miércoles, 18 de noviembre de 2015

Corrida


Querido Diario,

Las corridas son la vida. Y deducirá que no hablo de toros.
Sanca, la leche de la tranca. Sabo, leche fresca de mi nabo. Ringa, leche de mi pinga. Pulefa, pura leche de falo. Qué buen material para una canción.
Hablemos del semen, el detector del orgasmo masculino, el flujo que tira el pene para delirio de unos y asco de otros. La huasca, los mecos. El fluido al, que por ser blanco, suelen llamar leche.
Embaraza a las mujeres, pero su historia, su obsesión y su fetiche van más allá de ese valle de fertilidad.
En cierta ocasión, tenía una conversación al respecto con un amigo mío, al estilo Carrie Bradshaw.
- ¿Pero es que no te gustan las corridas? - preguntó.
Se refería, claro está, a que me las echaran encima.
- Mira, no. Me han decepcionado mucho las corridas ajenas. De repente, sentir ese liquidillo ahí caliente, cual meada viscosa recién traída del microondas. Yo me imaginaba que las corridas debían ser frescas y abundantes. No ese reguerito rídiculo.
Ay, la educación sexual en el porno. O recibía manguerazo o aquello no era nada.
- Pues a mí me encantan - dijo mi amigo, cuya práctica sexual favorita era comerle la polla a saco a un tío hasta que se corriera en su cara.
Dije la verdad, Lord Diario. No tenía gran aprecio por el semen ajeno, ni encontraba demasiado digno recibir esa leche condensada en mi faz. Menos, en la boca y con intenciones de tragar.
Como usted comprenderá, todos quieren leche y todos quieren echarle la leche.
El orgasmo masculino es la vanidad.
Es la necesidad de una fanfarria final que demuestre que aquí ha estado el macho haciendo el guarro. Qué mejor que echar la lefa en las tetas, en la boca, en el culo, en la espalda, en el torso o en otro lugar visible y/o morboso.
Como si la vida imitase al porno, tras ese instante, parece que todo acaba, se eclipsa en un fundido a negro. Después de eso, el sexo acaba y la vida, casi que también.
Ya nos hemos corrido, todos para casa y que recoja la asistenta.


La primera vez que vi una leche fue la mía. Obviamente, sucedía al final de mi primera paja.
Desconocía bien la técnica y me acuerdo que hasta me dolía cascármela. A la vez, era como quien descubre una veta de oro y sólo puede seguir y seguir. 
Aquello debía ser mosto, porque recuerdo que mi primera corrida era amarillenta y concentrada. Hizo una mancha cáscarea en mi calzoncillo. En fin, querido Diario, espero que no esté cenando en estos momentos.
Fue amarilla una vez y blanca todas las demás. 
Ay, las manchas por todos lados. Ay, la clandestinidad de hacerlo y la necesidad de borrar el rastro del crimen. Los pañuelos, el bidé.
La corrida salta y no conoce de mesura. Es impredecible y, aún con la técnica depurada que tengo a mis treinta y cuatro años, todavía me mancha la camiseta, la manga y, si me descuido, hasta la boca. 


Me decía un compañero de cama:
- Tú descargas un montón, pero tarde.
Ay, querido Diario, le confesaré. Los hombres suelen ser precoces, inmediatos. Baten un poco y ya están las claras montadas.
Yo soy todo lo contrario. Debo ser femenino en ese aspecto, porque me cuesta lo que no les cuesta.
- ¿Te quieres correr ya?
- ¿Eeeeh? ¡Pero si acabamos de empezar!
Le conté a propósito de la dilatación anal que yo necesito literatura. No basta batirme, se necesita algo más y aún no sé exactamente qué. Sí, soy una mujer.
Debo ponerme nervioso en presencia de otro - ay, esa timidez -, pero no, no es ese el motivo. Me he corrido hasta con tíos que no me gustaban, escondido de pie en la calle con un rollo furtivo o muerto de sueño. Habrá otra razón.
¿Seré un actor porno en potencia? ¿De esos que aguantan y aguantan y aguantan?
Considero que lo tardío de mis corridas ha de estar en relación precisamente con tanta paja. Es decir, qué me van a contar que ya no sepa. Y si sale uno corrido de casa, más aún.
En cualquier caso, mis mecos llegan. Tardan, pero llegan. Y más de un caballero se ha puesto mi corrida de bigote. Ok, ya estoy empalmado con esa imagen.
Sí, me gustan las corridas. Como lo mejor en esta vida, fue un gusto adquirido.
¿Cuándo le cobré el interés al lecharazo facial? Sucedió con un chico rumano con el que estuve liado durante cierto tiempo
El tío tenía una polla enorme y riquísima. No le podía decir que no y tampoco quería hacerlo. Entraba por la puerta y yo no necesitaba ni literatura ni hostias. Dilatado, dispuesto, que me lo echara todo.
Eso sí que era una corrida, Diario. Fresca, abundante, pornográfica, maravillosa. De las que no podía ni abrir los ojos.


