martes, 3 de noviembre de 2015

Acoso


Querido Diario,


Esta mañana me he despertado con la noticia de que una amiga había desaparecido del Facebook. 
Me preocupó sin extrañarme, consciente de que había sufrido acoso internaútico, en forma de mensajes insultantes, tras publicar un provocador artículo en un periódico digital. 
Me puse en contacto con ella y me dijo que sí, que se había marchado de la red social. Contó que la cosa se había complicado horriblemente, con problemas judiciales de por medio, y me rogó que no diera ningún detalle sobre el particular. 
Sólo diré que es gordo y que espero que se resuelva pronto, para que mi amiga recupere la sonrisa, la fuerza y vuelva a liarla en el Facebook.


El acoso en redes me preocupa, señor Diario, porque, el día menos pensado, me toca. O, mejor dicho, me vuelve a tocar. Yo también he tenido lo mío. No como mi amiga, ni como Lena Dunham ni como los adolescentes que acaban suicidándose de tanto ataque. Pero he sentido una brizna de esa persecución, de esas ganas ajenas de burla.
El problema no está en terminar con los episodios de acoso, sino que vivimos en una sociedad acosadora de por sí.
Si te descuidas, todo el día te están jodiendo. Para llamar tu atención, para que les hagas caso, para que les concedas importancia, para que les entregues dinero, para que te acuestes con ellos, para que aumentes su ego. Y, sobre todo, para que te conviertas en el saco de boxeo que necesitan sus frustraciones.


Mi amiga Pilar ya lo decía: no hay nada mejor que amenazar a alguien con una denuncia por acoso. Esa frase no sólo expresa que alguien se arredre ante la posibilidad de la demanda, sino también que el acoso es ese concepto que lo engloba todo.
Porque la gente acosa a los demás desde que se levanta por la mañana y sale a la calle.
- ¡Me estáis aturdiendo! - diría James Dean.
Hay niveles y niveles. Yo me puedo sentir acosado por mi madre o por los solidarios de carpeta que me paran por la calle, porque interrumpen mi tranquilidad, me hacen perder el tiempo, se interponen en mi camino. Poca cosa, en relación con el nivel extremo.
Ese que se cuenta en la violencia continuada, la que se vive en las escuelas, la que sufrimos los distintos - siempre o alguna vez en nuestras vidas -, la que conocen bien tantísimas mujeres.


La última sensación del acoso es la que se agazapa tras una IP y despotrica.
Dije en cierta ocasión que esta sociedad no debe ser definida exactamente como la prisionera de la corrección política. En realidad, ésta es muy necesaria, porque vivimos en una época donde todo el mundo dice lo que piensa, "porque si no, revienta".
Adiós, diplomacia, hasta nunca, silencio. La gente es cínica, mal pensada y follonera. Y se nota en los comentarios de Facebook que rubrica en publicaciones periódicas, páginas de celebridades o foros de discusión.
Yo me he metido en ocasionales discusiones y me he arrepentido desde el minuto uno, porque no me gusta la agresividad ni en su más reducida expresión.
Y, como le conté el otro día, la tranquilidad es el valor que más persigo en esta vida. Déjame en paz como norma general y, si eso, luego nos comemos los rabos.


Dejar en paz no entra en la ecuación de los trolls. Sólo la bronca, la intimidación, la burla y el ponerse como un basilisco ante los errores, extravagancias y chorradas de los demás.
Queda claro que los acosadores están, a su vez, siendo acosados o violentados por otros o por alguna situación - o lo han estado en algún momento de su vida -, pero también sé muy bien que no les cambia el rictus mientras escriben sus brutales ataques. Son sociópatas de salón.
En general, el jijijaja snob me pone igual de nervioso que el mostrenco que se lanza a insultar. Son similares sensaciones, mismas formas de pensar: la creencia de que los demás tienen el derecho a aguantar tu bordería y maldad.
Y, además, están los locos. Cuánto tronado hay en este mundo. 
Durante años y años, querido Diario, un caballerete me persiguió por redes sociales, en función de insultos, guarradas, trolleos. Estuvo conmigo en el colegio y los insultos iban dirigidos a mí y a mi madre, que era la directora del centro donde ambos estudiábamos. 
De ese chico se reían mucho cuando era niño, porque parecía tonto. Lo cambiaron de colegio, para ver si surtía efecto, pero le sucedió lo mismo. Según me contaron después, tiene ahora un cuadro psiquiátrico completísimo. 
A mí me encontró en una página web, previa al Facebook, llamada TuPasado.com. En primer lugar, se disfrazó, como suele hacer, con uno de sus nombres preferidos - algo que suene a venganza o asesino escatólogico - y me puso a caldo a mí y a mi santa madre.
Luego, se hizo pasar por otra person para que lo agregara al Messenger. Caí en la trampa y me sonsacó lo que hacía y dejaba de hacer. En realidad, todo era bueno y más rabia le dio.
En las redes sociales, aparecía y desaparecía. Nunca le contesté y sólo procedía a banearlo. Cierta semana, me cansé, me desesperé, por el asco de sus comentarios, cómo estaban escritos, el mal rollo que desprendían sus simples apariciones. Además de estar como una cabra, también debe tener un cierto conflicto sexual, porque su homofobia era virulenta. Es de esos homófobos que se intuye odian el cuerpo masculino, detestan sus propios genitales y sus culos y sólo la idea de imaginarlos en acción los enferma.
Busqué información sobre cómo acabar con el cyberbullying o una manera de denunciarlo. Todo lo que leí me hizo comprender que lo mío no era nada, en comparación. El llamado porno venganza se llevaba la palma: hombres que, abandonados por sus novias, publican sus vídeos caseros en Internet. ¿Quién detiene eso? Humillación total, descalabro absoluto.
Los acosos están a la orden del día y han adquirido carta high profile cuando los mayores acosados tienen nombre y apellidos. Lena Dunham es el ejemplo del escrutinio a la petarda, violenta sensación de moda.
No me cae bien Lena y su serie me parece una mierda, pero me he sorprendido concordando con muchas de sus opiniones, como su denuncia del papel de la mujer en el porno hetero o cómo llamó violadores a los que compartían las fotos filtradas de Jennifer Lawrence.
De ser una de mis odiadas número uno, Lena se ha convertido, digamos, en uno de mis descuidos.


