lunes, 21 de diciembre de 2015

Polla


Querido Diario,

Me exilio y se nos da un vuelco el electorado, que no el corazón. Me refiero a nuestra elección del Maromo del Año. De las otras, ya se hablan demasiado y aquí estamos para escapar y ponernos sexy con posts como éste, de título tan prometedor.
Sí, polla, polla, bájese los pantalones. Enséñeme la suya y yo le enseñaré la mía. ¿Por qué tanta vergüenza, Lord Diario? 
Oh, como todo el sexo, lo repito y lo digo ahora: aquel tabú, esta obsesión.


Las pollas se dibujan en cuadernos, se graffitean en las paredes, se colocan como un símbolo de obscenidad, de malicia, de ganas de liarla en una sociedad que todavía se espanta cuando ve un pene, especialmente si está erecto. Hablé de los penes de la pantalla en cierta ocasión y se aplica la misma regla a la realidad: todos tienen uno, pero nadie lo saca a pasear si no es por razón de beso.
El pene se verbaliza y hay tantas maneras de llamarlo que podría estar un día entero con todos los nombretes - graciosos, ordinarios, picantes, siempre ingeniosos - para referirse al hermano pequeño de los varones.
Tener polla es señal de hombre; saber usarla, el lamentar del macho.
Si una cosa nos parece fenomenal es, sencillamente, la polla. Si estás demasiado nervioso o nerviosa, tú lo que necesitas es un pollazo.
El falo, instrumento de micción, fecundidad y penetración querida o forzada, irrumpe en el arte y la psicología de los pueblos desde los días en que no había calzoncillos. 
Se lo digo: el mundo está obsesionado con las pollas mil galaxias de tiempo antes de que nosotros nos salivásemos por una.


Lo fálico irrumpe hasta en lo más inocente y básico. Esta semana cinematográfica tiene el nombre de "Star Wars" y ese choque de espadas láser es polla contra polla, acabóse la discusión.
Temo por mi vida al homosexualizar una imagen tan emblemática del heterofrikismo, pero la primera vez que me acosté con un hombre pensé en ella. En esas dos espadas láser que se cruzan.


Dudo que esa fuera la intención de George Lucas. En "La Guerra de las Galaxias", ese cruce de espadas es un choque de egos masculinos. Quién la tiene más grande, quién la sabe usar mejor, quién tiene la fuerza para imponer su vara de mando y acabar con el rival.
En cambio, en el sexo entre dos hombres, las espadas láser están encantadas de encontrarse.

- Mira, mira cómo se quieren - me decía uno de mis amantes, mientras nuestras pollas se rozaban, una con la otra con especial armonía, como si las cabezas quisieran besarse.


Como muchos hombres, yo crecí con la sensación de que mi polla no era lo suficientemente grande. ¿Alguien deseará esto alguna vez?, pensaba cuando la miraba en el bidé, entre los dolores de los catorce años.
El tamaño es el enigma, sobre todo si la comparación es odiosa. 
Un amigo del colegio, que estaba obsesionado con las pajas hasta el punto que se las hacía en clase a escondidas, me enseñó su picha, en plan broma y provocación. 
El chaval portaba un pollón descomunal para la edad que tenía, pero eso yo no lo sabía entonces.


Quedé fatal, lleno de complejo, después de esa revelación. Yo era el dueño de una polla demasiado pequeña. 
¿Quizá porque era más femenino que el resto?, pensaba. Era lo único que me faltaba para confirmar lo que los demás pensaban de mí. Sí, yo era lo más parecido a una niña.
Aunque lo usaba para masturbarme con cumplida frecuencia, le presté poca atención a mi pene durante la adolescencia. No lo contemplaba, no lo estudiaba. Como sucede en esas edades, el odio al propio cuerpo se desarrolla en una especie de resignación. Ahí está, qué se le va a hacer.

- ¿Cuándo empezaste a salivar por los penes de los otros? - preguntó alguien del público.

