sábado, 30 de enero de 2016

Gusto


Querido Diario,

Usted, que es un señor sabio, más viejo que la placa tectónica, respóndame: ¿cambiar de opinión es señal de inconsistencia y debilidad de carácter? ¿O pasar del odio al amor es el signo del mayor apasionado?
Conteste usted. Sólo sé que, desde hace mucho tiempo, defiendo la duda frente a la sentencia, porque no me fío de ésta. 
La gente que dice poseer las certezas es odiosa, pesada. Nunca cambian, son previsibles, viven en en sus ferrosas opiniones como un país del que son incapaces de salir. 
Yo intento revisitar las cosas que nunca me gustaron para darles otra oportunidad. ¿Seré bueno, Dios, o buscaré así una manera de parecerlo?


Esta disquisición viene a la oportunidad de que he revisado "Mujeres Enamoradas", una película que vi de adolescente. 
Pese a que muchas escenas se hicieron difíciles de olvidar, el resultado final me gustó más bien poco, como me sucedería después con todo lo de su director, el llamado enfant terrible del cine británico: Ken Russell. 
Sus fans se contaron y se cuentan los dedos, porque sus películas resultan fascinantes y espantosas al mismo tiempo; son un exceso sabido de sí mismo y relamido en sus grotescas, autistas locuras.
En el momento de su setentero estreno, desafiaban las modas cinematógraficas y estaban diseñadas para la incomodidad, la transgresión y la ruptura con los límites del gusto. 


Media profesión de la crítica cinematográfica, incluyendo la brillante y sucia Pauline Kael, detestó tanto a Russell que, de ser considerado niño terrible, devino en viejo loco a razón de una década, al mismo ritmo que los inquietos, contraculturales setenta se tornaban en los conformistas, conservadores años ochenta. 
Muchos de sus títulos han sido raramente vistos y pocos se han publicado en formato digital. Ken Russell no gusta a nadie, podría ser una línea más o menos superficial que lo glosara en una enciclopedia de cine. 
La complicada personalidad del director y su agresiva relación con el sexo, la homosexualidad y la cultura establecida tampoco ayudaron precisamente al despertar de encantos ajenos.
Sólo cinéfilos de tono particular le han encontrado el placer al señor Russell y, aún así, todos opinan que, como Fellini, Ken se convirtió muchas veces en su peor enemigo. Las ganas de follón por las ganas de follón, en definitiva.
Cuando este maestro infamous aún no se había ganado semejante prestigio, en 1969, una de sus primeras películas se llamaba "Mujeres Enamoradas" y adaptaba la novela escandalosa por sexual de D.H. Lawrence.


"Mujeres Enamoradas" puso en el mapa a Ken Russell y hasta lo nominaron al Oscar. Aún sigue siendo su película más aclamada, ese nudista clásico de medianoche que gusta e interesa aunque no guste ni interese nada del director. 
Será por accesible, tal vez por rigurosa y minuciosa como pocas de su filmografía, pero, incluso como obra temprana, es intensamente russelliana. 
La he visto de nuevo y me ha encantado. Es una obra maestra, digo hoy. 
Oh, Diario, ¿observa la volubilidad? Antes sólo podía echar pestes del cine de Russell y ahora le tiendo una mano. Esa mano que no conoce de firmeza sino de ganas de amar, de amarlo todo, justo como quieren los personajes de "Mujeres Enamoradas".


Película tan compleja sobre novela tan compleja será analizada y discurseada por otros que la entiendan mejor que yo, pero, como todas esas cosas preciosas y particulares, no hay que comprenderla para admirarla. 
Hay secuencias que se sienten cual viaje de los sentidos, en escenarios y atmósferas que recuerdan a cuentos de hadas y novelas clásicas, recorridos por la frustración, el anhelo y la violencia que suelen conjugarse con nuestros sentimientos, los que confesamos y los que escondemos.


Espero volver a "Mujeres Enamoradas" en más ocasiones y le concederé una oportunidad a otros títulos de Russell, porque quizá ahora haya llegado al lugar necesario en mi existencia para que la incomodidad de lo extraño me resulte más placentera que los mullidos colchones de lo conocido.


Por cierto, ¿y qué me dice de Alan Bates? Riquísimo, riquísimo.  

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