jueves, 3 de diciembre de 2015

Maduro


Querido Diario,

Prometo que mañana termina mi claustro. Me pongo guapo, salgo a la calle a una hora nocturna, agarro el primer taxi y me dirijo al único bar gay en kilómetros a la redonda. Qué western ha sonado.
Sí, el único. Al menos, el oficial. 
Antes había más de uno y en cuestión de cuatro calles. Ahora, crisis mediante, hay que irse a otra ciudad. No está tan lejos, pero, con lo bien que se está en casa, es una odisea del espacio. 
Hay que pensárselo, hay que ir decidido.
Como es el único, la cosa está mezclada. Hay de todo y yo me desoriento. ¿Es esto un bar de ligue, de amigotes, de drag queens, de jóvenes, de musculocas, de maduros, de jóvenes que persiguen maduros, de maduros que persiguen jóvenes? ¿Es este mi sitio?

- Oh, ¿es este mi sitio? - se pregunta el ser humano.


Cuánto echo de menos Chueca. Pienso en Madrid sin demasiada añoranza, porque llevo una vida más sana y feliz en Tenerife. Pero, en las cuestiones de salir, ligoteo, vida gay, oh, Madrid era lo más. Y digo era, porque cuando me fui, había dejado de serlo. 
En todas las latitudes, dos cosas han echado abajo los bares gay o, al menos, una manera de entenderlos:

- Que la gente no sale tanto porque no tiene dinero, ergo, la mayoría de los locales se han ido a pique o se han reconvertido en mierdas.

- Que si quieres ligar, recurres a una app de encuentros y te ahorras el gin-tonic.

En mi caso, salir me parece un puto rollo y hace mucho tiempo que dejó de divertirme. Antes lo era todo, ahora es un bluff.
Deduzco que será cuestión de actitud, pero, si me mirara en un espejo y me viera con una copa en la mano intentando sonreír sin ganas, sería como si el tiempo jamás hubiese pasado. Una fotografía congelada de mí mismo, ahí esperando no sé ni qué. Quizá algo de lo que le conté ayer, por si pasa por mi lado en ese momento. 
Al final de la noche, lo único que quiero es un poco de calor. Y ya sea solo o acompañado, dejo la copa en la barra y ahí te quedas, bar. 


Espero recuperarle el punto a la marcha, pero lo dudo. Follaré cero, pero me he librado de las dolorosas resacas, de los brutales gastos de dinero y de las jodidas inercias. Aquello de esperar al fin de semana para hacer algo, para que la vida empiece. Sonreiré más en el gimnasio mañana, por si el amor llega así de esta manera y me ahorro los euros del taxi.

- Lo que te pasa, Josito, es que eres un perezoso.

- ¡Escalofriante revelación!

Me he liado, Diario, porque quería hablar de los hombres maduros. 
En fin, que echo mucho de menos Chueca, porque era un ramillete, una selección. Si quería un bar de ligue, esa noche estaba con las patas enfiladas al techo, seguro. Si quería bailar, pues a mover el culo. 
Si la cosa se quería joven, si el asunto se prefería osito, si su rollo vestía leather, si se pregonaba un valiente del cuarto oscuro. Y yo, siempre:

- De maduros. Bar de maduros, por favor.


Recuerdo estar en un bar de maduros y un amigo heterosexual que me acompañaba, me dijo al oído:

- Ese hombre de ahí te está mirando.

- Ya me he dado cuenta - respondí.

- Pero no te gusta, ¿verdad? Podría ser tu padre, por Dios. - aventuró mi amigo.

Yo cerré la boca con la voluntad de la discreción, por no escandalizar a mi pobre colega hetero, que ya me hacía un favor con su sola presencia en semejante colmado de puretas.

- En realidad, ya hemos follado. Por eso, me está mirando - pude decirle, pero me reservé.

Entre los chicos heterosexuales. confesar que les gustan las gordas o las mujeres mayores es raro. Es una realidad que prefiere esconderse por el camino de la perversión. 
En cambio, los gays somos más de manga ancha y buffet libre. Será porque tenemos fama de guarros o porque, cuando dices que te gusta una cosa, ¿para qué te vas a callar la siguiente?
A mí me encantan los tíos de cierta edad. 
En la serie "Kingdom", los cuatro protagonistas están buenísimos. Es difícil decidir quién lo está más, pero, con los ojos cerrados, yo elijo a Frank Grillo, que interpreta al padre. 
Y lo elijo por encima de Nick Jonas, ahí se hace una idea.


