miércoles, 2 de diciembre de 2015

Romántico


Querido Diario,

Usted ha vivido a lo largo de los siglos y los países, como un vampiro en busca del soldado que secuestró a la Muerte. Usted sabe más del mundo que el mundo mismo. Hoy quiero preguntarle: ¿la realidad fue romántica alguna vez? ¿Los humanos actuaban, sentían, se creían románticos?
Vivimos en una era bipolar, la misma que, bajo una capa de cinismo y mal pensar, esconde sus verdaderos deseos y anhelos. Algunos más cursis, otros más razonables. Todos quieren ser trascendentes, ya sea con la celebridad mundana, con las emociones fuertes o con las caricias del otro.
Existe mucha anorexia emocional, al mismo tiempo, quizá relacionada con la represión. Esas distancias, esas inseguridades. La gente, sencillamente, no se atreve.  
En mis aventuras, me sorprendió descubrir lo poco que se ejercita el romanticismo y lo mínimo que se saca a pasear.

- La realidad no es romántica y me temo que nunca lo fue. - escribí, concluí.

Ojo, cuando le hablo de romanticismo, no le hablo en exclusiva de amor ni de sentimientos. Ser una persona romántica es desear que lo que hacemos tenga sentido y que lo que vivimos forme parte de una historia.
Para el mundo, es pedir demasiado. 


De mis andanzas, encuentre la imagen: muchos compañeros de cama se sorprendían de mi yo cariñoso y apasionado. Decían que era extraño encontrar a chicos así.

- ¿Soy yo el último romántico? - me pregunté, tocando la frente por si me nacía el cuerno de un unicornio.

Esos caballeros andaban acostumbrados a que una noche de desvelo fuera una sesión de sexo brusco, rápido, ahorrativo, incluso severo. Sin significado, un pasatiempo, una necesidad física.
Cariñoso o distante, me tropecé con la realidad: yo fui esa noche, jamás un episodio.
El amor y las implicaciones sentimentales eran un fantasma del pasado para la mayoría de mis besados. La emoción era eso que dolió, eso que se complicó, eso para lo que no estuvieron a la altura.
Incluso los que buscaban una relación me miraban como si yo fuera un candidato más de entre tantos, ese que debía escalar la cima y desafiar un corazón que conocía de temblores.


Y los que se decían románticos y necesitados de novio vivían a millas de lo que yo entendía por el amor. 
Yo he deseado el amor desde que lo vi en la pantalla, pero nunca lo he encontrado, ni en su versión más bastarda, ni bajo las luces de su mentira. 
Parafraseando una vieja canción de Judy Garland, ni siquiera he saltado a la pista de juego.
He tenido algún rollo extendido y muchos, demasiados comienzos. Gusté a los que no me gustaban, me gustaron los que, más tarde, jamás llamaron. Hubo encuentros y más desencuentros.
A todos, les escribí una historia. Hasta cuando mi romanticismo se daba de cabezazos contra la pared de la realidad - esa que es indiferente y adora la vulgaridad -, intentaba aliviarlo con mayor dosis de sentido sentimental.


La sed de historias me hizo esclavo durante toda mi juventud. Ignoraba que sufría porque no llegaba el desenlace esperado, aquel que veía en las películas. El esquema normativo: la espera, un giro y el beso final. 
Hasta que entendí con la edad cómo operaba mi sentimental cerebro, pude tomar aire, relajarme, saber que no era culpa mía.
Jamás he dejado de buscar el romanticismo, de encontrarle la puntada al hilo, de establecer períodos como capítulos, de anhelar el final. Ese final que merezco como el protagonista de mi propia vida.
A veces pienso en la muerte, si viene demasiado pronto y me atrapa con el instante para arrepentirme de lo que dejé por hacer.

- Creo que no lo he intentado lo suficiente. Creo que no lo he buscado con el ahínco necesario - me digo. - Es hora de dejar de esperar el amor de las películas y empezar a buscar el amor real.

Esa decisión, mi Lord, es romanticismo puro, por supuesto. Porque lo romántico no es el amor, lo romántico es buscarlo de manera incansable. 
Dicen que, cuando se deja de esperarlo, aparece. Pero, bah, ¿quién dejó de esperar al que tardaba en venir?


¿Es usted un romántico, Lord Diario? Mis seguidores se suicidarían con una rosa entrelazada entre las manos si leyeran lo contrario. 
Quizá usted vivió en épocas que se relataban muertas de amor y, en realidad, sólo estaban muertas de hambre.
¿O tal vez se dejó de ser romántico cuando se olvidó la fragilidad de la existencia? ¿Lo romántico estaba en la prisa? Conteste usted, que es más viejo que el amor mismo.

Mientras se lo piensa, le doy cinco pistas para saber si es usted un romántico, Diario. Si cumple más de tres, ese corazón no para.


- Conceder la virtud. Decía la gran romántica de la dramaturgia, Blanche Dubois, que siempre había confiado en la bondad de los extraños. 
Y todos los sentimentales tenemos por costumbre señalar al primero que llega y otorgarle el beneficio de la duda. Es él, ha de ser él.
También le entregamos la sonrisa que no se merece, la historia de amor que no está pidiendo y los veinte euros que nos está rogando. 


- Renegar. No estoy enamorado, sólo es una fase tonta que estoy atravesando, cantaban los 10CC. Los románticos de cierta edad prefieren decirse fuertes y repudiar su propio sentimentalismo en función de esconderlo. 
Es decir, lo que hace esta época, que se cree furiosa y luego se suena los mocos con Nicholas Sparks. 
Basta decir que usted no cree en el amor, que está harto, que ha dejado de intentarlo, que no lo quiere más, que no lo ha deseado nunca, que no quiere ver ninguna película de amor esta noche. 
Já, es usted un puto romántico.


- Vivirlo. Desde la más rotunda indiferencia al completo desvivir, sitúe su posición en torno a lo que siente y desea. 
Si le dedica más pensamiento del que merece la situación, si se le va el ojo con disimulo al teléfono móvil, si le da clic al perfil del Facebook con temor y necesidad, uy. 
Si tiene gana de festín de viejas novelas y arcanos melodramas, uy, uy, 
Y si hoy le ha dado por pensar que la Naturaleza es hermosa, uy, uy, uy.


- Recontarlo. Los románticos son científicos: encuentran las regularidades y formulan hipótesis. Reescriben hasta la caída de un alfiler. Yo mismo una vez me di un tortazo en la cabeza con una puerta y me dije, cual personaje: "He estado engañándome todo este tiempo, simulando que todo iba bien, y ha llegado este golpe para ponerme en evidencia".
Imagínese cuando hay sentimientos, emociones y amor, trágico amor en juego. Ahí no habrá historia. Ahí se gestará épica.


- Detestar la realidad. Lo que vivimos nunca es suficiente, piensan los románticos, y tiene que haber algo más.
Por eso, los románticos son más proclives al arte y al artisteo, que es lo que da color a la vida, coloca alas a la expresividad y nos llena de cuentismo. 
En esta casa, no se entra. En esta casa, se desfila. Porque ha llegado el nombre y el apellido, en busca del amor.


Sea romántico, Diario. Yo lo seguiré siendo, estoy convencido, decidido. Proclamaba el orgullo tímido y hoy declaro el orgullo romántico. Mejor morir sin conocerlo que encontrarlo sin poder sentirlo.
¿La verdad? La realidad no es romántica, pero la vida sí.

 - Donde quiera que estés, mi amor, debes saber que he empezado a escribir nuestra historia. - susurro al vacío y apago la luz.

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