domingo, 8 de noviembre de 2015

Juventud


Querido Diario,

Siete días hace que me reencontré con una vieja amiga del instituto. Distábamos de ser íntimos, pero guardaba un buen recuerdo de ella, de su tranquilidad natural, de sus buenas calificaciones en los estudios. No la había visto desde entonces: quince años como quince castillos.
A pesar del tiempo, la tía estaba idéntica. La única diferencia notoria ahora es una barriga de embarazada. De resto, sólo besada por los años. 
- Tú también estás igual - me dijo.
Es la tercera vez que me lo dicen en meses. En las otras ocasiones, venida de gente que no me veía desde hace incluso más tiempo. 
Compraba en el Corte Inglés y se me acercó una compañera del colegio.
- Estás igual. Te reconocí enseguida.
Y yo pensé en el retrato de Dorian Gray que debo guardar en el desván. 
En un bar, se me acercó otra moza y me dijo:
- Yo te conozco. Sé quién eres. porque tienes la misma cara. 
La última vez que esta tercera piropeadora me había visto, yo contaba con tres años de edad.
Debe ser el clima, el ejercicio o el pacto con el Diablo o estas chicas necesitan graduarse las gafas. Pero, cuando mi amiga del instituto, dijo que si era cierto que tenía los mismos treinta y cuatro años que ella, dudé un instante.
- ¿En serio tengo treinta y cuatro?


Como escribí el día de mi cumpleaños, esa cifra siempre ha sido una recurrida hipérbole en mi vida. Cuando algo es mucho, por lo menos, treinta y cuatro. Mi duda venía porque, como le gritaría Harker a Drácula en Londres, he rejuvenecido, ¡el hombre ha rejuvenecido!
He de tener algún Nick Jonas en el sótano e, hipnotizado, víctima de un hechizo que me hace vampiro por las noches, entro en el ascensor y desciendo hasta la mazmorra, donde agarro al niñato y le succiono el cuello para obtener ese cáliz de la vida: nada menos que la juventud.


La juventud, el paraíso perdido, el divino tesoro que se va para no volver.
Es el valor que se asocia con la vitalidad del ser humano, aunque no siempre ha tenido el caché que se gasta ahora. En otras culturas, la vejez era mucho más preciada y cuidada. La experiencia era lo que gestionaba la sociedad, también la esclerótica tradición. Como en todo, hay un doble filo: escuchar a los viejos puede concedernos muchas verdades, pero también la garantía de la inmanencia.
Desde hace unas cuantas generaciones, la juventud lo es todo. Es lo que se identifica con la belleza, la felicidad y la sexualidad. Quien es joven, debe atesorarlo. Quien se esté haciendo viejo, ha de retrasarlo como sea, desde matarse a ejercicios y dietas hasta maquillarse como un mimo o pasar por el bisturí. 
La vejez, baúl de experiencias, es ahora la irrupción del estorbo, de la lentitud, de la imagen de lo inevitable: que nos podrimos y nos morimos algún día. En universos donde la novedad y el cambio son un grado, que alguien camine con un tacatá es desesperante y deprimente.
Cuentan los glosadores que los jóvenes son jóvenes precisamente porque desperdician la juventud. Como la vida, la mocedad se malgasta a manos llenas, quizá ante la incredulidad de que un día se termina. 
La juventud no sólo se asocia con el tiempo, también se pierde ante la corrupción, ante la amargura. Cuando alguien vive mucho, muy deprisa y mal, será un prematuro viejo, porque la tristeza se relaciona con la senectud. 
A la ligera, de manera fallida, tanto la madurez como la decrepitud se entienden como ese mundo donde reírse, hablar alto, aplaudir, ensoñarse, desear la gónada ajena ya no están a la orden del día. 


¿Cómo veo a la juventud, querido Diario? Digamos que todavía me considero joven, pero también soy un hombre. Como a todos los treinteañeros, me vale la etiqueta de "hombre joven". Es decir, desde hace unos años, existe muchísima gente que es más pequeña que yo. Los he conocido anteayer, se lo juro.
Aprecio mi juventud y adoro la lozanía, pero nunca me ha gustado la niñatez. Todos los hombres que me gustan suelen ser mayores que yo y echarle el ojo a veinteañeros jamás ha sido costumbre de mi lascivia. 
He de añadir que en Madrid se apreciaba menos juventud que en Tenerife. Aquí, la gente es más sana, tiene más hijos y, por tanto, las calles conocen sangre nueva. 
En cualquier caso, volver a este lugar de crecimiento demográfico positivo significó darme cuenta de que desconocía a la nueva y tan temida generación que nació con los reality shows, se comunica por Whatsapp y todo lo sabe por Internet.


