sábado, 14 de noviembre de 2015

París


Querido Diario,

París es siempre una gran idea, decía Audrey Hepburn. Usted, que la adora, la disfrutaba en todas esas comedias donde la ciudad y ella eran como el queso y el jamón dentro del Cordon Bleu. Qué milagrosa combinación.
París será una fiesta, París bien vale una misa. ¿Sabe usted cuántas películas se ambientan en París? ¿Cuántas señalan que han llegado a la ciudad con la figura de la Torre Eiffel?
Aunque sea un fondo pintado, cuando los protagonistas llegan a París, usted entiende que hay un grado, un rito de paso, un alto en el camino, un escalar de emoción. ¿Recuerda "Un Ladrón en la Alcoba", de Lubitsch? ¿Cuál es el momento decisivo? En la pantalla, se imprime "PARÍS" y se sabe: era lo que faltaba.
París siempre fue lo que faltaba. Al mundo le encantó la ciudad, su lirismo, su presunción, sus cafés, sus intelectuales, sus promesas sentimentales. Los americanos no conocen mejor sitio para la luna de miel y se llenan sus puentes de candados.


Un amigo mío decía en Facebook: "Maricas trastornadas, ¿no os dais cuenta? ¡El amor no existe! ¡Es sólo un invento de París para atraer turistas!".
La capital de Francia también atrajo poetas y pintores, que se las veían muy bohemios en buhardillas ateridas de frío, y contemplaban Montparnasse y Montmartre desde sus claraboyas. Un barrio para suicidarse, el otro para exhibir sus cuadros en las aceras.
Acordeones, vino, existencialismo y Jean Seberg abriendo la veda para la Nouvelle Vague. París se vendió en imágenes, pero se contó en sentimientos.
Oh, París, yo nunca he estado en París, querido Diario, pero podría decirse que he vivido allí. Porque París es más que una ciudad. Es una idea. Una gran idea.


Anoche París se llenó de sangre, de terror, de cadáveres acumulados en una discoteca.
Los poderosos y los abusones se pelean entre sí, pero siempre se apilan los mismos muertos: los que caminan por la calle, los que quieren llegar a fin de mes, los que pasaban por allí, los que tratan de olvidar la fragilidad de la existencia moviendo el esqueleto para empezar el fin de semana. Lo que París no dudaría en llamar "los inocentes".
En París, se ha paseado Audrey confitada por Givenchy, pero París siempre fue escenario de horrores. 
La noche parisina fue la de la Cuchillos Largos, donde los católicos pasaron a espada a todos los protestantes de la ciudad en siglos más viejos que usted. Cuando la sangre aún estaba esparcida por las aceras, París todavía era digna de ser recuperada. Fue por lo que Enrique IV se convirtió al catolicismo. París bien vale una misa, aunque necesite tanto que limpien el piso.
Centenios más tarde, el armazón de una guillotina de París se desmontó, literalmente, de la sangre acumulada y la podredumbre que acabaron con la madera. Sucedió durante los años del Terror, que siguieron a la Revolución Francesa. Volvieron los cuchillos, se impuso la venganza.
Y al mundo se le partió el corazón cuando Hitler se hizo una fotografía delante de la Torre Eiffel. París, ¡cautiva de los nazis!
Pero París sobrevivió. Cuando no quedó nada, la torre de hierro parecía recordar algo al mundo. Era el faro para las ilusiones, para los locos, para los que pensaban y aún piensan que un mundo sin sombras es posible.


Yo también lo pienso y la realidad me hace llorar, me desespera, me aterroriza. ¿A dónde nos dirigimos, querido Diario? 
Por favor, déjeme soñar hoy también, mi Lord. Hoy, más que nunca.
Destruirán sus edificios, venderán la Eiffel en trocitos en los mercados, arrancarán la ciudad de raíz, borrarán su nombre de los libros, de los pensamientos y del futuro. Nadie sabrá qué fue París, ni qué venció o qué superó, ni a qué mañanas se despertó.
Pero, entre la oscuridad, la guerra y la ignorancia, París, esa idea, seguirá viva, resplandeciente en la noche. París, la luz cegadora que ilumina a los que buscan la tranquilidad, la felicidad, la hermosura, la tolerancia, el placer, el mañana. 
Déjeme soñar una vez más, querido Diario, con aquello de que siempre nos quedará París.

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