miércoles, 11 de noviembre de 2015

Confesión


Querido Diario,

Señor antiguo mío, que ignora las redes sociales y hasta dudo que considere la simple televisión como un entretenimiento, es usted un pobre descarriado del universo.
Le contaré una historia de Facebook. O varias.
Ayer mismo recordé el día en que cambié el estado sentimental del Facebook. De "soltero" a "tiene una relación".
Hubo un cataclismo entre mis contactos: querían saber detalles, los cómos, los porqués y, sobre todo, la identidad del caballero. 


Confieso que modifiqué el estado a los pocos días de conocerlo. Fueron intensos y el tío declaraba su amor por mí a los cuatro vientos, a sus amigos, a su propio futuro y al mío.
Cambié el estado, porque estaba convencido que el flechazo era cierto. Oh, calamidad: el caballero, de un día para otro, le entró el miedo torero, desapareció y no llamó más.
Quedé triste, por supuesto, pero algo me preocupaba especialmente. Así se lo comenté a mi amiga Carmen Sereno:

- Ay, lo peor va a ser cambiar el estado a "soltero". Qué vergüenza, tan pronto.

Facebook se ha hecho parte decisiva de nuestras vidas y nuestro desarrollo como sociedad, pero lo hizo desde el primer día. Llegó para quedarse, porque el episodio que le he contado sucedió en 2009. ¡Hace seis años!
Yo he hablado muchas veces de Facebook. En el mismo Facebook, en anteriores blogs, en conversaciones informales. Tiendo a criticarlo, a esgrimirlo como una debilidad, quizá por tratarse de una adicción.
He intentado en ocasiones reducir su consumo, publicar con menos asiduidad o intensidad, pero es inútil. El quid nunca estuvo en el Facebook, sino en la manera en la que lo utilizo.


Paseo por la cultura de la confesión - arrodilla y enumera tus pecados - y también camino por la sociedad que valora la discreción. Al menos, en apariencia.
Porque todos desean desvelarse, sincerarse, ser escuchados para ser comprendidos y perdonados. Están los que no se atreven, viven los que no encuentra las palabras, surgen aquellos cuyo silencio es elocuente.
Yo lo cuento todo. ¿O no? 
En los últimos meses, Facebook envía una notificación al día con la amenaza: "Hoy tienes recuerdos que rememorar". Y, a través de ellas, se accede a lo posteado el mismo día, hace un año, hace dos, hace tres y así sucesivamente.
La red de Zuckerberg se pone vanidosa y se proclama así la historia de nuestras vidas. Al menos, de los últimos siete años.
La historia de mi vida, también, desde la noche en que me abrí una cuenta, sin saber exactamente qué era.
- ¿No tienes cuenta en Facebook? - me dijo una profesora, conocida guionista de este país -. A mí me la abrió mi sobrina, porque yo no entiendo de esas cosas. ¡Está todo el mundo!
No estaba todo el mundo en mi lista de contactos, pero lo estaría y de qué manera.
Incluso la gente que tenía que conocer. Incluso la gente que tenía que conocerse entre sí.


Se trata de coronar la sociedad del individuo y yo siempre fui el protagonista de mi Facebook, del modo que usted lo sería del suyo. Por eso, tengo recuerdos que rememorar. Y la experiencia es extraña.
Tres cosas cazan la atención:

- Creía que esos últimos siete años eran bastante parecidos entre sí. Y no. Los cambios son brutales y sólo contemplarlos da fatiga. 
Hablo de cambios físicos, de actividades, de intereses, de compulsiones. Es como si diera bandazos de un lado a otro, entre modas, bares, viajes, lugares, preocupaciones, ilusiones, intereses. 
Mi memoria me hacía petrificado delante de un televisor en los últimos tiempos y Facebook canturrea que también he pasado una generosa ración de horas haciendo y deshaciendo maletas, suspirando por amores y adicciones, celebrando victorias, derramando derrotas. Corriendo, corriendo, de un lado a otro.

-  Los años rememorados atestiguan la evolución, diríase el simple, imperfecto aprendizaje que viene de la experiencia. Otro vértigo. Facebook me obliga a ver las ingenuidades del pasado, los errores, las infinitas arrogancias del gran arrogante aquí presente, las piedras con las que tropiezo mil veces. 
Está escrito lo que no sabía ocurriría, lo que daba por sentado, lo que ignoraba me hacía daño, lo que estaba a punto de suceder. ¡Quién teme verse en un espejo mágico capaz de emitir flashbacks!

- ¡Sorpresa! ¡No lo conté todo! Muchos estados están cifrados. Aluden a algo, sin decirlo. "Quien espera, desespera" o cosas así.

