martes, 22 de diciembre de 2015

Riqueza


Querido Diario,

La oportunidad, perdida esta mañana. Consultaba el widget del periódico digital que permite comprobar si el boleto de lotería ha sido premiado en el Gordo de Navidad.
"Lo siento, pero lo importante es la salud", se atrevió a decirme el aparatejo, tras introducirle los dígitos de mi boletito.
Lo compré ayer a última hora, deprisa, infaltable. Sí, se me había olvidado adquirir un décimo entre tanto ajetreo de elecciones, flexiones y celebraciones. En esta vida, o se sube usted al trolley o no se entera de nada, mi Lord.
Usted, que es un señor ricacho desde la cuna, ignora estos conflictos de la gente pobrezna. Los que no tenemos grandes fortunas hacemos cosas de pobres. Comprar lotería, hablar de política. Hasta escribir un blog debe ser señal de clase apurada.
La lección la dictó la existencia. Hay dos tipos de personas: los ricos y los que no lo son.
Si la masa supiera exactamente a qué grupo pertenece, vendría la revolución. Pero la mayoría prefiere endeudarse e irse de boutiques con la sensación de que los harapos no son cosa suya.
Es ese el espejo del bienestar: que todos somos ricos sin serlo en absoluto.


Compré la lotería ayer porque hoy quería ser millonario, Lord Diario. Hoy y siempre he querido serlo. 

- Mamá, ¡anoche soñé que vivíamos en una gran mansión!

- ¿Ah, sí? ¿Y quién la limpia? - replicó Lady Montez, inconsciente de la ecuación.

Si tienes una gran mansión - o, al menos, si la sueñas -, se limpia sola, verbigracia de unos criados que son como ratones. Se van cuando entras, vuelven cuando sales.
Es así lo ricacho. Volver a la maliolente esencia de la humanidad: uno lleno de oro y los demás, como burros.
El sueño de la riqueza desborda límites racionales. Todo el mundo quiere tener dinero, pero es incorrecto hablar de él e incluso asegurar que la felicidad está en poseerlo. 
Quizá como buena señal de conformismo aplicado, tendemos a pensar en los millonarios como esos viciosos monstruos, que lo tienen todo, menos amor y serenidad. Los ricos, pensamos, sólo están rodeados de arribistas, de putas, de botellas de alcohol vacías, de citaciones judiciales. 


Ojalá fuera rico, piensan todos antes de dormirse. Ser rico es mucho más que tener un millón; la verdadera riqueza significa que el dinero jamás se agote. 
Los millonarios inmediatos, los que ganan la lotería o los que dan el pelotazo de la noche a la mañana son los más proclives a perderlo todo. Cunde otra lección: hasta para tener dinero hay que ejercer clase. 
Y así nos contaron la historia. Muchos triunfadores de la bonoloto acabaron con menos dinero del que tenían antes de ganarla y todos los lobos que encontraron el chollo en las alturas vieron una caída aún más dura.


Ojalá fuera rico. Sería un rico distinto, me imagino, espero, deseo. He visto muchas películas de lo que hace el enriquecimiento inmediato a la vida y la moral de las personas: las destruye a destajo.
¿Y lo contrario? Yo no soy rico, pero tampoco soy pobre. Jamás me ha faltado comida y aunque he pasado apuros a llegar a final de mes en grandes ciudades, no he tenido que bajar la cabeza jamás ni tengo que matarme a trabajar para sobrevivir. 
Otra lección aprendida: todo puede cambiar en cuestión de un segundo.
Si ser rico no da la felicidad, ¿qué me dice usted de la pobreza? "La pobreza no es la falta, sino una plaga creciente, virulenta en sí misma, contagiosa como el cólera, con la suciedad, la criminalidad, el vicio y la desesperación como sólo unos pocos de sus síntomas. Algo para mantenerse al margen, incluso para fines de estudio.", dicen en la sabia "Los Viajes de Sullivan".
¿Para qué queremos ganar la lotería entonces? ¿Para ser ricos o para no ser pobres jamás?
Permítame que rectifique la frivolidad: escribir un blog no es señal de clase apurada. Yo no sé nada de aflicciones ni de pobreza. Sólo lo que he visto en el neorrealismo italiano, esos dramas que cuentan algo tan doloroso y espantoso como son las consecuencias de la carencia. Sólo se puede apartar la mirada. 


Así lo aprendí: todo es dinero. Nuestra vida en su integridad está marcada por la presencia o la falta de dinero. Será un cuchillo, pero corta más el bacalao que los sentimientos, la salud o la suerte. Porque estas tres últimas cosas serán más probables si la cuenta corriente está saneada.
Ay, el año que viene seré rico, Lord Diario. Nos iremos de gira, compraremos más lotería, rellenaremos la quiniela, escribiremos novelas románticas, venderemos camisetas de moda, produciremos pornografía, nos llamarán desde Hollywood. Josito Montez y su diario íntimo, como el ventrílocuo y su muñeco, allá por el valle del éxito y del dinero.
Cuando ganemos el Gordo, cuando triunfemos en la Bolsa, cuando surfeemos por Wall Street, por favor, recuérdeme estas cuatro cosas.

- Que no se note. Decisivo es disimular la alegría ante la prosperidad propia o, al menos, enmascararla, porque hay más envidiosos que cucarachas en este planeta. Si estamos montados en los billetes, puede que nos asesinen en el acto sólo para que se nos quite la sonrisa frenética del rostro. Saben los mejores ricos del mundo que el truco está en jamás demostrar cuánto dinero tienen ni lo feliz que los hace.


- Que oteemos el engaño. Cuando tienes dinero, es probable que tengas amigos. Cuando tienes mucho dinero, TODO el mundo es tu amigo, incluido gente sospechosamente atractiva, imposiblemente amable y certificadamente astuta. 
Desde el asesor de tu fortuna hasta la bella mujerzuela que te has echado como novia, empieza a contar oportunistas entre tus nuevos amigos y te salen más sospechosos que todas las novelas de Agatha Christie juntas. Abre el ojo.


- Que aprendas a devolver la bofetada. Si queremos ser ricos ricachos, prepárese. La competición social está en el nivel de cruzar la cara ante cualquier grosería. Porque hay que ser una mala perra abofeteadora de salón para ser una buena rica.
Que me has robado el novio, Paris Hilton, que me lo has robado y era mío. Como "Ladrón de Bicicletas", pero en vez de desazón ante el robo, toma hostión. 


- Que nunca cunda la desesperación. El dinero no da la felicidad, pero siempre fue más cómodo llorar en una limusina o apoyado en una columna jónica. Y, entre lágrimas de riqueza, el dinero también otorga la fatal oportunidad de ponerse hasta la bandera con alcohol y drogas. 
Si se piensa que tener tanto sólo ha servido para demostrar que la realidad es siempre la misma y nadie nunca escapó de su cuerpo vil, mejor hacer terapia de ricos antes que lanzarse al abismo. ¿Que cuál es la terapia de ricos? Adoptar un niño del Tercer Mundo, abrir una megadiscoteca en Los Ángeles, comprarse un chocito en Montenegro. Yo que sé, yo no soy rico.


Prepárese, Lord Diario, el año que viene desayunaremos diamantes y cagaremos la misma mierda de siempre, pero en semejante trono dorado. 
Hasta el día que la Muerte nos diga cucú y entonces, justicia al fin, tener o no tener dinero deje de importar.

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