domingo, 10 de enero de 2016

Bar


Querido Diario,

Anoche me acordé de Rufus Wainwright. Anoche pensaba lo mismo que él. 
Wainwright es un cantautor norteamericano homosexual del que quizá haya escuchado su hermosa versión de "Hallelujah" o se lo haya tropezado en la banda sonora de "Brokeback Mountain", entre muchos y muy eclécticos trabajos.
Tiene una voz bella y un gusto clásico, pero no es un músico excesivamente popular. 
En cierta entrevista, le preguntaron sobre su discreto éxito entre la comunidad gay y contestó algo demoledor: 

- No me importa no tener fans gays. Los gays tienen un gusto musical detestable.

Lo declaró hace un par de años y recibió las previsibles críticas, entre los que lo acusaban de generalizar y los que le puntualizaban sobre qué es eso del gusto. 
Rufus Wainwright generaliza y acota, pero cuando ayer se derramaban los éxitos cumbre sobre el bar gay en el que me veía atrapado, pensé lo mismo: "Los gays tienen un gusto musical detestable".


El acabóse de anoche fue la entrada del "Pégate", de Ylenia; no es la peor canción de la Historia, porque tiene competidoras diarias, pero me maravilló cómo toda la horda de caballeros posturetas que contemplaba frente a mí se lanzaron a bailarla como si la estuvieran esperando.
No es exclusivo: la gente tiene un gusto musical detestable, agravado por la televisión.
Pero Rufus Wainwright se refería a la contradicción entre la fama de señores de buen gusto que tenemos los homosexuales y la realidad heterogénea - y, como toda realidad, deprimente - con la que se encuentra cualquier mortal cuando entra en un local así.

- ¡Lugares para pasar el rato, conocer a alguien y divertirse! - pregona el optimismo.

Ninguna de las tres cosas fue posible para mí anoche, sólo la constatación de una soledad creciente, asfixiante, circundada por esas canciones horribles, por ese ambiente estúpido, por lo que siempre he sostenido: desde cuándo la liberación sexual se identificó con gilipollez.


Yo hice el paripé, lo prometo, Diario, con la copa en la mano, el móvil en la otra. Intentando sonreír, sin poder mantener la sonrisa. La verdad: no quería estar allí. ¿Se me notaría en la cara? La verdad: no deseo volver nunca más.

- ¿Este es mi sitio? - me preguntaba el otro día.

- No. - me da miedo contestarme hoy.

Me he hecho muchas preguntas al respecto. ¿Será porque era sábado y todo se llena mucho y nadie mira a los lados? ¿Será porque ya no tengo rodaje para el alcohol, la noche, los chicos? ¿Será que mi actitud no era la correcta? ¿Será que parezco demasiado solitario? ¿Será que este es un bar de amigos y aquí no se liga? 


Nadie me dedicó una mirada, más que para pedirme paso o para decirme que la manga de mi chaqueta, apoyada en un taburete, estaba tocando el suelo. 
¿Será que no estoy bueno? ¿Será que soy demasiado mayor? ¿Será que nadie me conoce?
Hoy he caído en la cuenta: llevo toda la vida hipotecando muchas decisiones de mi vida a ser aceptado y gustado en lugares como ése. Decisiones físicas, decisiones mentales, decisiones conductuales. Y sólo lleva a complejos, baja autoestima y el final pasotismo. Buscar una excusa para ignorar el ambiente o pasar por él de puntillas.


Tengo la noción de que Madrid no era así. La gente se me hacía más abierta, las miradas eran continuas en los bares gays y todo el mundo parecía interesado por mí; hasta mi soledad les intrigaba. Aquí parece que les molesta. Anoche llegó un instante que estaba arrinconado en la barra. A los cinco minutos, rescaté el abrigo y me largué.
Es triste, porque toda esta situación es casi lo único que me está expulsando de mi propia tierra. En realidad, ya lo hizo hace muchos años. Aquí no he ligado nunca, sólo cinco o seis chicos comparados con el centenar de Madrid. Probablemente, si tuviera más cara, si me moviera con más decisión, si no mirara tanto al suelo. Si fuera otra persona...
El sucio secreto es que la mayoría de los bares de ambiente son así y la mayoría de los homosexuales los detestan. 
En Londres, unos tipos me dijeron la máxima: los bares gays son iguales en todo el mundo. Y yo reflexioné: por qué se acepta algo que espanta mucho e incluye poco. 
En cualquier caso, y valga el ejemplo de Madrid, las grandes ciudades tienen más variedad, por lo que es más posible encontrar un bar gay mínimamente soportable. 
En sitios pequeños, donde hay sólo uno ó dos: pégate, Ylenia, pero un tiro.


El mal gusto puede tener su gracia, pero lo de estos tugurios con pretensiones que se ponen "lounge" como apellido es caspa.
Como en el Corte Inglés, necesitan un champú echado a chorro por sus conductos de aire acondicionado. No echaré la culpa a sus empresarios ni siquiera a todos sus clientes: es la oferta de ocio rampante. Pones un house desquiciante o lo que suena en la televisión, o no se llena el local.
¿Y de mí? ¿Qué será de mí?, pregonaban mis oídos. En otros tiempos, lejanos ya, podría haber disfrutado, bailado, hasta me hubiese subido a la tarima. En otros tiempos, tampoco ligaba.
Tengo la sensación de que, en estos bares de estas tierras, no liga nadie. O es más bien, algo accesorio. Están todos en pose. 

- ¿Cómo se puede echar un polvo en este pueblo? - quise gritar, aunque le confieso que sólo quería regresar a casa. 


Dudaba. ¿Qué es lo que quieres, Josito, de un lugar así? ¿Follar? ¿Conocer a alguien interesante? ¿Ser admirado desde la lejanía? Las tres cosas, probablemente, y ninguna en particular. Las expectativas estaban vendidas; sólo quedaba al final que alguien me hablara.
Sí, fue una noche deprimente. 
Lo peor es que empezó muy bien, porque me reecontré con mi amiga Deprofundis en otro bar, nos reímos mucho y la tuve que dejar un rato después para coger un taxi y meterme en ese sitio. 
Tenía mejor recuerdo del lugar, pero también le concedí demasiado, quizá por desesperación. Recuerde que dije que era "bonito", pero no sabía si llamar a un bar "bonito" es exactamente un piropo.
En fin, todo es un rollo, siempre lo ha sido. Incluso en Madrid en los últimos tiempos. A veces, pienso que todo ese pasado veleidoso de hombres y encuentro que a veces le cuento, fue una buena racha: quizá algo sobrevalorada por la memoria y muy influida porque, entonces, me daba igual ocho que ochenta. Ahora soy más prudente, he vuelto a ser reservado, no me conformo con el primero que pase.
Sé que mi conflicto - estar fuera del ambiente y no encontrar la manera de entrar - sucede a muchos hombres homosexuales de todos los lugares del planeta. 
Cuando se entra en locales así, entiendo por qué hay tantos tíos solitarios sin remisión, que no salen jamás, refugiados en sus mascotas, sus familiares y en las pequeñas cosas de la vida.
Espanta y no incluye.


Las opciones - ligar por apps, Internet - pueden ser viables, pero no están exentas de sinsabores. Me las han recomendado en muchas ocasiones y he hecho el ánimo en contadas, pero también se observa la misma decepción al final entre los que las frecuentan y, como yo, el similar pasotismo.
Es una situación extenuante, porque la sociedad no permite la soledad, pero tampoco el propio cuerpo ni las necesidades psicológicas. Necesito follar, necesito amar, necesito que me admiren.
Y sólo encuentro distancia, vulgaridad, vacío en cualquiera de las posibilidades. Como las canciones que sonaban anoche, el gusto de la masa se impone sobre el individuo. No sólo sobre mí, sino sobre cualquiera.
Se fuerza a disfrutarlo, a encontrarle la gracia, a asumirlo como una transgresión más de la norma social. La transgresión sería lo contrario: que se acabaran los oropeles y protocolos del ambiente gay e irrumpiesen sus verdades, quizá cantadas en alguna buena canción.


Tengo esperanza en encontrar gente interesante en otros lugares. Debo tenerla.
Probablemente, debería dar el beneficio de la duda a este local y volver el viernes. Probablemente, debería multiplicar mis opciones: llenarme el móvil de apps de encuentros y pregonar al mundo que estoy aquí. Lo mismo hay suerte. 
Probablemente, tendría que buscar amigos gays, aunque sea de la firme opinión que toda amistad forzada está abocada a terminar.

- ¿Qué fue de la naturalidad en este mundo? ¿Por qué todo tiene que servir para otra cosa? - grité por las calles del planeta.

Probablemente, no debería hacer nada y esperar. Probablemente, tendría que aceptar la probabilidad: que me quedaré solo. No dramatizo. 
Es una posibilidad, como cualquier otra. Y, al final, ¿quién no se queda solo? Y, al principio, ¿cuándo estuve acompañado?
Mañana, volvemos a la rutina, al olvido. Seguiré llenando el día con gimnasios y películas y me preocuparé por cosas mejores, quizá por primera vez en mi vida. Me liberaré del miedo a no ser aceptado y de la culpa por pasar de la mierda de los demás, con sus cancioncitas asquerosas y sus ganas de que sea como ellos.
Medio camino está resuelto: ponerlo por escrito ha sido lo que demandaba este día de furia.
Lord Diario, es usted mano de santo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario