jueves, 31 de diciembre de 2015

Scott


Querido Diario,

Vivo entre marañas de imágenes y recuerdos, salpicados a temprana edad desde la televisión. ¿Cómo no podía amar a Clint Eastwood, el bello, impérterrito Clint de finales de los sesenta que Televisión Española tenía el gusto de presentarme? Aquel que empuñaba las pistolas para Sergio Leone y, sobre todo, para Don Siegel.
Como actor y director, cuenta la leyenda que creció con las décadas, pero yo le daba al Pause cuando se descamisaba en las reposiciones de tempranos clásicos como "La Jungla Humana" o "El Seductor". Para mí, Clint siempre fue el más macho. 
Aún cuando lo veía viejo en la platea de los Oscars y el tipo miraba de reojo, yo decía:

- Todavía está buenísimo. Si me dijeran que me tengo que follar a un abuelo, sé cuál sería mi respuesta.

Mientras yo le daba al Pause, en algún lugar de Carmel, crecía Scott Reeves, el hijo de Jocelyn, una azafata que había tenido un largo romance con Clint Eastwood, a espaldas de su pareja por entonces, Sondra Locke. 
Nadie supo de Scott hasta que su padre lo presentó como suyo en 2002 y le otorgó el apellido que jamás figuró en su partida de nacimiento. A Scott se le puede ver en "Invictus" y también en "Gran Torino", donde su padre, que interpreta a un señor muy cabrón e intolerante, le dice: "¡vete de aquí, maricón!".
Hace dos años, Scott Eastwood protagonizaba un reportaje en el Town & Country donde encendía un puro, miraba de reojo y ahí se paró Internet.
Yo, como Joan Bennett en "Secreto tras la Puerta", entré en la habitación y dije: "¿Esto es una copia?"


Hace pocas horas, Scott Eastwood posteó en redes sociales una foto de su adolescencia, donde se le ve en el borde de una piscina junto a su hermana. Dice que entonces era un gamberro y agradece a su padre que lo llevara por la buena vereda, cantándole las cuarenta y quizá diciéndole que le alegrara el día con menos niñatez y más sensación de futuro.
Hay fotos donde Scott es Clint, el Clint más joven, aquel que salía en televisión en los primeros años sesenta. 
Scott, que vive a la sombra de su padre con respeto, admiración y ganas de emulación, se presta a la copia, al homenaje, a la revisitación.
El mundo adora el remake.







Se puntualiza. Scott es una versión más juvenil, más rubia, más linda de Clint Eastwood. "He's dreamy as fuck", asegura mi amigo Ryan.
Hay quien dice que es mucho más guapo que su padre, otros, que ni de lejos. "Clint es más hombre, más presencia". 
En cualquier caso, Scott es una belleza, de las mayores y más espectaculares que han salido en los últimos años. Es la perfecta definición de un starlet de Hollywood y, como tal, no para de fotografiarse, de instagramearse y de conquistar al mundo. Lo que hay que hacer.
Se confiesa como trabajador nato, asegura que no es el mejor actor del mundo y su padre, como ese tótem inalcanzable, aparece en sus conversaciones y entrevistas sin problemas, aceptado, entendido.







He repetido miles de veces durante 2015 que este era el año de Scott Eastwood. Ha intervenido en varias películas, se le cazó en un vídeo musical y no quedaron más rogativas cuando lo vimos en el spot de Davidoff, anunciando la misma colonia que usa servidor de toda la vida.
Scott, que es un tipo de acción, hace deporte, viaja a través del mundo, tiene muchos amigos, bebe, cena, vive como un Dios. Y otorga la impresión de ser un gran chico.





Lord Diario, hace mucho que terminaron aquellos heroicos tiempos del Pause, gracias a los dioses. Ahora, para ver a un tío descamisado, sólo hace falta darle al Google o venir a este blog. 
Ay de Scott Eastwood al natural, con los mismos pezones pequeños que su padre, igual de macizo, totalmente delicioso.






Si todavía se pregunta por qué se escribe y adorna de Scott Eastwood hoy en este blog, entenderá que necesita un bofetón en esa faz de atontado. 
¡Scott ha ganado la elección del Maromo del Año, tal y como rezaban mis designios durante todo el 2015!
Ha estado hasta en la sopa y yo encantado, oiga.


