martes, 19 de enero de 2016

Corazón


Querido Diario,

Hace muchas décadas, en una noche como esta, tan lejos como Sudáfrica, el Doctor Barnard extirpó el corazón de una mujer, víctima de un accidente automovilístico. El diagnóstico había sido claro: muerte cerebral. El corazón de la pobre muchacha ya no le serviría más que para bombear sangre en un cuerpo indiferente y triste, deshauciado de todo sentimiento.
Un camionero de origen lituano esperaba en otra camilla. 
La operación duró nueve horas. Fue el primer transplante de corazón del que se tiene constancia y el primero que tuvo éxito. 
El paciente transplantado moriría dos semanas después, debido a su débil sistema inmunitario, pero el Doctor Barnard consideró que había logrado su propósito: era el cuerpo el que había hecho latir el corazón transplantado. Ninguna máquina, ningún estímulo artificial. 
La vida sólo quería ser, aunque fuera por un momento, aunque fuera por otro corazón.


Como el corazón es la vida y áquel latía cuando ésta se sentía más que nunca, los humanos llevaron sus manos al pecho con dolor, con aflicción, con amor. Allí residía el misterio: el músculo que, a razón de impulsos, bombeaba de sangre nuestro cuerpo, la besaba cuando la recibía exhausta y la volvía a lanzar a la batalla del organismo. Porque sí. Porque la vida sólo quiere ser. 
Las máquinas imitaron al corazón. Era el impulso de la electricidad, el misterio de lo orgánico. Un núcleo central que suministra, distribuye, ordena, modera y, cuando todo va mal, se excita, se calienta, se acelera y, a su caída, viene la destrucción.
La música imitaba al corazón. Los tambores de guerra, el metrónomo sobre los pianos. Lo que indicaba el sonido, lo que predecía el tiempo.
Los humanos entendieron el corazón desde el primer día, comprendieron por qué estaba allí y lo que sus latidos comunicaban. Sí, era la vida, pero también la advertencia. 
Tic, tac, tic, tac. Entre diástole y asístole, construyeron los relojes, que son mecánicos músculos cardiacos que nos anuncian el fin de las horas. 
Y, como el corazón, sin el tiempo llegó la muerte.


Los humanos grabaron los corazones en las grutas, en sus diarios, en sus árboles privados, en sus sueños. Decían que si lo sentían latir con especial fuerza, entendían que la vida valía la pena, porque era más intensa, porque estaba a punto de matarlos. 
Cuando grabaron los corazones, lo hicieron para toda la eternidad. Llegarían los tambores de guerra, los metrónomos sobre los pianos, las horas muertas, los relojes fatídicos, pero los corazones quedarían marcados sobre los árboles del bosque, más viejos que la vida, más eternos que el corazón mismo. 


Al corazón llamaron amor, sí, aunque el corazón negó cualquier relación. Era un músculo independiente, que aseguraba tener escasa decisión en las emociones venidas desde arriba. Desde el imperio llamado cerebro, al que los humanos consideraron demasiado complejo para enamorarse como un tonto.
El corazón sí debía ser romántico, porque era ese señor que late y desborda el pecho. El que se siente ha de ser el sintiente. 
Es ahí donde está la clave, pensaron. En la vida misma. Es en la vida donde debe estar la fuente del amor, su diagnóstico, su voltaje, su fecha de expiración.
El romanticismo imitó al amor y éste competió a los asuntos del corazón. No es casualidad que los vampiros sean las grandes criaturas del Romanticismo: succionan sangre, ese manar de los corazones, para sentir la vida que perdieron en un incierto purgatorio de muerte postergada.


¿Dónde está mi corazón? Así se preguntaron héroes y heroínas en las letras, en las imágenes, en los poemas. Y todos, sin excepción, murieron por el músculo. 
Justo lo que daba la vida, se convirtió en la obsesión roja por la que morir. Por el latido del corazón, se va a la guerra. Por el latido del corazón, se regresa a casa. Por el latido del corazón, se enamoran todos. Por el latido del corazón, se vuelve loco cualquiera. 


¿Dónde está mi corazón?, pregunto yo, preguntas tú. Cuando se rompe, se buscan sus pedazos entre los enseres con desesperación, desconsuelo, torturante esperanza..

- Vida no hay más que una, pero ese corazón es un felino de alabastro - dijeron los sabios, aun temerosos de que entendieran que hablaban del corazón literal cuando se referían al figurado. 
Como sucedió en el camino que distaba entre los significados y los sentimientos, la niebla cegó las mentes y sólo quedó el latido. El mismo latido que indicaba el camino a la felicidad o la ruta directa a la perdición.
Y, como cualquier felino, el corazón miró la vida con el veredicto de una esfinge.


Oye tu corazón y escucha lo que dice, canturreaban en la radio en tiempos de desolación, de paz en casa y guerra a kilómetros, de aburrimiento, de televisión, de programas que utilizaban la palabra corazón en pública subasta.
El cuerpo indiferente, triste, deshauciado de todo sentimiento quedó decidido con rotundidad a que el Doctor Barnard extirpase el corazón maltrecho, ese vil culpable de nuestra sed de amor, y nos librase de sus agonías.

- Ahí te quedas, corazón - dijeron un día los románticos, mientras buscaban las piezas en sus enseres , otra vez, con la torturante esperanza de cambiar de opinión a la mañana siguiente.


Todos murieron algún día, debido a sus débiles sistemas inmunitarios.

- Eran humanos, al fin y al cabo.

Pero la operación fue un éxito. El cuerpo había hecho latir el corazón. Sin máquinas, sin estímulos artificiales. Aunque fuera por un momento, aunque fuera por un corazón, la vida sólo quiso ser. 

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