martes, 17 de noviembre de 2015

Tímido


Querido Diario,

Contaré aquello que ignora: yo soy tímido, terriblemente tímido, de los que se ponen rojo, de los que mascullan.
Yo soy de los que ven a un potencial amigo pasear por el gimnasio y me siento incapaz de decirle nada.
Ay, sí, yo soy así. Doy a mis seguidores la imagen de una criatura fabulosa, llena de glamour e ingenio, y lamento decirle que sólo me sale a la perfección copazo en mano y ciento volando.
Tiraré de patria y le diré que es cosa de los canarios.
El otro día, escuché en el descansillo un tocar de puertas. Un repartidor llegó a una casa vecina y, cuando le abrieron, dijo:
- Dos paquetes para Elena.
Lo dijo, al estilo canario tímido. Deprisa, tragándose las eses finales, con un suspiro en medio, buscando la complicidad del interlocutor para sentirse tranquilo, para apurar el trago.
Sería algo como:
- Doh paqueteh (suspiro) ¡paraelena!
Los tímidos de otras tierras lo harían serio, seco, con la cabeza baja; nosotros miramos a un punto inconcreto, forzamos el acento, tragamos sonidos de las palabras, emitimos otros.
También le diré que es una timidez intermitente, contradictoria, porque, para muchas cosas, se nos reconoce por lo contrario. Expresivos, escandalosos, campechanos, sentimentales. Pero somos tímidos a la hora de la verdad.
Ve usted a los chicos de mi gimnasio y sabe que todos esos músculos son trabajo para matar la timidez, el apuro social y lo dificultoso que es acercarse a las chicas y decirles un cuento, sin parecer nervioso ni desesperado. 
Los músculos otorgan muchas cosas: entre ellas, la sensación de poder, de fortaleza. Y, aún así, la timidez sigue ahí. De repente, vuelve. A la hora de la verdad. Cuando alguien abre la puerta.


Es así mi timidez.
De niño, odiaba cuando los mayores me miraban cual nuevo juguete, deseosos de que respondiese a sus carantoñas con una monería. Moría de la vergüenza ante el escrutinio y me colaba entre las piernas de mi madre para escapar.
Cuando tenía seis años, gané un concurso y todos aplaudieron al enterarse. Me asusté tanto con la ovación que me puse a llorar.
Detestaba las visitas, especialmente las inesperadas. Una tarde de domingo de mi infancia llegó una marabunta de gente a mi casa. No la había visto nunca y jamás la volví a ver. 
Me dio tanta vergüenza que me escondí detrás de unos sillones, acompañado de unos libros y mis muñecos.
- Ay, hay un niño aquí dentro - dijo uno de los invitados. 
El invitado me parecía una persona mayor pero, ahora que lo pienso, debía ser otro niño. Desde mi escondrijo, miré hacia lo alto y vi unas caras que me miraban con curiosidad.
- ¿Vas a salir de ahí? - dijeron. Yo no contesté o lo hice en voz muy baja. 
Antes de que acabara la fiesta, salí, por timidez de haber sido tan tímido.


Se cuenta que muchos gays somos grandes tímidos, porque tenemos un visceral miedo al ridículo. Como hay que enmascarar el afeminamiento en épocas de oscuridad para que no se rían los demás, la introversión, la inseguridad y la vergüenza torera se intensifican.
- Yo quería bailar, doctor. Y bailé, pero me miraron con tal cara, que no lo hice más. Abandoné el patio y ahora sólo bailo con la puerta cerrada. O en mi cabeza. O en mi futuro.
Las recetas para abandonar la timidez fueron tantas - casi las mismas - que aquellas recomendadas para superar la adolescencia.
Exageré la liberación y bailaba, bailaba, bailaba en los bares y discotecas. Me reía a mandíbula batiente, tenía muchos amigos, la vida era un musical, por fin.


A la hora de la verdad, seguí siendo el mismo tímido. A la hora de hablar con una persona desconocida, más si es un chico que me gustaba o alguien que podía darme trabajo.
Sé que la timidez es el auténtico obstáculo que he encontrado para el amor, las nuevas amistades y la vida profesional. Esa vacilación, ese apuro, esa necesidad de meterme detrás del sofá hasta que acabe la fiesta.
La introversión y la autosuficiencia volvieron - y de qué manera - cuando pasé demasiado tiempo viviendo solo en Madrid.
Hasta hace muy poco, abundaban las ocasiones que ni se me entendía de la voz ermitáñica que se me había quedado.
- ¿Es que no sabes qué decir? - me pregunto yo.
Ya le he dicho que es crónica: hay ocasiones que soy exactamente lo contrario. Todo para fuera. Y, cuando hay tema, todo para dentro.


Debe usted inferir. En la escritura, ando desvergonzado para compensar que, en la realidad, me pongo rojo. 
Me pongo rojo frente al imprevisto de la conversación. O cuando el interlocutor no es muy listo o lo es demasiado. Cuando no entiende lo que digo o no consigo que me entienda. Cuando voy a decir algo y no me sale ni media voz. Cuando abren la puerta y, apurado, porfiro: 
- Doh paqueteh para Elena y un Valium para mí, por favor.
Recuerdo una entrevista a un actor porno gay, bellérrimo y español, de nombre David Dirdam, en la que aseguraba que era un chico tímido.
Los entrevistados se reían por la soberana contradicción. 


Zasca delante de las cámaras como si tal cosa, pero, a juicio de la entrevista, era cierto. David susurraba, hacía media sonrisa, bajaba los ojos. Ahora que lo pienso: los tímidos estamos muy buenos.
Diré más. Los hombres, en general, somos tímidos a la hora de la verdad. Algunos, de una manera desesperante. Otros, como David Dirdam, completamente adorable. 
Es parte de nuestro encanto y también el germen de nuestro handicap social y sentimental. Esa escasa elocuencia, esa discreta emocionalidad.


La timidez vive en mí y considero que lo hará siempre. Reivindico ser así, porque es parte de la quietud que busco en esta vida.
Pero es cierto que me lleva al Este del Edén, que me destierra de tantas cosas.
Logro enmascararla cuando le pongo esfuerzo. Será porque he visto muchas películas y debo saber de interpretación. Cuando no tengo, mejor me lo invento. O improviso. 
Nadie me ha dado todavía el guión de la vida, así que iré soltando palabras sobre la marcha, a riesgo de ponerme rojito.


Me acercaré mañana al que pasea en el gimnasio, ese que podría ser un gran amigo, y le diré algo. No sé qué, pero sonará estridente en mi cabeza, sorprendente en la suya. Lo pasaré tan mal en ese momento, que buscaré la comprensión en sus ojos. Si no la hallo, no le hablaré más. Si veo la chispa, empezaré a actuar como Bette Davis.
Ese es el plan. Aunque lo de meterme detrás del sofá, jum,

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