domingo, 13 de diciembre de 2015

120


Querido Diario,

Conmemoramos tantos aniversarios que los mejores pasan desapercibidos.
El pasado mes de febrero se cumplieron 120 años de la primera exhibición del cinematógrafo, precisamente en nuestra llorada París. La proyección fue posible gracias al genio y esfuerzo de los hermanos Lumiére.
Recuerdo cuando se cumplieron los 100 años, allá por 1995, porque coincidió con el inicio de mi enfermedad. 
Amo las imágenes en movimiento desde la cuna, pero sucedió a mis catorce años cuando empecé a grabar películas a mansalva, soñar con ellas, querer verlas todas, comprender la vida como una imperfecta réplica de las mejores pantallas.


El cine me ha quitado tiempo, me ha apartado de muchos aires vespertinos y me ha reducido a un ser romántico que busca estrellas fugaces en plena tormenta de las épocas.
Pero me ha otorgado un mundo de belleza, poesía y palabras, que vive en mi mente y ha sido el encargado de construir mi corazón. 
Decía que la televisión me ha educado y ahora digo que el cine me ha hecho mejor persona.


Bien lo sabe el cinéfilo. El placer está en descubrir las películas y en volver a verlas.
No sé si será por nostalgia o por la comodidad de lo conocido, pero cada vez que regreso a los títulos que vi hace veinte años digo aquello de "las mejores ya las vi".
Cuando la ecuación se incumple, esto es una fiesta.


Hablo mucho de cine, he visto muchísimos títulos y todavía me considero un principiante. Lo siento mejor que lo pienso, lo escribo mejor que lo hablo. Me perdí en el universo vasto del saber cinéfilo hace veinte años y jamás regresé.
En estas dos décadas, han cambiado muchas cosas, incluso mi manera de mirar las películas y de creérmelas, pero sigue intacta la necesidad por ver, como mínimo, una al día.
Lord Diario, celebremos todos los aniversarios del cine como sabemos: en silencio, con el corazón encogido y los ojos bien abiertos, listos para alzar el vuelo.

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