jueves, 21 de enero de 2016

Internet


Querido Diario,

De todas las mentiras, la suya es la mejor. Fue la que se contó hace muchos años, en algún lugar de sus aventuras. Se dijo a sí mismo que era feliz cuando viajaba, cuando se enamoraba, cuando volvía a casa y ponía los pies sobre una cómoda otomana, mientras rascaba la peluda cabecita de algún chucho de veneración.
Usted nunca supo de complicaciones, ni de mensajes ocultos, y los dobles entendidos los dejó al momento en que conquistaba a las señoras. Era cuando entraba en el universo de la picardía, del ingenio, del esforzarse por decir una frase que causara un efecto.
Usted ha sido contradictorio, pero le bastó un sandwich y una taza de té para ordenar los días, para calmar los nervios, para asegurar que todo iba bien, pese a los sinsabores, las enfermedades, las muertes, las catástrofes. 
Usted miró las guerras, las brutales depresiones económicas y dio gracias por ser rico. Pese a que nunca perdió el patrimonio ni el plato de la cena, sí atestiguó padecimientos suficientes en los restos de la batalla, en las dolorosas posguerras, en las periódicas hambrunas. Y cambió, sin duda; dejó de creer en Dios, también.
Usted se contó muchas mentiras, pero vio la verdad. La más dulce y la más brutal. Vio la verdad del mundo con sus ojos. A veces fue incapaz de entenderla. Porque carecía de la inteligencia necesaria o, en la mayoría de los casos, porque no tenía la ventaja de la retrospectiva.
Las cosas que suceden cobran sentido cuando forman parte de una historia. Usted estaba ocupado en vivir la siguiente.


Usted ignoró muchas cosas porque jamás encendía la televisión. Gustaba de leer el periódico por las mañanas y alguna novela por las tardes, pero no era lord de quedarse sentado.
Como muchos ingleses, paseaba, paseaba muchísimo. Paseaba tanto que emprendía fatigosas caminatas. ¿Sería que tenía la voluntad de huir?
Cuando yo era niño, nos contaban el futuro desde esa voluntad de huir. Las películas de ciencia-ficción relataban un siglo de viajes más allá de la barrera de la luz y del tiempo, de contactos sublimes, de milagros tecnólogicos que permitían volar. "No estamos solos" significaba, en realidad, "no estarás solo". Y cualquier otro mundo era posible.
El verdadero futuro estaba decidido entonces. Los ordenadores ocupaban habitaciones enteras, pero ya se conectaban entre ellos y se bautizaban red.
Usted sólo caminaba, paseaba. Aún se sentía joven para locuras y se le veía por los pubs de Manchester, borracho a las siete de la tarde, tirado en el suelo a las ocho, de vuelta a casa a las diez. Fue cuando conoció a la primera Lady Diario, también fue cuando la perdió.
Yo acababa de nacer y en la radio sonaba "Total Eclipse of the Heart". Mi padre compró la cinta y la introdujo en el radiocassette, que giraba y giraba. El radiocassette le había parecido caro y le perdió el gusto, aferrado a su viejo tocadiscos. 


Internet llegó a las casas en cuestión de una década y media. Yo sentí que era el milagro, sí, algo más allá de la imaginación. Toda la información, la total comunicación. No era el viaje interestelar, era una idea más simple y, a la vez, más sofisticada: la sociedad constelada. No estaba solo. Había gente como yo al otro lado y un universo a la altura de mis augustos clics.
Por entonces, usted, perdido en la Amazonia, tras pasar años recorriendo a pie los países de América del Sur, ignoraba el milagro. Sólo buscaba un teléfono para llamar a la embajada. Mientras, yo rezaba porque el mío no sonase o nadie lo descolgase.
El anuncio de teléfonos móviles cantaba "Everybody's dancing in the moonlight" y el Pipipi del principio era la imitación musical de los pipipis que hacían aquellas modémicas conexiones de finales de los noventa.


Mis padres odiaban la tecnología, por lo que la llegada de Internet fue épica y también heroica. Esos cables tirados hacia el beso de las antenas, esas caras de escepticisimo, esas onerosas cuentas telefónicas por venir.
Las páginas se descargaban con lentitud y había que apagar la conexión en cuestión de minutos. Era una llamada sin tarifa plana. Si se permanecía cuatro horas conectado, bronca monumental cuando llegaran los cobros pendientes a final de mes. 
Era el año de "Titanic" y yo votaba la película en alguna web que murió pronto. Mientras, en otra ventana, lentamente, se descubría la frente, los ojos, la nariz, la boca, la lengua de un actor porno, lamiendo la generosa polla de otro, al borde de una piscina. La pornografía gay, por fin, a descongelar este iceberg. Tras tanto tiempo, lenta, secreta. Como Internet, llegó para quedarse y condenarme.