Scott ha vencido con margen de diferencia final sobre sus competidores, pero esta ha sido la elección del Maromo del Año más vertiginosa y reñida de todas las celebradas. Tres de los candidatos han disputado ese primer puesto en múltiples ocasiones.
Con la medalla de plata, se luce Michael Fassbender, el peso pesado que cumple la máxima: si no gana, se lleva el segundo puesto a dentelladas.
Y el tercer premio va para Justin Theroux, a sólo un voto menos que Fassy, y, sin duda, el ganador moral de esta elección.
Que si empata, que si ahora está por encima de Michael, que si ahora no; para Theroux, esta ha sido una azarosa aventura, digna de un episodio de "The Leftovers".


A todos y todas los que han participado en esta elección del Maromo del Año, gracias, gracias y mil gracias por asegurar que esta tradición mía siga siendo tan divertida como el primer día y más emocionante que nunca.
El ganador sólo puede ser uno, bien lo sabemos. Y, por ello, ¡Feliz Año Eastwood!

miércoles, 30 de diciembre de 2015

2015


Querido Diario,

El año fue un espejo y se llamó Villa Tranquilidad. Así lo decidí y lo puse en palabras: "Ya sé lo que quiero en esta vida, aquello que perseguiré siempre. Se llama tranquilidad".
2015 quería la paz y la obtuvo, pero las noticias me contradecían. 
Sonaban los tiros sobre las ciudades encantadas, se asaltaban revistas de humor en nombre de dioses perdidos y, entre opinión y opinión, a nosotros nos pusieron una mordaza sobre nuestras bocas. Así lo decía la ley: todos callados. 
Entonces, le di una pausa a Villa Tranquilidad, me enfadé a golpe de estados de Facebook y mis compatriotas y yo hablamos con el voto en dos ocasiones. 
Todavía espero una respuesta a la sumaria decisión, aún la esperamos. Así fue 2015, pendientes del resultado, apostando por un margen de equivocación.


Como París, nuestra paz sobrevivió tras el desastre. No había mayor plan que reírse de todo y continuar con la labranza.
"Estamos a millas de la comodidad, hemos atravesado el océano y el mar, pero si estamos juntos, no hay otro lugar donde prefiero estar", cantaba una de las canciones que sonaban en el gimnasio.
2015 fue un año de resultados en Villa Tranquilidad.
Mi cuerpo se ejercitaba por las mañanas y cambiaba por las tardes. Me miraba al espejo por la noche, sin camiseta, esperando una respuesta. A veces, la obtenía. Me contemplaba el pecho, el estómago, los brazos. Se fortalecían, se insinuaban. Los buscaba con la mirada, los esperaba.
Ya no podía vivir sin volver al gimnasio. Los fines de semana sólo quería que llegase el lunes. Era el lugar donde prefería estar.


Yo, que andaba por la vida en silencio desde hace muchos años, que evitaba la gente que no se parecía a mí, que prefería sonreír y hablar poco, entendí que podía bailar al ritmo de alguna canción olvidada en el tiempo. 
Y así, Dee. Así, Ryan. Así, tantos otros.
2015 fue el año de la amistad. Los amigos llegaron desde todas partes del mundo, diferentes entre sí. Y, oh, milagro, hombres hetero. ¿Se dará cuenta que soy gay o quizá no le importe?, pensaba cuando Dee hacía tantos esfuerzos por hablar conmigo, por sacarme una complicidad. 
Le costó, pero lo consiguió. Hasta se introdujo en mis sueños, quizá un poco en mi corazón, siempre en la amistad y la confianza.
Ryan, ¿qué decirle de Ryan, Lord Diario? Fue también sorprendente, inesperado, entre películas que revisitábamos para votarlas en un campeonato sin fin y, de repente, risas, sonrisas, ganas de saber del otro, con kilómetros de por medio.


Pero le mentiría si me quedara sólo con Ryan y Dee. Se lo he dicho: 2015 fue el año de la amistad. De los que lo eran y de los que lo serán. 
En 2015 me pintaron un cuadro y me lo enviaron a casa, encuadernado, con el agradecimiento de la emoción. Elías Armas, el pintor, se había conmovido con uno de mis escritos. Allí estaba el retrato, sobre una foto de hace años.
Y este corazón se abrió en Villa Tranquilidad, porque tras años de hastío, se dijo rejuvenecido. Me miré al espejo y los años retrocedieron al ritmo de las agujas del reloj, sobre el cuadro de Elías. Un Dorian Gray a la inversa, diríase.
Fue cuestión de cardio, será razón de actitud.


