anteriores más reprimidas. Incluso por omisión, la vida está llena de estímulos y de sus correspondientes demandas. 
La realidad se cuenta sexualizada de punta a cabo y se imponen cuatro razones de ser:
- Hay que perder la virginidad.
- Hay que hacerlo bien.
- Hay que hacerlo mucho.
- Hay que hablar de él.
Lo que nos diferencia del pasado es la última premisa. Se follaba, sí, pero jamás se hablaba de ello. Ahora la verbalización de las folladas es paleta de los mejores conversadores.
A pesar de que la televisión y el cine nos cuentan una nueva generación que se ha aburrido de zascar antes de cumplir dieciocho años, todavía hay muchos chicos y chicas que sienten aquella ansia de espectador ante una plaza en la que no se atreven a torear de tanta expectativa propia y ajena.
Jamás deba sorprenderse que existan vírgenes mayores de veinticinco años. Siempre los hubo. 
¿Por qué? Porque follar es increíblemente difícil. Es sencillo en su mecánica, pero sus previos dan pereza y ventilan la desnudez antes de que nos quitemos la ropa. La timidez es fatal y vivimos en un mundo de tímidos. Y, como dije en cierta ocasión, las distancias de la educación nos hacen viejos.
- ¿Te gustaría hacer el amor conmigo esta noche? - diría usted a las damas de su deseo, y así se pierde el suspense.
Ese que le da emoción a la cosa, pero también es un puto rollo enervante y frustrante.


De exceso también se vive.
Hay algunos que se quedan atontados en las tribunas de la abstención, y otros y otras que conciben su tranquilidad en función de encamarse con lo que sea.
Conozco tantas mujeres como hombres que observan al sexo contrario como cachos de carne. Me escandaliza el poco respeto que tienen a sus objetos de deseo, cual si fueran entes aparte, indescifrables, fastidiosamente esquivos, para usar y tirar, de los que burlarse a placer. 
Incluso en mis épocas de caza mayor, siempre, siempre, siempre observé al otro como una persona, aunque no siempre tuve asegurada esa reciprocidad. Y, en más ocasiones de las necesarias, imaginé al otro como un posible galán de ulteriores noches. Era tonto o, con toda probabilidad, demasiado sensible.
Hay gente que no puede ser feliz sin follar, hay mucha que no puede parar de follar, otra tanta que lo supedita todo al sexo, concebido como un camino a la ruptura absoluta de los límites.
Ahí están las declaraciones de Danny Pintauro, el actor televisivo que ha confesado haber contraído el VIH tras lanzarse a experimentar los siete avernos del sadomasoquismo. Para desinhibirse, necesitó metanfetamina, a quien culpa de haberse olvidado del condón demasiadas veces. 
Culpa a la droga, cuando su verdadero narcótico estaba al principio de la ecuación. Dicen que los hombres homosexuales somos más proclives a volvernos adictos al sexo y a todas sus variantes bordeline, en un carrusel de factores que arrancan desde la poca autoestima hasta la simple posibilidad de hacerlo.


Sí, el sexo es una obsesión. Siempre lo fue. Por tetas y por culos, cambió la Historia. Por dildos y por latigazos, se cambiaron decisiones sumarísimas, se forzaron dimisiones, se deslizaron fotos de chantaje por debajo de la puerta.
Por sexo, este blog es el triple de visitado que cualquiera de los anteriores. Entienda usted el éxito de "Pene" y vea que fueron más las mujeres que lo leyeron, lo deleitaron y guardaron todas las imágenes de las pollas favoritas en sus discos bien duros. Entienda, por fin, que a ellas también les gusta tanto como a ellos, igual de guarro, morboso y soliviantador.
Que no le engañen: si realmente quiere hacerlo, si lo disfruta, si no hay lágrimas, estará bien.
¿De qué trata el sexo, en definitiva? De provocar la emisión de endorfinas a través del placer erógeno y, por tanto, la llegada de la felicidad. Ese nirvana, que decía el viejo libro de sexualidad que encontré, adolescente, escondido en la librería de mi casa. 
¿Es el sexo la añoranza del juego? Ya no podemos jugar al Twister, ni a las Barbies, ni a ver quién corre más. Será cuestión de enredarse, de competir en belleza, de lanzar otras cosas, de iluminar las noches con corrida y simulación de victoria. 
Es la oralidad, tanto por lo que se habla como por lo que se escribe con la boca en el cuerpo del otro. El sexo es evidencia, expresa la creatividad del otro, su imaginación, o cómo carece de todo ello. Es un deporte, es una manera de apuntarse un tanto al orgullo, a la estima, al pundonor.
Es la sensación de la conquista, por supuesto, pero también la irrupción del susodicho canibalismo. Las ganas de comernos, o cómo es posible que nos sepa tan bien la piel del otro. Insisto: llevamos el antropófago en los marcadores ancestrales.
Y ay de la necesidad de la fricción, de sentir el orificio del otro o sus más tiesos aparatos dentro de nosotros. El definitivo contacto, el anhelo de poder envolverse, de meterse en el interior ajeno por completo y vivir allí.
Por eso, digan lo que digan, el buen sexo es un acto de amor. También está escrito en los marcadores ancestrales que se busca follar el corazón.


¿Está bien no hacerlo? Es mejor practicarlo, sin duda, pero la hipocresía a su derredor, los inútiles aditivos que lo retrasan o lo empeoran han hecho que el mayor desestresante se convierta en un motivo de estrés.
La vida debería ser más porno, sin ninguna duda, aunque dicen que se acometería el riesgo de que perdiera ese encanto que le confiere su excepcionalidad.
Yo tendré la excusa de la pereza, de que ya lo hice mucho - y no siempre muy bien -, de que volvió el miedo, la timidez, la inseguridad. De que esperaré a estar más musculoso para jamás recibir un jodido no por respuesta. ¡Iluso de mí!
O de que este cuerpo necesita algo más que lubricante para sentir algo de verdad con otra persona.
Querido Diario, lo pensaré mañana, mientras pretendo que el olor de la axila de Dee aún vive en mis uñas.

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