domingo, 27 de diciembre de 2015

Beatle


Querido Diario,

Recuerdo la noche, pero se me escurre el motivo entre los dedos de la memoria. Sé que introduje la vieja cinta de cassette de mi padre, me coloqué los auriculares y ahí sonó la primera canción: "Yesterday". 
Entraron los violines con la segunda frase y, oh, la emoción más profunda llenó todos mis sentidos. Me enamoré de los Beatles en el acto. Tendría quince o dieciséis años.
Ahora comprendo que "Yesterday" me conmovió, porque, como lo mejor de los Beatles, tiene la belleza de una milagrosa sencillez, esa alquimia que buscan los artistas de verdad. 
Y cuando se empieza a vivir y se descubren cosas hermosas, la emoción es doble, triple. Echo de menos aquel impacto, aquello de que todas las películas fuesen mis favoritas y todas las canciones merecieran ser cantadas.


Yo canté y bailé a los Beatles durante años. Hacía coreografías cuando nadie me veía y me pensaba como el quinto componente, el solista que nunca tuvieron, y hasta me creé una biografía inventada: yo era el hermano de John Lennon, la voz magnífica que faltaba en el grupo, el mismo que sufrió un colapso nervioso en plena actuación del show de Ed Sullivan y desapareció de la escena pública durante un año.
Yo era aquel que protagonizó un comeback que hizo llorar a John y, después de la ruptura del grupo, se convirtió en una súper estrella de la música, con un concierto de Fin de Año que siempre arrasaba en ratings.
Así eran mis sueños imposibles, Lord Diario, que vivían junto a los improbables.


Durante mucho tiempo, declaré que los Beatles me salvaron de la adolescencia. Tuve una fuerte depresión a los quince años y, cuando me recuperé, di un beso al aire y dije: "Gracias". Sonaban los Beatles.
Compré su discografía entera y aún la tengo entre mis posesiones a proteger de un posible incendio. "Help!", alocada, pop, colorida, estuvo cierto tiempo en mi lista de veinticinco películas favoritas.
Me gustan todas sus canciones, me las sé de memoria, todavía las oigo de vez en cuando. Temas nada populares, como "Glass Onion" o "What You're Doing", son leyenda para estos oídos. 
Mi disco favorito siempre ha sido "Revolver", porque es el disco de los sesenta por excelencia y también el momento culmen de sus carreras, donde han llegado a cierta madurez, pero aún no se han partido en piezas.
Es el álbum de "Eleanor Rigby", de "Here, There and Everywhere" y del impactante himno a la pereza: "I'm Only Sleeping". En aquella época, yo sólo quería dormir y Lennon me decía que no era el único. 
Llegaron el "White Album" y "Abbey Road", que se alineaban entre lo más sofisticado que yo había escuchado hasta entonces. Para la música, aún soy muy easy listening y muchos temas formaron este oído en nuevas, excitantes direcciones.
Hoy recordé "Abbey Road" al ver "Johnny Guitar" - parte del desafío cinéfilo declarado ayer, recuerde -, porque rememoro una noche donde revisitaba el western de Nicholas Ray en VHS y luego introducía el CD del álbum del paso de cebra.
Sucedió también en Navidad.


- Ay, Josito, a ti te gusta todo lo bonito - me diría un bobín, muchos años después.

"Abbey Road" atrapa el aliento desde la primera palabra, canción tras canción, y entonces llega "She Came in Through the Bathroom Window", que es perfecta, y la sigue "Golden Slumbers", que es el doble de perfecta, y, de repente, en medio de "Carry That Weight", estruendo y Paul canta aquello de "I never give you my pillow, I only send you my invitations and in the middle of the celebrations, I break down..." 
Si no se emociona, Lord Diario, probablemente estés muerto.

Hoy he vuelto a "Abbey Road" y ayer también. Porque, tras tantos años, Spotify recibe a The Beatles en su catálogo.
Blindados sus temas para coquetear con su mitomanía, con su leyenda de esquivos, con su necesidad de excepción, comprar los derechos para reproducir sus canciones se ha dicho sueño improbable.
Se les versiona, con mayor o menor fortuna, pero, por ejemplo, la única ocasión en la que se ha escuchado un tema de Los Beatles interpretado por ellos en una serie televisiva fue hace relativamente poco. Sucedía en "Mad Men", cuyos productores hicieron un esfuerzo económico y adquirieron los derechos para reproducir la psicodélica "Tomorrow Never Knows" al final de un episodio.
Ahora, por fin, el día de Nochebuena, mis amados llegaron a streaming. Todos sus discos, a un clic.


La llegada online ha sido el espectáculo que merecen los Fab Four y también el que codiciaba McCartney, porque están arrasando en reproducciones, y no precisamente en mayores de cuarenta años, sino en menores de veinticinco. 
Así son ellos, conquistando los corazones que empiezan a latir. 
Y a mí debía latirme de manera considerable, cuando, hace año y medio, caminando por Londres, busqué el nombre de la calle y seguí las indicaciones del mapa.


Ahí estoy, de espaldas al paso de cebra de Abbey Road, entre tantos turistas y seguidores que arriesgan sus vidas por hacerse una foto como la portada icónica.
Muchos años después de "Yesterday", Lord Diario, con la sonrisa que me devolvieron, la necesidad del agradecimiento y las mismas orejitas que no se cansan de escucharlos.

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