2015 fue el año en que empecé a ganar dinero. Como traductor y community manager. Poco dinero, pero suficiente, valioso. La luz al final del túnel, sólo dos pasos improvisados antes del baile definitivo, el mejor antídoto a aquella venenosa nada.


De todo lo que he conseguido, Lord Diario, entendía que podría haber logrado el doble, el triple, con un poco de más acción, con un poco menos de pereza. 
Pero entonces me di cuenta y lo escribí en sus líneas: siempre he sido un soberano tímido. Es la piedra con la que me tropezaba y no me daba cuenta. ¿Qué me pasaba? Que me daba vergüenza, que prefería esconderme detrás del sillón. 
La revelación llegó tarde, pero se sintió como una declaración. Estoy orgulloso de ser tímido, pero haré lo posible para disimularlo cuando valga la pena. 
2016 me pone colorado, sí.


Escribí, escribí. Empecé el año escribiendo, lejos de estas líneas, preguntándome dónde estaban los maricones en este pueblo o qué fue de reírse de Dios. 
Y, de repente, el bloqueo, la desgana. Estaba a punto de confirmar la dramática historia de mi inacción creativa cuando, una noche de desvelo, irrumpieron las mágicas palabras: "El Diario Íntimo de Josito Montez". 
Manos al teclado, gifs de felaciones y usted, visitado y revisitado. 2015 lo creó a usted, celébrelo, felicítese. 
Quiero pasar a su lado mucho tiempo, pero he aprendido que jamás hay que bajar la guardia en estas cosas del escribir. Un día me despisto y al día siguiente, no encuentro nada que decir. Es una tarea agotadora, pero a ella estoy condenada. 


2015 fue el año en el que leí "Martin Eden", en el que no terminé "La Regenta", en el que volví a Anne Rice y la encontré entretenida y sensual, tal y como la recordaba desde mi adolescencia.
Fue el año de las películas - ¿cuál no lo ha sido? -, de Julianne Moore con el Oscar y del Desafío Cinéfilo como remate perfecto.
Fue el año de "Todo está perdonado". Fue el año de volver a la paz tras el horror. Con los ojos anegados de sangre y lágrimas, querremos ver Villa Tranquilidad por última vez. 


Fue el año de Nick Jonas, de Pietro Boselli, de todos los chicos del porno gay - oh, Mark West -, pero apenas dos ó tres caballeretes en la realidad. 
Ay, qué poca acción ha tenido este cuerpo durante 2015. Y con lo coche deportivo que me está quedando, qué desperdicio. 


Le seré honesto: preferí otras cosas en 2015 y ninguna se conjugaba con polvos rápidos y coqueterías exprés. Ahí estuvieron las miradas de complicidad, los abrazos, los agradecimientos. Me he sentido muy querido en este 2015, Lord. 
Además de Villa Tranquilidad, mi misión inesperada ha sido tocar a la gente que vale la pena. Que sepan que he pasado por sus vidas, que el mundo merece ser habitado, que es una victoria ser bueno, que, a veces, ganan los mejores.


En 2015 busqué con la mirada y lo sigo haciendo. El amor está ahí fuera, lo sé, Lord Diario, estoy seguro. El día menos pensado, lo encuentro. Quizá lo haya hecho ya. 
Tal vez, de esto se trate. He llegado. He atravesado el océano y el mar. Ahora sólo me queda seguir bailando.


Baile conmigo un año más, Lord Diario, y le daré todas las palabras, mejores, más precisas, más sentidas. Cada vez que llego hasta aquí, siento que sé un poquito menos de todo, que empiezo de nuevo. Que este 2016 nos traiga ese comienzo, una y otra vez. 
Y que mi tranquilo, amado 2015 quede en esta foto, donde me coloqué un sombrero y me vi mejor que nunca, temeroso de que mi felicidad se terminase.


Ojalá el tiempo se detenga, ojalá viva para siempre. Salud, República y penes en la boca, digo al brindar.
Feliz Año Nuevo, Lord Diario.

martes, 29 de diciembre de 2015

Muerte


Querido Diario,

En las páginas de su autobiografía se escribirá que usted, mi Lord, no murió nunca. Así lo decidió desde muy joven: se quedaría para siempre en la luz de la conciencia y, de allí, ni la enfermedad ni el tiempo le arrebatarían el regalo. Ese regalo que significa salir de las tinieblas de la no-existencia y nacer al mundo.
En las páginas de mi biografía, que nunca es pronto para empezar a escribir, diré que temí a la muerte, pero evitaba pensar en ella. La nombraba poco y distaba de ser una conversación digna de un café de media tarde, aunque, de un modo u otro, estaba ahí, en cualquier cosa que hiciera, aplazara o adorara.
Ayer veía "Un Tranvía Llamado Deseo" que, como la obra que adapta, trata tantos temas que es imposible desgranarlos en un post que no aburra a los que ignoren de lo que estoy hablando.
Como todo Tenneesee Williams, los diálogos son tan geniales que conmueven y hacen sonreír al mismo tiempo. Es esa la señal de la genialidad: que lo maravilloso sea un poco ridículo.
"Lo opuesto a la muerte es el deseo", dice una de sus líneas memorables, y la protagonista, circundada por el miedo a morir, quiere aferrarse el pasado, sin darse cuenta que es una trampa mortal para su cordura.
En el momento más espectral, una florista camina por la calle. "Flores para los muertos", dice en español, "flores para los muertos".
Se hiela el espinazo, mientras la protagonista se desquicia por ahuyentarla.


Usted, que es inmortal, no tiene gran conocimiento de la Muerte. O quizá sea su amiga íntima.
Nuestra muerte, al fin y al cabo, empieza por la muerte que vemos, que vivimos, que sentimos. Cuando mueren otros, entendemos que esta vida es un eterno campo de batalla: corre hasta el extremo y, con un poco de suerte, llegarás lejos, mientras otros irán cayendo, poco a poco. Esquivar la bala el mayor tiempo posible. De eso se trata.
El azar de la muerte ha vuelto loco a la humanidad, que ha mirado al Cielo en busca de respuestas. Cuando dejó de creer en Dios, giró su cabeza a la ciencia en busca de una explicación al insondable misterio. ¿Qué somos cuando no somos? Todos evitando la escalofriante respuesta. Después del The End, sólo hay una pantalla en negro. Porque, si haces memoria, es ahí de donde viniste.
Hay quien asegura que ha tenido experiencias extracorpóreas, que ha visto un bosque, un lago, unos familiares fallecidos que lo saludaban desde el otro lado, y, de repente, ha vuelto en sí, por efecto de la epinefrina o la descarga. 
Los resucitados hablan de la luz blanca y yo me pregunto si esa luz no será el foco de la mesa de operaciones.


El día que entendí lo que era la Muerte - o lo recordé - fue una tarde que me anestesiaron por completo. Cuando volví en mí, fue como si se abrieran las puertas de un ascensor y regresara al piso de la Luz, que no es más que la conciencia. 
Antes de volver, sé que sólo había oscuridad. Como estaba inconsciente, era incapaz de tener miedo por ella. En realidad, el miedo llegó cuando desperté, cuando volví a la luz, cuando entendí de donde había salido. 
No tenemos miedo a la muerte, pensé, tenemos miedo de no saber volver a ella.


Mis películas favoritas están llenas de muerte, de inmortalidad, de gente que se va y otra que se queda en el medio camino de la fantasmagoria. 
Es el consuelo. Que aquellos que queremos nos tutelen, que aquellos que amamos vuelvan algún día. Dicen mis películas que el amor es más fuerte que la muerte, pero también que la vida, porque la sublima, la hace inteligible. Dicen que se le encuentra el sentido. Dice Tennessee Williams en "Dulce Pájaro de Juventud" que hay dos tipos de hombres: los que han sabido amar y los que no.
Pero hay fantasmas que no son románticos, hay muertes que queremos bien muertas.
Existe otro terror: que la muerte no sea la solución para los malvados, que sus fechorías sigan presentes, que sus maldiciones nos vigilen, que sus garras heladas nos sujeten desde la tumba.
Muertos los perros, jamás se acabó la rabia. Y, terminada la guerra, nadie supo el modo de suturar las heridas.


