martes, 29 de diciembre de 2015

Muerte


Querido Diario,

En las páginas de su autobiografía se escribirá que usted, mi Lord, no murió nunca. Así lo decidió desde muy joven: se quedaría para siempre en la luz de la conciencia y, de allí, ni la enfermedad ni el tiempo le arrebatarían el regalo. Ese regalo que significa salir de las tinieblas de la no-existencia y nacer al mundo.
En las páginas de mi biografía, que nunca es pronto para empezar a escribir, diré que temí a la muerte, pero evitaba pensar en ella. La nombraba poco y distaba de ser una conversación digna de un café de media tarde, aunque, de un modo u otro, estaba ahí, en cualquier cosa que hiciera, aplazara o adorara.
Ayer veía "Un Tranvía Llamado Deseo" que, como la obra que adapta, trata tantos temas que es imposible desgranarlos en un post que no aburra a los que ignoren de lo que estoy hablando.
Como todo Tenneesee Williams, los diálogos son tan geniales que conmueven y hacen sonreír al mismo tiempo. Es esa la señal de la genialidad: que lo maravilloso sea un poco ridículo.
"Lo opuesto a la muerte es el deseo", dice una de sus líneas memorables, y la protagonista, circundada por el miedo a morir, quiere aferrarse el pasado, sin darse cuenta que es una trampa mortal para su cordura.
En el momento más espectral, una florista camina por la calle. "Flores para los muertos", dice en español, "flores para los muertos".
Se hiela el espinazo, mientras la protagonista se desquicia por ahuyentarla.


Usted, que es inmortal, no tiene gran conocimiento de la Muerte. O quizá sea su amiga íntima.
Nuestra muerte, al fin y al cabo, empieza por la muerte que vemos, que vivimos, que sentimos. Cuando mueren otros, entendemos que esta vida es un eterno campo de batalla: corre hasta el extremo y, con un poco de suerte, llegarás lejos, mientras otros irán cayendo, poco a poco. Esquivar la bala el mayor tiempo posible. De eso se trata.
El azar de la muerte ha vuelto loco a la humanidad, que ha mirado al Cielo en busca de respuestas. Cuando dejó de creer en Dios, giró su cabeza a la ciencia en busca de una explicación al insondable misterio. ¿Qué somos cuando no somos? Todos evitando la escalofriante respuesta. Después del The End, sólo hay una pantalla en negro. Porque, si haces memoria, es ahí de donde viniste.
Hay quien asegura que ha tenido experiencias extracorpóreas, que ha visto un bosque, un lago, unos familiares fallecidos que lo saludaban desde el otro lado, y, de repente, ha vuelto en sí, por efecto de la epinefrina o la descarga. 
Los resucitados hablan de la luz blanca y yo me pregunto si esa luz no será el foco de la mesa de operaciones.


El día que entendí lo que era la Muerte - o lo recordé - fue una tarde que me anestesiaron por completo. Cuando volví en mí, fue como si se abrieran las puertas de un ascensor y regresara al piso de la Luz, que no es más que la conciencia. 
Antes de volver, sé que sólo había oscuridad. Como estaba inconsciente, era incapaz de tener miedo por ella. En realidad, el miedo llegó cuando desperté, cuando volví a la luz, cuando entendí de donde había salido. 
No tenemos miedo a la muerte, pensé, tenemos miedo de no saber volver a ella.


Mis películas favoritas están llenas de muerte, de inmortalidad, de gente que se va y otra que se queda en el medio camino de la fantasmagoria. 
Es el consuelo. Que aquellos que queremos nos tutelen, que aquellos que amamos vuelvan algún día. Dicen mis películas que el amor es más fuerte que la muerte, pero también que la vida, porque la sublima, la hace inteligible. Dicen que se le encuentra el sentido. Dice Tennessee Williams en "Dulce Pájaro de Juventud" que hay dos tipos de hombres: los que han sabido amar y los que no.
Pero hay fantasmas que no son románticos, hay muertes que queremos bien muertas.
Existe otro terror: que la muerte no sea la solución para los malvados, que sus fechorías sigan presentes, que sus maldiciones nos vigilen, que sus garras heladas nos sujeten desde la tumba.
Muertos los perros, jamás se acabó la rabia. Y, terminada la guerra, nadie supo el modo de suturar las heridas.


La angustia de los mortales es el drama de la enfermedad y de la muerte, de que aquella sea dolorosa e implique la otra. 
Nos pasamos la vida suplicando por muchas cosas y cuando pasamos una noche con fiebre, entendemos que sólo hay algo válido: esquivar la bala lo más posible.
Una muerte a la altura, suplicamos. Que no me entere, que sea feliz, que lo haya hecho todo. Los dioses no escuchan. Hay un plan o no lo hay, pero nadie puede reescribirlo. El Universo es indiferente y lo único que prueba la ciencia es que la vida sólo quiere ser. Y, cuando deja de serlo, se convertirá en otra. Nuestras tragedias, pequeñas y grandes, nuestros amores, dolorosos o felices, se dispersarán por la infinitud del cosmos, como átomos que olvidaron las lágrimas.
La muerte es una mierda, porque nos hace insignificantes. Y es cuando lo comprendemos: hagamos lo que hagamos, la vida es la historia de nuestro triste fracaso. Ser incapaces de llegar al otro lado. Caer abatidos frente a las balas misteriosas.


Este año, he vivido dos muertes cercanas. 
La primera, un primo segundo. Fui a su funeral, pero le juro que soy incapaz de recordar su cara. No sé exactamente quién era. 
Murió con cincuenta y pocos años, tras una larga y dolorosa enfermedad. El cura decía que no había muerto, que estaba en el Cielo. Yo quería matar al cura con la mirada, porque, hasta para ser religioso, hay que tener estilo. Saber que lo que se acaba, se acabó. Nadie sube a las nubes y, si el alma vive, será en los que se quedan y los que vivirán felices de haber conocido al fallecido. La religión solía consolar, decían, pero, cuando oyes esos sermones, entiendes por qué la gente ha dejado de entrar en las iglesias.
La segunda muerte fue más dolorosa. Una amiga del instituto, de mi edad. No la veía desde los dieciocho años, desde que nuestro grupo de amigos se partió en dos por cuatro tonterías. Le pregunté a una amiga en común por ella cuando volví a Tenerife. Quería verla, sólo saludarla.
Pero murió antes de que eso sucediera. Murió antes de que cualquier cosa sucediera. En un par de semanas, diagnóstico fatal y adiós.
Hay que darse prisa, entendí entre lágrimas de desconsuelo. Mucha prisa. Porque no hay buena muerte sin una reconciliación, me enseñó la vida, me enseñó el cine. 


Dicen que la vida no es más que una ilusión persistente. Debo tener una imaginación desbordante si la existencia es una película, tanto para imaginar lo hermoso como lo espantoso.
En cualquier caso, adoro la vida, Lord Diario, cuando es buena y válida, cuando puede ser disfrutada y permitida. Porque el sucio secreto es que la vida es un lujo, que sólo la salud, el dinero y la alegría pueden asegurar. Los desesperados, los doloridos, los viejísimos lo saben bien: hay momentos en que la vida está sencillamente sobrevalorada.
Y la Muerte, desde su utilidad práctica, se acelera a sí misma o se pone en evidencia. Desde su trono fúnebre, observa a los que llegan antes de tiempo, a los que han sido lanzados allí por los criminales y a todos los que han caído presa de padecimientos, suicidos o causas naturales. Y a todos los mira con la misma mirada impertérrita. El telón cae y el drama llega a su fin.

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