martes, 10 de noviembre de 2015

Caliente


Querido, ardiente Diario,

A usted le sobran explicaciones, porque lo lleno de tíos buenos y posts que hablan de sexo. Lo habrá intuido y concluirá que servidor piensa en poco más que en el sexo. ¡Acierta! 
¿Se ríe? Ande yo caliente, ríase la gente. A la sociedad le hace gracia que alguien esté apetecido de jarana.
No en vano, en este país, cachondo significa dos cosas: tener ganas de follar o ser una persona graciosa. Estoy cachondo, qué cachondeo. 
Le diré una cosa. Estar caliente, como yo lo estoy, es una cosa muy seria. Al menos, hay que evitar tomarla a la ligera. 
De repente, un día, la calentura, Me veo pasando una época de celo agravado que no lo quita pensar en otra cosa, ni las pajas, ni siquiera follar.
Mis niveles calenturientos de estos últimos tiempos quedaron prístinos cuando uno de los chicos del gimnasio llegó con unas gafas puestas hace una semana. El chico daba un efecto parecido al de Pietro Boselli en la foto que encabeza este post: atractivo hasta decir socorro, policía. 
Ese caballero es uno de los más guapos que se pasean por allí, pero con mucha diferencia. Entre las gafas, la carita de simplón y el culo respingón, estuve a tres segundos de bajarme de la bicicleta elíptica y hacerle un placaje. 
Entonces lo sentí:
- Qué fiebre, qué plaga. Estoy demasiado caliente.


Caliente por la mañana, caliente por la tarde, caliente por la noche. Sin duda, lo agravará que no folle desde el día de los Justos - desde hace unos meses, en realidad - y también que vea a todas esas bellezas a diario en el gimnasio, empinando los culos, enseñando músculos y secándose el sudor con las manos. 
Créame, no tiene que ver con la abundancia, ni con los estímulos ni con las sequías personales. Es un brote que surge. 
Hay quien lo tiene siempre allá arriba, con la líbido disparada, sin poder encontrar la paz sin sexo. Otros, como yo, somos más de la panda de la ciclotimia. Llega, de vez en cuando, sin avisar.
- Tenía los huevos en barbecho, Señoría, y ahora son lavadoras centrifugando a todas horas. - dije al juez para explicar los modos y maneras de mi calentez.


Estoy caliente, Diario. ¿Cómo le pongo solución? ¿Buscando rabo como una desesperada el próximo fin de semana? ¿Fustigándome como un monje en este retiro mío de la vida nocturna? ¿Haciendo placajes a todos los chicos del gimnasio, por si se da la feliz situación de que a alguno le guste? 
No sé, no sé. Ninguna de las tres cosas me convence. Se me ocurrirá algo, tal vez mañana.
¿Acaso está usted caliente, Diario? Le contaré los seis indicadores, mis seis indicadores. Los síntomas ineludibles de todo buen horno.

1) Algo falta. De repente, las cosas que hacen feliz se tornan insuficientes. Las películas dejan de verse con el mismo gusto y el porno, de resultar excitante, pasa a producir envidia. Te acuestas con la sensación de haber dejado una tarea sin hacer y no sabes cuál es.
Un desconsuelo vital reina en la habitación. ¿Qué falta? Un pollazo en todo ese culo, contestaron los poetas.


2) Trampas. Como se es una persona digna y refinada, se trata de evitar el tema y de que otros se den cuenta de lo rijoso que andas. Ay, las trampas. Como si las colocase Dios. Todo es fálico y todo te cae encima. De manera inconsciente, también. ¿Recuerda cuando le hice cosquillas al sobaco de Dee? No lo había planeado, pero las ganas de tocar a un macho me movieron la mano sola. 
Los científicos de la Universidad de Wintinin también han detetectado fenómenos al respecto: cosas como que a un tío en bermudas se le escape un huevo en tu presencia, que al más cachas de la clase se le deslize un pezón de entre la camisita de asillas o, sencillamente, que se te caiga un micrófono en toda la boca. 
Quieres comer y lo sabes, fue el resultado de la tesis.


3) Suspiros. "Prefiero vestir santos que desnudar gilipollas", decían los que no tenían ni puta idea. Es decir, ¡todos prefieren desnudar gilipollas que vestir santos! Nadie quiere ser una monja ni una solterona de novela española, de esas que suspiran y suspiran, con el dique seco. 
Cuando se está en período caliente, también abundan las demostraciones de anhelo. Piensas en la polla más erecta y chorreante y, de repente, ays. Suspiro de España y Portugal, como quien recuerda a su amor perdido en plena posguerra.


4) Miradas perras. Lo disimulas, pero tus miradas te delatan. Quieres guerra. Alguien dice algo y le buscas el doble sentido sexual, de palabra o sólo con los ojos. Todo es sexo, tú eres sexo. 
- Ayer no dormí. - te comenta el ingenuo.
- Yo tampoco. Levantada toda la noche. - respondes y miradita.


5) Incansables ganas de masturbarse. Gracias al Cielo por las pajas. ¿Qué haríamos sin ellas? ¿Por qué hay gente que lo hace tan poco con lo mucho que mejoraría la convivencia en este mundo? Cuando se atraviesa por épocas de alta temperatura, el día se marca por las masturbaciones. Hay necesidad en todo momento y los huevos están en modo producción intensiva. Lo peor: una paja no complace como lo haría en circunstancias normales. Es sólo echar el veneno y desear la siguiente. Placentera agonía. 


6) Enfado con el resto del mundo. Lo escribí: Follar puede ser terriblemente difícil. Al menos, requiere de protocolos.
Y cuando nuestra animalidad se intensifica de esta manera, también lo hace el estrés de no poder zascar tanto o tan bien como nuestros cuerpos piden. 
Los otros han de tener la culpa, pero, sobre todo, los tíos buenos. ¡Malditos provocones!


¡Decidido! Mañana paso a los placajes. Con un poco de suerte, me libro de escribirle desde el manicomio.
Que pase usted una noche bien levantado.

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