Usted descubrió Internet cuando regresó a Londres en el año 2000 y sus familiares le conminaron a que se abriese una cuenta de correo electrónica, para estar en contacto y saber de usted en cualquiera de sus futuros destinos. 
La lista de enfermedades que había contraído en sus peripecias era demasiado larga y estuvo medio año tumbado en la cama, recuperándose. Casi se vuelve loco, recuérdelo, el suyo no era cuerpo para estar inmóvil, ni siquiera roído por el padecimiento. Fue entonces cuando se abrió la cuenta de correo prometida a sus afligidos, mientras visitaba con curiosidad la página oficial de los Rolling Stone.
De manera previsible, no le tomó afecto al cacharro.
Yo vivía en Internet desde hacía muchas lunas, incluso sin las bondades del ADSL. Fue allí donde comuniqué con gente de otros lugares. ¿Por qué no vienes a la gran ciudad?, decían los mensajes, cantaban las sirenas. Yo, seducido, emprendí el viaje interestelar. Caminé con la voluntad de huir.

- Todo se lo debo a Internet - escribiría en mi autobiografía, al menos para encabezar los capítulos de mi juventud.


Por entonces, era el mundo del cybercafé, del Messenger, de los foros de discusión. Quizá todo eso estaba pasado de moda, no lo recuerdo. Tal vez ya era el momento de los perfiles personales y los primeros despuntes de las redes sociales, pero yo siempre llegaba tarde a los avances. 
Y, durante mucho tiempo, pareciera ridículo ahora, no tuve conexión a Internet en la ciudad.
Me creí usted y estaba más en la calle que dentro de las pantallas. Hasta el buen día en el que los cables se tendieron al beso de las antenas.
Cayó el ADSL como la lluvia de datos y suspiros que prometía. Llegó la quietud, la amistad a distancia, el café figurado. Llegó, oh, sí, llegó el Facebook.
¿Cómo era yo antes del Facebook? En los diarios recordatorios de sus publicaciones pasadas, el tiempo parece extinguirse a medida que llega 2007. Menos publicaciones, mayor parece el eco. Y, detrás, el silencio sepulcral. El Facebook se viste de importante y proclama: no había nada antes de que esto existiera.


El futuro estaba decidido en la sociedad constelada de Internet mucho antes de que llegara a las casas, pero nadie pudo predecir el Facebook. Terminó con las redes que estaban antes y ha sublevado a todas los que nacieron con él y durante su trayectoria. Hipnotiza al globo.
Pero, si muere mañana y es sustituido por otro invento, a nadie le resultará extraño. 

- El mundo parecía de piedra hasta que llegó el viento. 

Internet, la sociedad constelada, mientras usted, en su sillón de orejas, vivía de espaldas al milagro y a la condena. 

- Todo se lo debo a Internet, incluso lo peor.

Cuando quiera echarle la culpa a algo de mi vida, escupásela a Internet. Cuando quiera agradecerlo, hágalo también, en mi nombre. 

- Lo encontraron muerto sobre el teclado, conectado a inmumerables horas y velocidades de navegación. Fue feliz. - escriba si no aparezco por aquí en una semana.


Porque, de todas las mentiras, la mía es la mejor. Fue la que me conté hace muchos años, en algún lugar de mis publicaciones y desventuras. Me dije a mí mismo que era feliz cuando sonaba el pipipi y cuando la lengua se insinuaba sobre el pene a razón de concentrados píxeles y débiles descargas.
Supe de complicaciones y mensajes ocultos, y los dobles entendidos se hicieron la base de las relaciones. Viví en el universo de la picardía, del ingenio, del esforzarse por contar algo que causara un efecto.
Fui contradictorio y nunca tuve suficiente, ni para ordenar los días, ni para calmar los nervios, mientras miraba las guerras, las brutales depresiones ecónomicas y di gracias por estar a clics de distancia. Cambié, sin duda, pero como nunca creí en Dios, el golpe se amortiguó.
Vi la verdad con otros ojos. Siempre incapaz de entenderla. Las cosas que suceden cobrarán sentido cuando formen parte de una historia. Esa que ahora recuerda el Facebook y resta el interrogante de Internet. ¿Soy una pérdida de tiempo o soy el viaje a través de la barrera de la luz y el tiempo? ¿Soy el sueño o la pesadilla? 


Pienso que esta vida a la pantalla enamorada es un paseo, como los que suele dar usted, Lord Diario. Una larga caminata sin sentido que viste la faz de una huida.

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