martes, 8 de diciembre de 2015

Televisión


Querido Diario,

Anoche se emitió un debate político por aquello de las elecciones presidenciales y lo vio todo el país, o eso dicen los ratings, esas cifras que marcan el sendero de la televisión. 
Lo vio todo el país, menos servidor, que andaba posteando por aquí y, después, devoró el episodio de la serie de moda, religiosamente descargado de Internet, porque ya no se tiene que esperar como antes, Ley de Propiedad Intelectual por el forro.
Mientras ignoraba el debate, hacía la cuenta de los años desde que apagué el televisor. Fue en 2007, cuando me puse el ADSL.
Desde entonces, se podrían contar con los dedos de las manos las veces que he visto televisión en directo.
Aunque me las he dado de menú exquisito, la televisión - o al menos, el televisismo - han seguido en mis retinas en la diamantesca forma de series americanas.
Sí, refinadas y con pregonada calidad, pero son televisión, al fin y al cabo.


Querido Diario, le digo la verdad: echo de menos ver la televisión. O, al menos, contemplar algo sin sentido, sin gusto, sin neuronas, antes de dormir o después de almorzar.
Me temo que soy incapaz de volver a conectar con su rumbo a trompicones, con su sintonía embrutecedora. Lo he intentado, créame, pero la televisión me parece atronadora y no puedo evitar juzgar su subnormalidad cuando le dedico un ojo.
Pero hoy no criticaré la televisión. En realidad, la honraré, por primera vez en muchísimo tiempo.
En la televisión, todo siempre ha sido al minuto, al deja eso al fuego que empieza ya, al que lleguen los anuncios o me meo viva.
Sus emisiones en directo, sus entradillas, sus pases a publicidad. El ser televisivo, como el que va al supermercado, es paciente con los mensajes y sabe discriminar lo que quiere ver de lo que desea contemplar. Espera a que los programas empiecen, aguarda a que vuelvan de publicidad. Sonríe, reacciona, puede que hasta se duerma plácidamente.
La televisión, incluso cuando es ruidosa y lamentable, tiene un efecto sedante en los espectadores. Distrae, abotarga, difiere de pensar, gusta de impulsar. Es lo que es: un electrodoméstico. 
La televisión es barata, de mal gusto y aleja de mejores aficiones y superiores intereses, sí, sí, sí, pero no es tonta esa caja ni su Historia es un relato de vergüenza.
Un ejemplo: recuerdo a un amigo gilipollas de Madrid que creía que Canarias era lo más parecido al Principio de la Creación.
Yo le respondí:
- Pero, tío, ¿no te das cuenta que hay televisión desde hace mucho tiempo? 


Cuando llegó la televisión a los lugares del mundo, sustanciales diferencias terminaron. Como el cine, la tele trajo la paradoja de la información, puso las vitrinas de las probabilidades de la vida, arribó con el futuro hacia lugares atrasados, olvidados, encerrados para sí.
Quien no vio la televisión, no se enteró que el dictador había muerto, que las mujeres eran libres, que dos hombres podían besarse.
La televisión es garrula, pero piensa, discurre, se contradice. Es tan adicta a las modas que evoluciona en sus discursos para ajustarse a lo que se considera oportuno.
Ha perdido el gusto, pero se ha confirmado adicta a la autenticidad. Una autenticidad pavorosa, que habla de una sociedad que grita antes que atiende, que medra antes que estudia, que se peina antes que ama.
La manipulada y grotesca Catodia, y aún así, destilando aquella verdad de la vida que nos circunda y que muchos preferimos ignorar.

¿Y todo esto a qué viene?, se preguntará usted. 
Pensaba que la gente veía demasiado la televisión y, a juzgar por lo que leo, escucho y atiendo en estas últimas semanas, por la intención de voto y las declaraciones a micrófono abierto, me temo que hay muchos que la ven demasiado poco. 
O que no la han entendido.


¿Por qué? Porque la televisión educa. Sutilmente. A mí me ha educado. Cosas que nunca pude saber las aprendí de la tele. Y no sólo de las series, sino también de los programas del corazón y de la telerrealidad.
¿Qué aprendimos de la tele? Todo, especialmente cómo evitar el ridículo. ¿Qué deberían aprender todos los neandertales que nunca la vieron o entendieron?
Seis cosas básicas.