Al respecto del tragar, le diré que todavía se me resiste.
Sólo me he tragado dos corridas. Es una práctica de riesgo y tampoco me resulta tan excitante para saltarla. 
En las dos ocasiones fue por persistencia del eyaculador. El primero me lanzó un mosto amargo y asqueroso, que lo tuve que escupir. 
El otro, como era amigo y amante ocasional, tuve la cortesía de bajar el coco con el gin-tonic que tenía al lado. Esto en el baño de un bar, por supuesto, cómo no.
- Déjame que te eche todo lo calentito - me dijo el último con cara de perrito triste.
Ay, de las corridas, disparo de los machos.
- A tu historia le falta lefa - aseguró un profesor de Guión, bruto como un arado, para expresar que a cuentos guarros, leches calientes.
El arte, ya lo dije una vez, está fundamentado en sangre y semen. Y el tabú que ambos despiertan - líquidos esenciales para la vida, pero incorrectos cuando manchan - cuenta las manifestaciones de los seres humanos. Lo que desean y lo que mueren, sus amores y sus guerras.
Hablemos más de la corrida. Hablemos de las corridas ajenas y propias.
Cinco coordenadas a tener en cuenta, Lord Diario.

1. CUÁNDO


Todo buen amante ha de ser paciente y dadivoso. En el caso de los hombres, la cuestión es aguantar, aguantar y aguantar la central lechera. ¿Cuándo me corro? ¿Quieres correrte ya? 
Cuando andan con mujeres, la intriga se acrecenta. ¿Ahora? ¿Ya? ¿Luego? Jum, ha mirado el reloj, quizá se haya corrido ya. Allá voy. 


2. DÓNDE


El morbo de ensuciar la belleza del cuerpo ajeno con el semen o cómo pintar un lienzo con una manguera impredecible. Hay que elegir la parte preferida, tras negociarla. ¿Me puedo correr en tus tetas? Sí, hombre, que no se diga. Ay, ¿o en la rabadilla?
Como me decía uno, con cierta aflicción: "Dios, no puedo elegir entre tu barba o tu pecho, joder". 
Al final, el maestro toreador dividió la carga entre el pecho, la barba y ahora que lo recuerdo, también un poco en la boca. Apunte esa corrida a la lista de mis zumos de coco.


3. CUÁNTO


Dicen que la destreza es lo esencial en el sexo, pero una cosa grande, imponente y bien provista pone a tope a todo hijo de vecino. Si el manguerazo es abundante, el orgullo macho queda satisfecho: toda esa leche desnatada sin lactosa como prueba evidente de la sementalidad. 
Ristras de pañuelos a mano, futuro en el porno, quién sabe. Es quizá lo que menos importa de una corrida, pero lo que más bonito queda, como tantas cosas en nuestra cultura.


4. HACIA QUÉ


¿Va a tragarse el semen, caballero o caballera? Si elijo la boca, ¿será tan amable de paladearlo como si tratase de natillas de vainilla y embarazarse el estómago?
¿Adónde van los besos que guardamos, que no damos?, se preguntará el seminador poeta, cuando el receptor o receptora del lecharazo le replique que ese mosto se lo va a tragar otra y, además, por el módico precio de su importe.
En cualquier caso, beberse o darse de beber es parte del sexo. La necesidad de devorarse, portarse guarro y hacer cosas sin otro sentido que ponerlo todo del revés, desde nuestro sentido del gusto hasta las fronteras mentales que nos ponemos día a día.


Ya lo sabe, Lord Diario, dele a la batidora, aguante lo que pueda, disfrute en el entretanto y, sobre todo, anuncie que se va a correr. 
- Oh, me corro, me corro, me corro. 
Y después, la obvia cara de orgasmo, más expresiva o más discreta. Los espasmos y demás temblores, también a gusto del seminador. 
Bien lo dijo el sabio: la cuestión es sacarse la leche.

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