La angustia de los mortales es el drama de la enfermedad y de la muerte, de que aquella sea dolorosa e implique la otra. 
Nos pasamos la vida suplicando por muchas cosas y cuando pasamos una noche con fiebre, entendemos que sólo hay algo válido: esquivar la bala lo más posible.
Una muerte a la altura, suplicamos. Que no me entere, que sea feliz, que lo haya hecho todo. Los dioses no escuchan. Hay un plan o no lo hay, pero nadie puede reescribirlo. El Universo es indiferente y lo único que prueba la ciencia es que la vida sólo quiere ser. Y, cuando deja de serlo, se convertirá en otra. Nuestras tragedias, pequeñas y grandes, nuestros amores, dolorosos o felices, se dispersarán por la infinitud del cosmos, como átomos que olvidaron las lágrimas.
La muerte es una mierda, porque nos hace insignificantes. Y es cuando lo comprendemos: hagamos lo que hagamos, la vida es la historia de nuestro triste fracaso. Ser incapaces de llegar al otro lado. Caer abatidos frente a las balas misteriosas.


Este año, he vivido dos muertes cercanas. 
La primera, un primo segundo. Fui a su funeral, pero le juro que soy incapaz de recordar su cara. No sé exactamente quién era. 
Murió con cincuenta y pocos años, tras una larga y dolorosa enfermedad. El cura decía que no había muerto, que estaba en el Cielo. Yo quería matar al cura con la mirada, porque, hasta para ser religioso, hay que tener estilo. Saber que lo que se acaba, se acabó. Nadie sube a las nubes y, si el alma vive, será en los que se quedan y los que vivirán felices de haber conocido al fallecido. La religión solía consolar, decían, pero, cuando oyes esos sermones, entiendes por qué la gente ha dejado de entrar en las iglesias.
La segunda muerte fue más dolorosa. Una amiga del instituto, de mi edad. No la veía desde los dieciocho años, desde que nuestro grupo de amigos se partió en dos por cuatro tonterías. Le pregunté a una amiga en común por ella cuando volví a Tenerife. Quería verla, sólo saludarla.
Pero murió antes de que eso sucediera. Murió antes de que cualquier cosa sucediera. En un par de semanas, diagnóstico fatal y adiós.
Hay que darse prisa, entendí entre lágrimas de desconsuelo. Mucha prisa. Porque no hay buena muerte sin una reconciliación, me enseñó la vida, me enseñó el cine. 


Dicen que la vida no es más que una ilusión persistente. Debo tener una imaginación desbordante si la existencia es una película, tanto para imaginar lo hermoso como lo espantoso.
En cualquier caso, adoro la vida, Lord Diario, cuando es buena y válida, cuando puede ser disfrutada y permitida. Porque el sucio secreto es que la vida es un lujo, que sólo la salud, el dinero y la alegría pueden asegurar. Los desesperados, los doloridos, los viejísimos lo saben bien: hay momentos en que la vida está sencillamente sobrevalorada.
Y la Muerte, desde su utilidad práctica, se acelera a sí misma o se pone en evidencia. Desde su trono fúnebre, observa a los que llegan antes de tiempo, a los que han sido lanzados allí por los criminales y a todos los que han caído presa de padecimientos, suicidos o causas naturales. Y a todos los mira con la misma mirada impertérrita. El telón cae y el drama llega a su fin.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Desafío


Querido Diario,

El Desafío Cinéfilo es el broche de oro que necesitaba este 2015. Se lo digo claro y se lo escribo en mayúsculas.
¿Que no sabe qué es el Desafío Cinéfilo? Señor mío, los rabitos de pasa son magníficos para la memoria. ¡Atíborrese, que lo veo patinando!
Como juré hace dos noches, estas Navidades me entrego a una retrospectiva de mis películas favoritas, que concordamos en un número de veinticinco. Por cierto, qué inesperada atención suscitó ese post de sábado. ¡Se ha convertido en el artículo más leído del mes!
He de matizar: de desafío, nada. Es todo un placer volver a las obras que adoro, incluso si las he visto mil veces. 