- Que el trabajo duro es un mérito. La televisión está llena de buscavidas, prostitutos y oportunistas que se hacen célebres sin pasar por la Universidad ni por la cola del pan, pero no hay declaración que suscite mayor ovación en la audiencia que demostrar lo contrario. 
¡Yo he trabajado toda mi vida!, dicen los profesionales para imponerse sobre los personajillos. Y el público en plató se cae abajo de aplausos. Oleeee, dicen las señoras de pueblo que, pringadas como la presentadora o el periodista, se sienten identificadas. 
Qué mayor mensaje moral. En mi opinión, un tanto excesivo, pero a mí no me mires, que yo soy de rascarme la barriga a dos manos.


- Que ser un machista está mal visto. La televisión está llena de comentarios machistas, tantos como la sociedad a la que se dirige, pero es un caballo de batalla constante. El papel de la mujer, su reputación; la televisión mete la pata hasta el fondo y, a la vez, se corrige, evoluciona, llama al orden, quizá porque está bien provista de hembras decididas.
Además, la televisión también ha sido la gran pantalla para hablar de la violencia de género, o, por lo menos, para que todos supiéramos que existía.
Cuando ese concejal dijo aquello de "Calle, que está hablando un hombre", ¿acaso no sabía que se ganaría un abucheo monumental en televisión?. ¿O una carcajada enorme para consagrarlo como el más payaso?


- Que ser malvado te llevará a ganar concursos, pero también a la soledad. Llegó el día en que los concursos de telerrealidad desconfiaron de la virtud y encontraron el placer a darle el triunfo al más manipulador de los competidores. 
Vencía el llamado estratega, que, al final, decía aquello de "yo no he venido aquí a hacer amigos".
Como en "Melrose Place", la villanía era un grado de emoción y hasta se celebraba por encima de la bondad, el altruismo o la simple sosería. 
Pero, oh, la imagen final del malvado, en plató o serie que recorriera, ¿cuál era? La completa, rotunda soledad.


- Que el dinero no te dará la felicidad. La televisión ofreció la posibilidad de hacer millonarios a los televidentes, y en regiones enteras, ganar el coche se hizo la mayor de las obsesiones. Revise "Melvin & Howard", donde Mary Steenburgen tiene una secuencia memorable - que le daría el Oscar, por cierto - sobre el frenesí garrulo por los concursos. 
Oh, pero el dinero nunca da la felicidad ni este sistema entrega oportunidades a todos, aprendimos en la tele, desde esas grandes series americanas que cuestionan el sistema hasta las ruinas, caídas en desgracia y politoxicomanías que revelan los famosos y privilegiados.
Y hay quien todavía aplaude la llegada - o el regreso - del capitalismo a ciertos países como la venida de la libertad y la prosperidad. Jo-jo.


- Que los trajeados son malos. El político más valorado de este país es un hombre de traje, de agresivas ideas liberales.
¿Es que la gente no ve la televisión?, me pregunto, cuando lo admiran limpio, educado, chaqueteado. 
¡Los trajeados son malos, malísimos, los más malos de la Tierra!
Son los que leen "El Arte de la Guerra" antes de destruir a sus rivales en las reuniones, son los voceros de las corporaciones que tienen sometido al mundo, son cocainómanos, adictos a las prostitutas, vacíos de alma y compasión. 
El trajeado, el "hombre del medio", el "American Psycho", el que pedía al final de "Réquiem por un Sueño" que ass-to-ass
Si viste la televisión, lo viste violador ritualista en "Dexter" o consagrado como el nuevo villano preferido de la ficción en "Mr. Robot".
¡Son lo puto peor!
Aunque ya percibí que muchos no aprendían la copla cuando creyeron que Barney Stinson, parodia de ese tipo de ejecutivo, era un modelo a imitar.


- Que hay follar más. La tele nos metió en la cabeza que follar era divertido, imprescindible, incorrecto, adictivo. El sexo es un secreto que guardar un segundo y desvelar al siguiente. 
La tele fue la descacharrante educación sexual que recibimos, desde los severos programas de Elena Ochoa hasta el horrororendo porno hetero del Canal Plus, pasando por la declaración oficial de polvos en los programas del corazón. 
Hacerlo mucho, aprender a hacerlo bien: ese sinónimo de éxito. Todavía hay que no se ha enterado de que debería follar más y mejor para que el mundo gire y sus amigotes lo valoren.
Tampoco muchos saben que, si pagan por él, las señoras del público harán un uuuuh de desagrado o se reíran de lo feo perdedor que es.


Ya lo sabe, querido Diario. Si usted es de los que quiere aplausos, evitar el ridículo y que sus vecinos lo adoren, vea la televisión y aprenda. Así sabrá cómo vivir.
La televisión es una pantalla y, ¿qué son las pantallas? 
¡Espejos!, dijo el listo.

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