Como soy ecléctico de nacimiento, he de matizar que no me gustan todos los hombres maduros ni creo que la madurez aporte atractivo de manera automática.
Hay algunos señores que están mejor con la edad, como Dylan McDermott, y otros como Jeff Bridges, que estará muy bien conservado, pero lo prefiero en sus años mozos. 
Dicen por ahí que cada hombre tiene su edad de esplendor, esa que llegará más pronto o más tarde. Eso es cierto.


De manera tradicional, las mujeres se han desvivido por hombres mayores y el psicoanálisis le puso el nombre de síndrome de Electra, por aquello de buscar al padre de manera inconsciente en sus amores. 
Aunque hace tiempo que la cosa dejó de funcionar así, muchas mujeres que conozco, especialmente de otras generaciones, son muy de valorar un viejo.


Mi madre, sin ir más lejos, veía a Cary Grant, cascajo y en las últimas, y aún sostenía que era el hombre más guapo del mundo.
Me he percatado que lo mío no es exactamente el síndrome de Electra, porque muchos de esos maduros, estilo George Clooney, no me ponen nada. 
Me gustan más estilo cachas. En realidad, no busco al padre, sino al profesor de gimnasia.
Precisamente por el gimnasio, se paseaba un tipo de casi cincuenta años, guapísimo, con unos músculos bien puestos, que me la ponía dura con su simple presencia. 
Menos mal que suele ir a un turno distinto, porque perdía toda la concentración, las botellas de agua y los papeles cuando ese hombre estaba en la sala.

- Como cualquier lasciva admiración, el morbo fue la llave. - escribí y cerré el laptop con satisfacción.

Mi icono daddy es Christopher Meloni, al que, al estilo mi madre, me veo piropeándolo hasta incluso cuando lo vea encorvado y con bastón. 
Es un tío perenne. Le decía Troy Daniels en señal de adoración:

- Christopher Meloni, ayer, hoy y siempre.


Ay, Lord Diario, me gusta el sabor de los hombres con años y también cómo miran. Cómo te miran, ay, es adictivo. 
No sé si buscan la juventud con esa mirada. O será el contraste. Como decía aquella maravillosa canción de Kate Bush, son los hombres con el niño en sus ojos.
El hombre con el que he estado carnalmente en más ocasiones era de ese estilo maduro. 
En realidad, no había cumplido los cuarenta, pero el pobre parecía quince años mayor. Mejor para mí. 
Era imposible librarme de su influjo. Aparecía por la puerta del bar y adiós, bragas. 
Besaba fuerte, sabía a hombre y me miraba como si yo fuera lo más apetitoso, lo más atractivo, lo mejor del mundo. Intentaba esquivar su mirada por timidez y, de algún modo, él conseguía que levantase los ojos, sólo para quedarme sin aliento.
También era un machista y un perro del hortelano, pero esa historia la dejaremos para otro día.


He fantaseado muchas veces con tener un novio mayor y tampoco me importaría que me pagase las facturas mientras lo hago feliz y escribo novelas a su dedicatoria. 
Aunque, al paso que voy y como mañana me entre la pereza, el maduro de la ciudad voy a ser yo. 
El hombre con el niño en sus ojos, buscando el calor en su breve paso por la Tierra.

- ¿Es este mi sitio? - me preguntaré hasta que muera.


Hasta mañana, mi Lord.

1 comentario:

  1. Eso de los gustos en hombres o mujeres es de lo mas mezclado e interesante. De adolescente me moría por Sting, con su labios finos, su cuerpo sans gimnasio pero con planos y músculo suficiente para dejarme mareada.
    Hoy en día, ya asentada en mis zapatos miro a todos como quien tiene por delante la famosa mesa de smörgås (concepto Sueco fabuloso con bocado apetitoso mezclado para complacer al invitado). Creo que es lo mejor que le puede ocurrir a una/o, dirigir la mirada a su alrededor y poder apreciar lo servido.
    Por cierto, esa foto de Orgullo y Prejuicio casi me hace caerme del sofá. Buen fin de semana y a disfrutar.

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