Yo confieso: consumo muchas películas y series, a razón diaria, pero soy de atención difícil, cuestión agravada con los años. Me cuesta mantener el hilo con la mayoría, porque se me va el santo al Cielo y luego al Infierno. Le doy al Pause, miro el teléfono y, si la cosa se hace cuesta arriba, mejor que la película no supere las dos horas o moriré de angustia.
Oh, eso jamás sucede con mis veinticinco. Se me pasan volando, aunque las pueda recitar de memoria. El secreto debe andar entre lo que me interesan y lo bellísimas que me resultan.
En serio, ¿puede alguien cansarse de "Johnny Guitar"?


¡Aún no he visto ni la mitad! 
"Camelot" y "Drácula de Bram Stoker" han sido revisadas este mismo año, así que quedan, por el momento, fuera de la retrospectiva. 
Cuente entre las que he disfrutado hasta ahora: "Cita en San Luis", "Sólo el Cielo lo Sabe", "El Tercer Secreto", "Johnny Guitar", "Brokeback Mountain" y "Al Servicio de las Damas".


"Brokeback Mountain", sí. Recordará el pánico que me producía revisitarla, por el miedo a los efectos del tiempo sobre película tan mitificada por servidor, pero sobre todo, por el reparo a revivir la devastadora impresión que me dejó hace diez años.
Pero ayer era el día vaquero y, tras Vienna y Emma, tocaba Ennis y Jack. Sin miedo, como dice el póster. A por ella, me dije, y metí el DVD.
Y, oh, Diario, las cosas han cambiado en diez años. Para mejor, ojo.


He visto mucho y, a veces, muy duro desde entonces y la película no me ha dejado en el puto suelo, cual hizo en 2006. Estoy grande como espectador. 
Lo entiendo un aspecto positivo, porque le he perdido el miedo a "Brokeback Mountain". Sé ahora que puedo verla muchas veces y disfrutarla, porque, sí, es una gran película. Lo era y lo sigue siendo. Un tanto esquemática en ocasiones, pero brava, hermosa.
Mientras la revisaba anoche, pensaba que su dirección es tan expresiva y llena de detalles que podría seguirse la trama con el sonido apagado. Y este es el mayor elogio que se puede hacer a cualquier pieza de cine: que funcione como si fuera mudo, que los diálogos sean sólo un accesorio y que lo principal esté en las miradas, los gestos, la fuerza de las imágenes.
Lo más delicioso de "Brokeback Mountain" sigue siendo lo que queda por debajo, sus mil incógnitas. Pocos melodramas tan sofisticados como éste han competido por un Oscar y, quizá por eso, lo perdió.
Mentira: lo perdió porque dos hombres follan.
Debieron contarle a la Academia el cuento de que Ennis del Mar tal vez no era gay, sólo un ser humano y, por tanto, imposible de resistirse a Jake Gyllenhaal. Habría que ser una persona ciega para no querer follarle el culo a ese caballero, observaba anoche.


Ahí llega otra diferencia. 
Cuando la vi en su día, yo me imaginaba como Jack Twist llorando por las esquinas en pos de los Ennis de la vida, esos que nunca aceptan lo que son o lo que desean. 
Me impactó Heath Ledger en 2006 y me prendé de su Ennis atormentado, pero, en esta ocasión, me voy con Jake en todos los sentidos. 
Supongo que, con todas las correrías que viví y superé en estos diez años, ahora, aunque sigo siendo Jack Twist, sólo quiero otro Jack Twist. Vibrante, posible, honesto.
Personaje maravilloso para un actor que nunca ha estado mejor. Qué ojazos puestos al mejor servicio dramático. Con lo decepcionante que ha sido la mayor parte de su carrera, es un placer recuperar semejante músculo de interpretación.


Una última consideración, mi Lord.
"Brokeback Mountain", que cuenta una tremenda y dolorosa historia de amor homosexual, no es exactamente una película sobre homosexualidad. Trata sobre qué significa ser un hombre y si vale la pena mantener la ficción que supone. 
Desvela que el hecho de que dos hombres busquen la tierna caricia del otro es tan gran tabú como cualquier follada anal a la que se presten.


Vienna lo arreglaba todo con diatriba sobre la tolerancia y cuatro tiros, se lo digo. 
Entre necesarios resúmenes del año y nuestra coronación del Maromo - ¿ha votado ya? -, prometo contarle más cosas sobre mi Desafío Cinéfilo.
Ahora me toca pasar la velada con cierto gato.


Ay, ¡Hotel Flamingo! No puedo esperar. Hasta mañana, Lord Diario.