martes, 24 de noviembre de 2015

Huevos


Querido Diario,

Permítame que hoy me coloque del revés, como si el mundo empezara en Australia y mi cerebro estuviera en mis huevos. 
Hay quien dice que los hombres pensamos con los huevos y hay quien dice que lo hacemos con la polla. Polla o huevos; para los machos, no hay posibilidad de elección. Son compatibles para sí, son imposibles el uno sin el otro. Sin unos huevos, nada. Sin una polla, tampoco. Con polla y huevos, el mundo es tuyo.
Déjeme que me ponga del revés, como el otro día en el gimnasio, cuando, en plena acrobacia de tantas que hago en estos tiempos, tuve que detenerme.
- Uy, habemus tortilla.
Los monitores y monitoras están acostumbrados a que los chicos deban pararse en cierto momento. Hete ahí los huevos.


Por mis testículos, que debería contarlo todo acerca de los huevos, las bolas, las pelotas, los cataplines, los cojones, las huevas, los cocos. 
Importó su forma ovalada, y por eso, todos los nombres que se le colocan aluden a ella. 
Curiosamente, la forma más desesperante para el ser humano: la redonda, la que se escurre, la que no tiene ni principio ni fin.


Por huevos, se han hecho muchas cosas. Sin ir más cerca, testificación viene de testículos, porque los romanos se los agarraban para jurar por lo más sagrado.
Los huevos aluden a la valentía y al honor, pero también a la exasperación. No me toques los huevos, lo haré porque no quedan otros huevos, olé mis huevos. Hay cojones o no hay cojones, esa es la cuestión.
Como cualquier parte anatómica que va aparejada a un tabú, los cojones son tan nombrados como escondidos. 
Los machistas se los agarran y la sociedad entera los menta cuando la situación requiere comentario ordinario, pero el mundo los considera feos de una manera casi imposible, especialmente cuando están descuidados y peludos. Se ven pocos huevos al aire.
Y, aún así, los testículos son la fábrica de los sueños: ese microondas del semen, ese instigador de la corrida, ese origen de la vida.


Se han identificado como el atributo del macho y la imagen de su verdadera utilidad como ser viviente; sin huevos, sólo le quedará cantar ópera, pensó el ideario tradicional. 
Para demostrar que funcionan a todo tren, además de preñar a las señoritas del pueblo, el huevero debe enfrentarse a los monstruos de la Naturaleza, a sus enemigos, a los elementos, a la guerra, a la miseria. 
Incluso debe soportar que le boleen los huevos. 
Ay, uno de los dolores más intensos: golpean ahí y cunde la parálisis. Se siente hasta en las sienes.
Acaso será la verdadera señal de que pensamos con las pelotas, de que somos nuestras bolas, de que hay o no hay cojones, esa es la cuestión.


- Josito mío, ¿tú cómo tienes los huevos? - pregunta la audiencia, expectante.
Presumo, pero es la verdad. Los tengo grandes y colganderos. Decían muchos compañeros de cama que son tan grandes que dan hasta un poco de risa.
- Qué huevazos - llegué a oír en varias ocasiones.
Esa es la realidad objetiva. Figuradamente, tengo pocos huevos o esporádicos. Las situaciones me abruman, hago mutis por el foro y creo que me tiraría por la ventana antes que alistarme para la batalla cruenta. 
Quién sabe. Cuando llegue el momento de demostrarlo, donde haya algo verdadero e importante por lo que luchar, quizá descubra que tengo los huevos tan grandes como los que el Olimpo me dio.
Mis testículos tienen su Historia. ¿Recuerda cuando tuve paperas con treinta años? Se inflamó el derecho y estuve a punto de perderlo.
- Sújetese el pene con la mano derecha - me dijo el severo señor de la radiografía, mientras me pasaba el escáner por las pelotillas.
- Todo bien - aseguró. Y las damas que piden un hijo mío suspiraron de alivio.


- Josito, Josito, ¿y acaso te has metido los huevos de otros en la boca? - pregunta la concurrencia, emocionada.
Si usted ha estado al cabo de mis aventuras, sabe que me he comido pollas y más de algún ano, así que entenderá que la bolsita de té también haya conocido de mi oralidad.
Le digo la verdad: a mí los huevos de los hombres me ponen muchísimo de toda la vida, porque son parte del atractivo masculino y el combo indiscernible de los genitales. 
Como los penes, su belleza está infravalorada. No sólo me gustan porque los deseo, sino porque pueden ser preciosos.


Comer los huevos a un tío supone el territorio intermedio: un poco más fuerte que la polla, pero no tanto como el culo. 
Si la cosa está peluda, es una trampa de olores que lo mismo excita o repugna. O la combinación de ambas. 
Hay mozos que se los depilan en favor de sus parejas o por pregón de higiene. Yo me recorto el vello genital, de vez en cuando, para escapar del complejo de Selva Negra.
Bien sabe usted que el porno es el paraíso del cataplín depilado desde hace varias décadas, para que se vea todo con mayor deforestación o para que los sables adquieran la definitiva prominencia.


Yo le comí los huevos al primer tío con el que me acosté, allá por mis diecinueve años. Le hice daño, porque se los solté con mucha fuerza. Y hay que ser cuidadoso. Contundente, pero cuidadoso. 
Se introducen en la boca, se succionan con experta delicadeza. Estamos hablando de los dorados cojones. ¡Usted no se puede equivocar con ellos! Huevos no hay más que dos.
A lo largo de la vida, me he tropezado con tantas pelotas como distintas eran las pollas. Huevos más grandes, más pequeños, más inexistentes, más encogidos hacia arriba, más penduleando sobre el universo. 
Me ponía yo del revés y observaba los escrotos ajenos, como si el mundo empezase en Australia y mi cerebro estuviese en mis huevos. 
Oh, de la belleza de la transgresión.


Al final, creo que sí tuve cojones, querido Diario.
Para aceptarme como soy, para meterme los huevos de otros en la boca como deseaba y soñaba, para cruzar el mundo y volver a casa, para sobrevivir, para aceptar los miedos, para comprender la derrota y para entender que, a veces, simplemente no hay huevos. 
Hay cojones o no hay cojones, esa siempre fue la cuestión.
Hasta mañana, Lord Diario. Vacíe esas bolitas del amor antes de dormir, no se olvide.

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