En la clase de autoescuela, me llevé la decepción, al verlos apáticos, tristes, mirando el móvil, sin comunicarse entre ellos. Entendí que estábamos jodidos. Pero era una visión sesgada, una página suelta de una juventud más compleja e interesante.
La juventud de hoy tendrá sus taras y sus defectos, pero me maravilla - ironía - cómo los mayores les echan la culpa, los juzgan, los llaman maleducados, los desprecian por atontados.
Los conflictos generacionales son cuento viejo y la gente vieja tiende a ver a la juventud con cara de escándalo y miedo desde el día uno de la Creación. Se los odia, quizá por envidia, tal vez por resquemor. 
¿Qué son esos jóvenes, querido poeta, sino el espejo de nuestros defectos? Viven en un mundo que adora la tecnología, el sexo y la rapidez. ¿Acaso nosotros no? Es esa multipantalla el patio de recreo donde lo criamos. Ahora, parece que nos llena la amnesia. Y a los que son más viejos que yo, ni le cuento. 
Los jóvenes son más víctimas de lo que serán verdugos, pero no son tontos ni son inútiles.
Me gustan, porque se parecen más a nosotros de lo que podemos aceptar. Estoy atento a ellos, porque han crecido en una época inclemente y la sobrevivirán. Cómo lo harán es el mayor suspense.


Sí, pueden ser odiosos.
Demuestran que no tienen ni la mitad del respeto a los profesores, padres y cosas que tenían generaciones pasadas, pero he de deslizar sobre la mesa si ese "respeto" no era más que miedo.
¿Hipersexualizados? ¿Machistas? ¿Cínicos? ¿Ignorantes? Si los generaliza así, piénselo dos veces. Puede que todas esas calificaciones también le sean aplicables. A usted y a su generación.
¡Ejemplo! Andaba yo llorando por las esquinas porque la juventud no conocía a las estrellas del cine de antes, porque era presentista y embobada con las modas. Eso es mentira. 
Precisamente por Internet, saben más que mi generación y hay todo tipo de tribus, de frikismos, de gustos personales. 
En un concierto rockabilly al que acudí hace unos meses, había chicos de veinte años, con el tupé, la chupa de cuero, de la mano de sus novias con coletas y faldas escocesas. 
Si hay algo que achacarles al respecto, es justo lo contrario: a veces, son demasiado retrófilos.


Si la arman fina en las aulas, si son ingenuos, si irrumpen borrachos, faltan al respeto y cometen errores garrafales de los que no vuelven ilesos, me dirá usted de quién es la culpa.
La falta de educación no es de la nueva generación. Es una epidemia. Los mayores maleducados que me tropiezo a diario, aquí y en Pekín, son los viejos y de una manera espectacular.
Pero la juventud, la juventud es lo peor, está fatal. ¡Por no hablar de la juventud!, dicen para despacharlos.
Son niños. Y lo serán más tiempo del que lo hemos sido nosotros. En un mundo donde se precia la juventud, ésta ahora es eterna. 


Dorian Gray, aquí presente. Me miro en el espejo y dudo que siga igual que cuando tenía tres años, pero sí me siento más joven que hará cinco, incluso que hace diez. 
De manera irónica, dejé de hacer lo que hacen los jóvenes: vivir con el ansia de madurar, porque es lo que la sociedad demanda. Que estudies, que digas lo que quieres ser de mayor, que elijas un camino, que no seas joven. Y, a la vez, esos años hay que regarlos con alcohol, vida social, viajes, ajetreo. Ser joven se hizo estresante y, James Dean mediante, me estáis aturdiendo.
Ahora es mi turno, ahora es el turno del juventud.
Oh, yo querría ser joven eternamente. La misma mirada llevo, quizá el motivo de que tantos y tantas me reconozcan. La mirada del niño grande, que se resiste a crecer y se cose la sombra al zapato todas las noches.  
Querido Diario, permítame ser joven. Creo que todos podríamos serlo para siempre. Al menos, intentarlo, con un poco de mimo por nuestros cuerpos y un mucho de alegría por las cosas. Decir aquello de que, mientras estemos vivos, el divino tesoro nunca marchó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada