martes, 12 de enero de 2016

Beso


Querido Diario,

Hablemos del beso. Versemos del beso. Besémonos.
El otro día hablaba de un beso. De un beso omitido, cancelado, robado. Mi amiga Deprofundis aseguraba que lo peor de "Star Wars: El Despertar de la Fuerza" es el hecho de que Carrie Fisher y Harrison Ford no se besan.
Sólo se abrazan de esa manera en la que Hollywood concibe a los mayores: como viejos asexuados y un tanto osunos.


El beso es más que la frescura y la lozanía. El beso es el acto de afecto por excelencia. Es el principio de lo mejor y la ratificación de lo definitivo. Con el beso, empezó todo y se firmó la paz.
En Occidente, hay muchas formas de besos, desde los más castos hasta los más enzarzadamente guarros, pero siempre significan pruebas de amor que se dan los familiares, los amigos y los enamorados. La intensidad y la cercanía a la boca definirá la relación entre los besadores.
El beso se concibe deseable, por lo que forzar a besar algo que no lo es en absoluto es una forma de humillación. Recuerde "El Hombre Elefante", por ejemplo. 
En otros lugares, el beso puede ser un tabú, algo repugnante o la señal de algo más que el amor: un acuerdo político, el sello de la perpetuidad o, Mafia mediante, el anuncio de una sentencia de muerte.


El beso es una obsesión, como todo lo que implica una cercanía física con algo querido. 
El cine enseñó a besar al mundo, cuenta la leyenda, y sus primeras imágenes de ósculos fueron repudiadas por obscenas, sólo el previo a un completo furor por ver morreos en pantalla.



El beso se hizo indispensable: no sólo era lo que el público esperaba, sino todo un signo de puntuación. Si se besan y hay fundido a negro, se entenderá que los personajes van a follar. Si se besan tras el reencuentro, el espectador se relaja. Eso es un punto y final.


La estética del beso, dominada hasta hace no demasiado tiempo por la blancura, heterosexualidad y tímida lengua de los besadores, ha vivido en íntima relación con el erotismo.
Dicen que el beso es amor, pero, para mí y para tantos, es mucho más. Y, entre ese mucho más, incluiré el sexo, la lujuria, la pasión.
Leía al pornográfo Joe Gage caer en el error. "En mis películas, los actores raramente se besan, porque no tratan de amor, sino de lujuria". Qué equivocación.
Sólo basta ver a dos de sus actores favoritos, Dale Cooper y Colby Keller, en otra escena.
La devastadora, ya legendaria química sexual de esta pareja empieza precisamente por lo bien que se besan.


Los besos ponen cachondo. ¿Será porque saben a victoria? Por fin, lo he conseguido. Me ha besado, vamos a follar, quizá hasta nos casemos. ¿Será porque dos lenguas se encuentran y los sentidos hacen erecto todo lo que se pone contento de tal encuentro?
Como muchas canciones, los besos de las películas hablaban de amor, pero contaban sexo. Porque si hay buen beso, se erizan hasta los pelos que deberíamos habernos depilado antes.


Como todos los mortales, yo me obsesioné con los besos de tanto verlos en las pantallas. De hecho, uno de los primeros recuerdos de infancia que poseo fue un beso en la televisión, en una película en blanco y negro que me puso totalmente rojo.
Besar parecía difícil y que me besaran también. Mis primeros besos fueron con amigas, sólo por practicar. Ya sabía que era gay, pero aun era niño miedoso para aventurarme a deportes de alto riesgo con caballeros.

- Usas demasiada saliva. No sabes besar - me decían las juezas.

Me desesperaba. Yo quería saber besar. Besar maravillosamente. 
Fue cuando lo entendí: hay gente que ha nacido para ser besada y otra para besar. Yo pertenecía al último grupo. Siempre quería besar, siempre quiero besar. 
Era una vocación y jamás encontraba al destinatario ideal para ejercitar mi arte en bruto.


Recuerdo la primera vez que me besó un chico en un bar. La música pareció desaparecer, el sonido de los demás se atenuó. Se diría que me había vuelto sordo como una tapia. Sólo sentía su lengua y mi polla a reventar en los pantalones. 
Retuve la saliva y comencé a pintar el beso, con cuidado, con atención, con fuerza y, a la vez, con reserva. Como si me muriera un poco y me aferrase a la vida. El chico abrió los ojos mientras me besaba y dijo:

- Qué bien besas.


Le parecerá que me jacto, querido Diario, pero yo sólo digo la verdad con usted.
Las dos cosas que mejor hago son escribir y besar. Al menos, son las dos cosas en las que se me va la vida. Para mí, es cuestión de hacerlo bien o no hacerlo en absoluto. Siempre existe un esfuerzo por crear, por imaginar, por entregarse y ocultarse.
Esta obsesión por los morreos vendrá de mi talante romántico, pero vive mucho más allá. Ya se lo he dicho: para mí, besar también es sexo y le contaré un secreto. Para mí, es lo mejor del sexo. Beso antes de follar, beso mientras follo, beso después de follar.
Y, sin besos, no hay sexo.


Ciertos hombres no gustan de besar - y muchos lo consideran demasiado marica para sus dudosamente machos procederes - y a mí no me gustan ellos.
Si alguna vez me hago un perfil en una página o aplicación de contactos, lo escribiré bien claro en la declaración de intenciones: "si no te mola besar, olvídame".
Y si no sabes besar o hacerlo bien, da igual. Yo te dirijo, porque yo nací para besar. Tú déjate.
Me han dicho muchas cosas en la cama y fuera de ella, pero la bonita sonrisa y el buen besar siempre lo he oído. Alguno ha objetado el uso de la lengua, porque, para eso, soy muy francés. La mayoría se vuelven locos, suspiran, dicen "qué barbaridad".
Los momentos más plenos de felicidad de mi vida han sido estar besando a un chico sin intención de parar. 


Ay, sí, vivo de recuerdos, y también con la tristeza de no poder practicar este arte inmortal más a menudo. 
Béseme, Lord Diario. O, mejor dicho, deja que lo haga yo. El primer acercamiento apenas se piensa, sólo sucede, se deja caer. Esa emoción tan radiante, esa sensación de promesas, esa sordera circunstancial. 
Los labios que se encuentran, los alientos que se tropiezan, las lenguas que se retan a duelo, los sabores que estallan. 
Hasta el amanecer, siempre con poca saliva, con creciente fuerza, detenidos un momento, con suavidad al instante, como quien amara lo que besa aunque no lo conozca. Con pasión, después, cuando está conquistado, justo cuando la boca se abre para fundirse y sepultarse en el otro. Respirar, murmurar un sinsentido y volver a empezar. 
Besémonos, Lord Diario, de aquí a la eternidad. El beso es más que el afecto, más que la juventud, más que el principio de todo y el final de nada. Es más que el amor y más que la lujuria.
El beso es para lo que hemos nacido y lo que nos llevará al Cielo sin morir. 


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