miércoles, 9 de diciembre de 2015

Robo


Querido Diario,

A través del ventanal del lentísimo tranvía hacia Santa Cruz, contemplaba esta misma tarde su recorrer por los barrios altos de la ciudad. Barrios y más barrios; algunos, desfavorecidos, poco agraciados por el paisaje. 
Faltó que tendieran las vías y dieran marcha al tranvía para que muchos supiéramos de la existencia de esos lugares arracimados entre las dos localidades más importantes de la isla, escondidos, ignorados en favor de los espectaculares y cuidadísimos centros urbanos.
Allí vive la gente, allí trabaja. En cada ventana, una historia.

Ensimismado estaba en las historias cuando la voz que anuncia las paradas me devolvió el recuerdo. Se oyó:

- Próxima estación. Cruz del Señor.

El corazón hizo tilín ante el nombre olvidado desde hace tantos años. 
Usted no sabe quién vivía en ese barrio o lo que significaba para mí. Ay, Cruz del Señor, lo significó todo en noches insomnes de mis veinte años.


En primer lugar, usted tiene que conocer las razones de mi viaje en tranvía. Sólo así este relato cobrará sentido.
Esta tarde acudía a Santa Cruz a pedir un duplicado del DNI. Sí, señor mío, me han robado la cartera. Otra vez.
Si me leía allá por 2012, sabrá la tragedia que formé cuando me la mangaron en aquella ocasión, en Madrid, un horroroso día de resaca, a cuatro tardes del alcoholismo y la cocainomanía. En cualquier caso, el robo dio paso a una llamada de atención y abrió el camino a limpiarme de tantas mierdas.
Si entonces sucedió durante los restos de una noche de juerga, esta vez fue en el gimnasio. Cambié la autodestrucción por la salud, pero jamás me libraré de la mano que quita lo ajeno, más que nunca en épocas críticas.
Quedó sin aclarar entonces si la cartera había desaparecido dentro del gimnasio o se me había caido por la calle, pero, días después, llegué y salía Dee del vestuario, hecho un basilisco.

- Que me han abierto la taquilla y me han quitado ocho euros.

Cundió el pánico y todos los chicos salieron flechados para el vestuario, en busca de sus preciadas posesiones. Se hizo la cuenta y el ladrón había abierto tres taquillas.
La monitora, a punto del soponcio. Las miradas de desconfianza, en el aire. En todo caso, ya se intuye quién es el culpable e incluso su posible cómplice.

- Ese gimnasio es tan emocionante - piensan mis lectores.

Esta ristra de mamoneos ha tenido lugar desde que han puesto las taquillas dentro del vestuario, sin vigilancia de ningún tipo.
Pensaba que el único problema que me traería ese vestuario sería contemplar un exceso de culos al aire en esta época de calentez que atravieso.

- ¡Y van y me roban!

Son otros tiempos y todo lo que he hecho a continuación es lo que hice en 2012, pero sin ponerme histérico como entonces.
Además de Dee, otro chico también fue víctima del ladrón. 

- Me abrió la taquilla - me dijo -, pero no me quitó nada. 


Ignoro el nombre de este pibe, pero lo llamaremos Jon para distinguirlo. Porque este post es sobre él y es oportuno nombrar al protagonista.
La monitora comentaba los avatares del ladrón, cuando Jon se acercó, tímido, prudente, tan joven, a participar de la conversación.

- Es que a ti hasta te arrancó la cerradura - le dijo la monitora.

- ¿A ti también te robó? - le pregunté a Jon.

Y él, de repente, cambió el gesto como si hubiera estado esperando mucho tiempo a que yo le hablara. Sonrió, se puso nervioso.

- Me abrió la taquilla, pero no me quitó nada.

Una frase de mierda, querido Diario, y ahora no paro de pensar en Jon. 
De manera probable, el chico sólo necesite amistad, porque anda solo por el gimnasio y es el triple de tímido que yo. De forma entusiasmante, es él, tiene que ser él. 

- Próxima estación: Amor platónico.

Oh, my. Este cerebro imagina conversaciones con Jon donde se rompe el hielo, donde entiendo que él también comprende, donde nos acercamos, donde nos besamos. Donde buscamos un sitio para hacer el amor, donde me preocupe lo que piense de mí. ¿Le gustará que no sepa conducir un coche, que no tenga trabajo estable, que sea vanidoso, que lo sienta todo tantísimo?
Y sigo imaginando que superamos la niebla a base de remar y remar, y ahí hasta la boda, el amor eterno y los finales felices.
Querido Diario, ingréseme en el manicomio, en la sala de trastornados incurables.

- Parece que aprendo, pero no.

Me he encaprichado de muchos chicos en los últimos tiempos, pero después de hablar con ellos y conocerlos carnalmente. Esta quimera de hacer planes de matrimonio desde la práctica nada me suena a cuento viejo, período de sequía sexual y más ganas de comer que el hambre misma.
Sí, la sed de enamorarse. Qué le voy a contar que usted no sepa. ¿Es Jon o no es Jon? 
Al día siguiente, lo miraba haciendo ejercicio.
Es lo que muchos amigos míos llamarían el novio perfecto. De veintipocos años, serio, bonito. Es decir, el novio del instituto que nunca tuvieron.
El perfecto para mí se me hacía todo lo contrario. Macho, mayor, avasallante de carne y pelos, con personalidad.
Pero yo tampoco tuve novio de instituto y así estoy. Mirándolo de reojo, contemplando el arete que tiene en la oreja izquierda, callando lo que quiero decirle:

- Te podría hacer tan feliz. Déjame intentarlo, por lo menos.


Es un platonismo calmado, he de señalarle. Debe ser por la cantidad de cosas que tengo en la cabeza, que, a veces, se me olvida el muchacho.  

- ¡La edad! - grita la vecina.

Pero, hoy, al despertar, me acordé de Jon. De repente.
Cuando llegué al gimnasio, eché una mirada a la generalidad y me entristecí al comprobar su ausencia. Ya se había ido, quizá.
Me despreocupé y me centré en la nueva y dura rutina de ejercicios.
Pasaron las horas y entré en el vestuario hacia de las dos y media de la tarde. Estaba vacío, en silencio, sin nenes desnudos ni ladrones al acecho. 
Abrí mi taquilla, coloqué mi toalla, mi teléfono móvil y mi botella de agua en la bolsa de deporte. Cerré la cremallera y entré en el baño para echar un pis.
Al salir del baño, se abrió la puerta del vestuario.

- Hola - dijo el recién llegado.

- Hola - respondí yo, con automatismo, sin prestarle mucha atención.

Cuando caminaba hacia la salida, me di cuenta que era Jon, que ese hola era maravilloso y que yo me había olvidado de su cara. ¿Por desinterés o por todo lo que me gusta? 
Saben los enamorados que cuando te gusta alguien, te olvidas continuamente de su cara. Te vuelves loco sólo con el esfuerzo de recordarla.


En cualquier caso, me temo que no he llegado a ese extremo ni a todo lo contrario. No me di cuenta que era él porque estoy en el aire, querido Diario, hasta para los chicos que me gustan.
En el tranvía de esta tarde, volví a pensar en él y, sobre todo, en la pregunta: ¿este platonismo es un problema?

- ¿Por qué sufrís tanto con el amor, muchacho, incluso aunque sea de lejos, aunque no lleve a nada, aunque se os olvide mañana y lo cambiéis por otro? - me dijo la Reina de las Nieves desde su torreón de hielo - ¿Acaso no estáis acostumbrado, insignificante mortal?


Sí, pero qué miedo, siempre qué miedo. Ese miedo a la nada, a que no suceda gran cosa, a que no nos atrevamos a hablarnos, a que ni siquiera sea gay, a que no sea bueno, a que le de igual, a que deje de aparecer por el gimnasio, a que paremos de decirnos hola. 
La frustración de siempre, el temor de toda la vida, el robo a la tranquilidad. El terror a lo que se oculta tras el nombre de la estación del tranvía.

- Próxima parada: Cruz del Señor.

En el barrio de la Cruz del Señor, vivía mi primer amor. A ese sí lo conocí carnalmente, una noche, hace mucho tiempo. 
Fue el cuarto hombre con el que me acosté y el primero del que me obsesioné. 
Yo era tan ingenuo que pensé que ese era el fin, el momento decisivo, lo que tenía que ocurrir. 
Y, cada vez que oía el nombre del barrio, pensaba en las calles por las que estaba caminando, en la puerta a la que llegaba, en las llaves que introducía en la cerradura. Por qué no me llamaba, por qué no se daba prisa, por qué tardaba tanto en venir hacia mí, hacia lo que estaba bien, hacia lo que tenía que ser.
Me olvidaba de su cara en plena noche, lo buscaba en la guía telefónica, sentía electricidad cuando me daba la mano y andaba por la vida como envenenado. No hablaba de otra cosa, no pensaba en nada más.
Nada sucedió. Una gran, asfixiante nada.
Ahora miro ese viejo relato, desde la experiencia, y veo lo que entonces no era capaz de percibir. Estaba claro desde el principio, yo sólo escribí una historia.
Supongo que él intuyó lo que sentía, pero jamás tendrá idea ni la mitad de todo lo que planeó esta cabeza para nosotros ni la cantidad de tiempo que tardé en superarlo.
Ahora sólo es un episodio de mi vida, eso que da tilín cuando paso por un nombre que significó tantísimo un día y ahora, con otro chico en la cabeza, me demuestra que, en el fondo, sigo siendo el mismo.

- Después de todo y de todos, nunca he perdido la capacidad de enamorarme hasta de la farola. Después de todo y de todos, sobreviví.

Pensaba en el tranvía que yo era tan joven entonces, quizá la misma edad que ahora tiene Jon. Imagínese, Diario, enmendaré el error de otro. Me portaré bien y proporcionaré a Jon lo que yo deseaba.
Esto es pensar demasiado y desde lejos, mi Lord, pero ya le he pedido que me ingrese en el ala de trastornados.
Eso sí, si sucede algo de máximo interés al respecto, le cuento. 
Si no, bailamos y me busco a otro al que echarle el ojo, que es lo divertido del viaje.

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