jueves, 7 de enero de 2016

Armario


Querido Diario,

Esta mañana, acudí a mi imprescindible clase de estiramiento en el gimnasio, una de las escasas razones que encuentro válidas en este mundo para madrugar. 
Andábamos ya con las piernas y los brazos nivel despatarre, cuando apareció un niño de tres años, con cara de susto y la manita agarrada del pulgar de su padre. Éste venía a la clase y, como no tendría donde aparcar al chiquillo porque es día de vacación para las escuelas, se lo trajo al gimnasio.
El niño terminó estirando a nuestro ritmo, cual auténtica monada.
Antes de que terminase la clase, yo miré al padre y pensé:

- Pero, ¿este no era gay, por Dios?


Querido Diario, si me falla mi radar, cúbrame de tierra y cal y déjeme por muerto. 
No es el primer caballero que veo en estos años que juraría que es obviamente homosexual y después resulta que es padre de familia. 
Dudo que me equivoque en mi apreciación. Los que se equivocan, se ocultan o sencillamente no se enteran, son ellos. 
Sí, querido Diario, a día de hoy, a latitud no rusa, todavía hay un amplio armario, en el que muchos se guardan, entre la negación o el humo que tienen en la cabeza. Unos llevan una doble vida y otros juraría que ni siquiera son conscientes de lo que son. 
Están tan decididos a no serlo, que lo interiorizan, lo guardan en una recámara de su cerebro y ahí se queda, a tierra y cal para toda la vida. 
Recuerdo a mi profesor de autoescuela. Otro, por el que podría poner la mano en el fuego.

- Porque mi novia es enfermera y, entonces,... - dijo en clase.

Yo me quedé ojiplático.

- ¿Y quién es la novia? ¿Una tal... Francisco? - pensé.


Con lo guay que es ser gay en estos verdores españoles, con lo mucho que ligarían y, sobre todo, con el alivio que tendrían esos cuerpos y mentes de represión, ¿por qué se resisten?
Lo entendí: todavía hay gente que prefiere apuntarse a la normalidad. Por cobardía, por simpleza o por odio hacia sí mismos y lo que significan.
No voy a decir que ser gay sea fácil. Al menos, declararlo por primera vez. 
El escrutinio a la intimidad sigue vigente, desde las familias hasta la simple opinión de la masa, porque el personal gusta de interesarse por lo ajeno. Hay mucha vergüenza torera y las celebridades son las primeras que se esconden aún en sus secretas homosexualidades, sólo decididas a confesarlas cuando no hay riesgo en juego o cuando entienden que, en realidad, es menos drama del que se concibe. 
El lío que tiene la prensa sobre la confesión - o no confesión - de Colton Haynes al respecto es significativo. 
Los homosexuales armarizados pueden llevar una vida íntegramente heterosexual y morir sin aceptarse o mantener una doble existencia. 
Es decir, intachables padres de familia que gustan de concurrir con hombres, muchos en las oscuridades de la noche y los encuentros anónimos, pero también otros a plena luz, en bares gays. Incluso hasta hay quienes tienen su esposa, por un lado, y su novio, por el de más allá.. 
Es lo pasmante de todo. Que mantengan el engaño incluso cuando sólo se necesita entrar por la puerta de un pub, mirar sin pestañear y salir de dudas. 
Como si fueran seres de barrio residencial de los años cincuenta, quizá sus propias esposas sean esas dóciles Almas del Mar, que saben, intuyen, callan. Anacrónico, pero cierto.


Si hago memoria, yo he tenido encuentros y desencuentros con señores de esta raigambre. 
Cuando era jovenzuelo y empezaba en estas cosas de Internet, frecuentaba el chat de Olé y hablaba con muchos hombres. 
Yo era ingenuo y no me daba cuenta entonces, pero ahora ato cabos y la mayoría de ellos eran padres de familia, encantados de hablar con un chico de diecisiete años ansioso de experiencias. Menos mal que nunca quedé en persona con ninguno. 
Mentira, sí quedé con uno, pero era tan feo que no pasó nada. Lo vería tiempo después, en una procesión de Semana Santa, como todo un prohombre de la religión, acompañado de su esposa y dos niñas. Me vio y empalideció.
Años después, cuando andaba por ese Madrid como una cabra, ligué con un tipo en un bar. El caballero gustaba de besar - cosa a la que muchos armarizados suelen resistirse -, pero andaba muy preocupado con los coches que pasaban por la calle mientras íbamos a mi casa. 

- Espera, no me beses ahora. - y miraba a los vehículos con temor.

Era un hombre tímido hasta que llegamos a mi cama. Se la empecé a chupar y comenzó a emocionarse con la situación. 

- ¿Te gusta mi rabo? - me preguntaba - Te gusta, ¿verdad? Es un rabo preñador. Ha preñado tres.

Yo me quedé estupefacto, aún con la polla en la boca, mientras me enseñaba su mano con orgullo. En el dedo anular, un anillo.
Cuánto cinismo y cuánta esquizofrenia. Ese tío adoraba la fantasía del hetero inalcanzable como cualquier gay corriente y moliente y, dentro de su armarización, se hacía con el papel. "Mira, me gustan las mujeres, soy el macho de tus sueños", me decía, se decía.
Le diré que tal revelación me produjo una congelación instántanea y unas ganas de que se largara a su puta casa inmediatamente.

- Estas cosas sólo me pasan a mí - le lamenté a un amigo.

- Ná, lo del "rabo preñador" es un clásico de los chats y los anuncios de contactos - me aclaró.


Debiera evitar juzgar las decisiones que los ajenos hagan con su vida íntima, pero, bah, las juzgaré: oprimirse nunca reverdeció las praderas. Ni para uno mismo ni para los demás. 
Mucha maldad nace de esas negaciones, deliberadas o inconscientes. Sin ir más lejos, el profesor de autoescuela era un infeliz de libro, un manojo de neuras insufrible.


Lord Diario, si usted tiene dudas de cómo otear un caso de armarización, no hace falta que atienda a gestos, facciones o gustos afeminados. También puede intuirlo en las consecuencias conductuales que trae la represión. Nombro las cuatro que me vienen a la cabeza ahora mismo.


- Están a la defensiva. Cualquier brizna de insinuación les pone nerviosos nivel pánico, porque viven en guardia constante. Probablemente les hayan llamado o considerado maricas en más de un momento de su vida y están acostumbrados a sacar las garras al respecto.
Un ejemplo de la vida real:

- ¿Qué edad tienes?

- 40 años. - responde el armarizado.

- Uh, pues muy bien llevados. - apunto con toda inocencia.

El armarizado pone cara de desconcierto: "qué ha querido a decir, qué ha querido insinuar, me está tirando los tejos, qué sabe de mí que yo no acierto a discurrir". Entenderá que suelen ser los mayores homófobos.


- Falta de química con la tapadera. En "Brokeback Mountain", se acentúa que Ennis del Mar no tiene ninguna química con su mujer Alma - a pesar de que los actores eran linda pareja en la vida real - y sus escenas juntos son deprimentes. 
Algo parecido sucede cuando se observa al armarizado con su novia, esposa o tapadera. Esas poses, esas manos entrelazadas, ese "nos entendemos a la perfección", ese "parezco una maníaca sexual cuando le pido que me folle una vez al mes".


- Mala leche. La gente reprimida es muy mala, Lord Diario. No se trata tanto de follar como de saber lo que te gusta y, sobre todo, lo que no te gusta. Incluso si se mantiene una alegre doble vida, las cargas familiares son mayores lastras cuando todo es un teatro. Y cuando la cosa se conjuga con sotanas, cargos públicos y demás aventuras del fachismo, ignora cuánto se llena de manzanas podridas estas nuestras alegres filas.


- Desesperación. Se les nota. Esa infelicidad, esa trampa de la normalidad. Hay muchos que lo dirán, quizá al final, como una botella de champán mareada de tanto agitarla y nunca abrirla. 


Tarde o temprano, lo importante es decirlo. Elija la opción "temprano".
Incluso aunque la intimidad sea nuestra, declararlo equivale a aceptarlo. Y vivir en un lugar que está dispuesto a, como mínimo, pasarlo por alto es un privilegio.
Se despejan las incógnitas, se acaban los engaños y todos hacemos el apuro por ser felices, demostrando, incluso y si le place, los utílisimos espatarres que se aprenden en clase de estiramientos.

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