Además del gran glande de mi amigo, otros mayúsculos cipotes aparecieron ante mis ojos, esta vez en mi pantalla, también desde temprana adolescencia, cortesía de las madrugadas del Canal Plus.
La primera vez que vi esas gordas cabezas para fuera me dieron la impresión de setas rosadas. Del todo, repugnantes.

- ¡Gusto adquirido! - gritó la concurrencia.

De repugnancia, trocó en lo contrario, casi inmediatamente. Ay de aquellos mandobles apoteósicos de Rocco Siffredi y Peter North, enormes lanzas que aguantaban eternas batallas follatrices y no se corrían hasta que lo mandaba el regidor. Y cuando eyaculaban, aquellos penes eran como generosas mangueras de líquido blanco sobre los rostros de sus compañeras de reparto.
Ante aquello, qué tenía que decir mi pene. Prefería batirse antes que compararse.


Llegó el día en que tuve que volver a contemplar mi polla.
La pasmosa naturalidad con la que el doctor agarró mi pene, palpó mis huevos y me dijo que tosiera con sus dedos en mi culo fue un antes y un después. La cosa clínica era algo deprimente, pero, a la vez, clarividente. Era probable que no hubiera nada malo con mi polla.

- Tienes el frenillo demasiado corto - diagnosticó el urólogo - Se te corta con anestesia local y, si quieres, te hacemos la circuncisión.

- Como si me hace una chaqueta con toda la piel sobrante. ¡Saque el machete! - le contesté en mi mente.

Me vistieron de verde y las luces del techo bajaron hacia la mesa de operaciones.

- Se te ve preocupado - me dijo el médico residente con una sonrisa comprensiva, mientras me preparaban para operarme la polla.

El cirujano se arrancaba por David Bustamante mientras hacía la operación.

- Sienteeee la fuerza del corazóooon - recitaba, al tiempo que enseñaba al residente la manera más elegante de hacer una circuncisión. - Cortes lisos, cortes lisos.

Cada vez que cuento la operación a cualquier amigo varón, se le pone cara de desmayo. Sí, era para desmayarse. Anestesia local y, a la vez, sentir lo que está haciendo: agarrando el frenillo con unas pinzas hasta romperlo, recortando todo el prepucio como quien pela una manzana y cantando Bustamante a la vez. En fin, Vietnam.

- Esto está de primera división - dijo el cirujano, colocando mi pobre y deshauciada pichita, entre vendas, hacia arriba.


Estuve tres semanas con las patas abiertas. Cada vez que me levantaba, entendía: los hombres necesitamos la polla hasta para incorporarnos. 
Tres semanas sin hacerme una paja, señor mío. Con el aparato de mi orgullo viril lleno de puntos, hinchado y sanguinolento.
Mi padre dijo que me dolía tanto porque la tenía grande. Fue Lord Montez el primer hombre que dio una opinión informada sobre mi tamaño y yo, entre tanto dolor, respiré aliviado. Mi polla había tenido que cruzar el Infierno para ser vindicada.
Circunciso, el glande tomó protagonismo y, en realidad, fue como si estrenase rabo. 
Vi mi polla en el espejo, para verla a lo lejos, y me encantó. Era la seta cabezona que había visto en el porno, una polla All-American, más limpia, quizá un poco menos sensible. Genuina.
La masturbé después de aquellas tres semanas y fue el descorchar de una botella de champán.


- Es perfecta.

- Me encanta.

- No la pienso compartir con nadie.

- Qué curiosa, es como la de los judíos.

Eso serían algunos de los piropos que recibiría, años después, entre sábanas, sobreviviente, la que es mi polla, la habitante de mis pantalones, la que se pone contenta de verte y la que, créalo usted o no, jamás ha vuelto a compararse con otra.
Así somos los hombres de simples: basta que nos digan que tenemos una buena polla y somos felices para siempre.
Si, además, a mí me mete una ajena en la boca, hasta le tarareo la marcha imperial.

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