Este último es el descubrimiento de nuestro intéres.
Yo creía que lo contaba todo y disto de hacerlo. Las cosas escritas son una maraña de anécdotas, vivencias, quejas, algunas confesiones.
Pero jamás he contado problemas familiares, nunca entré en detalles sobre mis ligues - eso de "quien espera, desespera" alude a alguno -, y, cuando narraba situaciones conflictivas, mucho quedaba en el tintero. 


Sin ir lejos, valga el ejemplo de lo sucedido hace un año, que el Facebook recordaba anoche.
En el primer gimnasio al que fui, el monitor era un indeseable; un sargento de hierro, versión barriada, que gustaba de rodearse de sus acólitos. Mi presencia allí, como mínimo, le intrigaba.
Estuve dos meses, así que no debía parecerme todo tan malo, aunque, comparado con el gimnasio en el que estoy ahora, aquello fue un sumidero infecto desde el primer día hasta que me largué, justo doce meses atrás.
Narré en Facebook el conflicto "logístico" que acaba de tener con el terrible bruto endiosado, el mismo que contestaba con gritos a mis simples preguntas y exigía que me espabilase. Cuánto odio que me digan eso.
Pero en ese estado de Facebook omitía el dato decisivo. Quizá por vergüenza, tal vez por una insólita discreción. 
No dije que el monitor me empujó aquella mañana, con violencia, con un "déjame en paz, ¡te lo mereces!", delante de todo el mundo.
¿Será que fallé en encontrar las palabras necesarias para escribirlo en Facebook? No las tuve, no lo quise contar. Me lo quedé para mi tristeza. 
Cuando recuerdo el momento, siento la negación, el "esto no me está pasando a mí" o "¿qué he hecho ahora?". 
Da igual, olvídelo. Fue hace un año y, como cuenta Facebook, eso es mucho tiempo para Josito.
Un año de ese desagradable incidente, pero mañana lo hará de un feliz encuentro. 
Los recuerdos que rememorar vuelven a saber de los bandazos, del ir de un lado a otro, de confiar en que lo bueno está por conocer y nunca valió más que lo malo conocido. Abandoné ese gimnasio y me fui a otro.
Mi monitora de ahora, que es un sol brillante, lo celebra.
- ¿Cómo sabes que fue hace un año? - me preguntó anteayer.
- Porque lo conté en el Facebook.
- ¿Lo cuentas todo en el Facebook?
Yo sonreí por respuesta.
Me he dado cuenta que he hecho una bonita labor narrando mis días y lamento que me haya quedado corto en otros, que fuera cobarde, tímido y pendiente de la censura ajena en tantos, que muchos estén cifrados y, por la desmemoria, se me escape su significado.
¿A quién esperaba que desesperaba? Ay, no lo recuerdo. ¿Sería a aquel chico que me hizo cambiar de estado sentimental en el Facebook? 
Qué pena que evitase escribirlo, qué lástima que fuera entonces lo que nunca creí: discreto.


Los escritores han de olvidarse de la discreción, pero, sobre todo, de la vergüenza y la timidez.
Hay que desnudarse, salir del armario en cada escrito, hasta hacer peligrar nuestras relaciones con lo que merece ser puesto en líneas. También es necesario tergiversar, fabular, mentir, si se busca novelar.
Por mi parte, soy demasiado adicto a la verdad. Pocas cosas que he escrito sobre mí han sido inventadas, por lo que mejor llámeme cronista o, si se atreve, periodispoeta. 
Querido Diario, me ha dado cuenta que no odio el Facebook ni maldigo los días que me ha robado. Lo adoro, lo venero, porque me ha otorgado más de lo que pensé: amistades, experiencias, descubrimientos, noticias, sorpresas. ¡Cuántas veces me ha puesto la boquita en O! 
En Facebook he contado mi vida, sí, y he visto la vida de los otros, con sus enamoramientos, sus tristezas, sus trabajos, sus alegrías, sus risas.
Decía aquella mujer que me recomendó abrirme una cuenta que todo el mundo estaba en el Facebook. Quién podía imaginar que el mundo entero era Facebook.
Mi Lord, allí y aquí seguiré escribiendo sobre mi existencia para que quede por escrito lo que aprendí, lo que superé, lo que me hizo peor y lo que me llevó a dudar. Es bonito revisitar las habitaciones, aunque sea para nunca regresar a ellas.
Escribiré también para que otros lean, porque así lo buscamos los escribientes: una reacción, esa reacción.
Usted lo sabe, porque a usted, querido Diario, sí se lo cuento todo. Y se lo contaré todo.


Hasta mañana, Lordcito.

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