La manera en que ha sido acosada y criticada me parece demencial. Y, sobre todo, el motivo.
Fue a raíz de su autobiografía donde narraba que enseñó a masturbarse a su hermana pequeña. Oh, terror de los terrores, es una abusadora sexual.
En primer lugar, no lo es. No me confundan despertares sexuales con abusos, por favor. Y, en segundo lugar, se me queda la boca abierta de par en par con la metralleta de insultos que ha recibido la Dunham. Se leen como gritos ahogados de gente loca de atar que aprovecha la coyuntura.
¿Qué hacer ante una horda de fugados mentales?
Anne Rice, la querida escritora de tantos libros de gótica adolescencia, es otra voz en pie de guerra contra el acoso en redes y los trolls. Lo sabe, porque el ataque a las escritoras de best-sellers es fuerte y se vive en páginas tan respetadas como Amazon. 


Valga el dato. Los trolls y los acosadores son tan cobardes, que no sólo se esconden en el anonimato, sino que sus objetivos suelen ser femeninos. 
El acoso es una cosa seria, querido Diario.
A mi acosador lo acosaron cuando era niño y, probablemente, lo que sucede en su mente está un poco más mezclado, confuso, conflictivo por ello. Hace tiempo que no aparece. Alguna pastillita bien tomada, tal vez, o debe andar baneado hasta en Burundi. Me consta que yo no era el único objetivo durante sus brotes.
Creo que el acoso debe ser convertido en algo positivo. Sí, suena a Pollyanna, pero es la verdad. No es fácil, en todo caso.
Conmigo se metían por ser marica cuando era niño y púber y quizá por eso busco desesperadamente el aplauso y la aprobación, y soy tímido y desconfiado, especialmente con los hombres heterosexuales.
Pero me quedó la compasión, el sentirlo todo tantísimo que me hizo escritor, el haber vivido una experiencia, el saber que no se la deseas a nadie.


Por mi gimnasio, anda un chaval que se quedó sordo a los tres años. Fue por una negligencia médica y, aparte de verse a tan tierna edad como una tapia de la noche a la mañana, le hicieron bullying en el colegio. Porque hablaba como hablan los sordos, ya ve usted. Podía haber fracasado, podía haberse vuelto loco, podía haberse convertido en un cabrón.
¡Ja! Es un amor, tiene un cuerpazo del quince y ha terminado la carrera de Medicina con veintidós años. ¿Especialidad? Otorrinolaringología, claro.
Comprenda la resilencia, entienda la opción. Cuando el daño está hecho, quedamos nosotros. Y quiero oír más expresiones, más provocaciones, más gente rara, más burros desafinando y menos mulas criticando. Prefiero un mundo con mil petardas como Lena Dunham que con un solo miedica de teclado.
Pero la gente jamás entendió lo que quise decir cuando dije déjame en paz. ¿Habrá que pasar a las hostias, Lord Diario?


2 comentarios:

  1. Lo que me llama la atención es como esas basuras encuentran a sus víctimas y hasta llegan a hacer que se suiciden, no lo comprendo, ¿tanta fortaleza o debilidad?

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    1. Digamos que hay daños que son realmente brutales en esos acosos - publicación de vídeos, por ejemplo - y también edades especialmente sensibles, donde un ataque continuado se siente como el Fin del Mundo.

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