viernes, 22 de enero de 2016

Mariconada


Querido Diario,

Dicen que el mundo está lleno de mariconadas, pero yo echo en falta las verdaderas. 
Yo siempre he sido muy pro de las mariconadas. Es decir, me gustaban cosas maricas sin saber que le gustaban a otros maricas. Ignoraba que resumían una estética marica y desoía a quienes consideraba que todo en ellas era débil, afeminado, artificial. 


Permítame el ejemplo quintaesencial.
"El Valle de las Muñecas" es una de las películas más maricas que existen y yo no lo sabía cuando la vi por primera vez. Lo que unos llamaban estridente, a mí me parecía la vida misma.
Ahora sé que es una mariconada de cabo a rabo. Es lo que se denomina "camp", lo afectado sin querer, lo decadente sin remisión. O lo que sucede cuando a uno de nosotros se nos escapa la mano y nos ponemos sinceras. Esa "incorrección" que propicia la incomodidad ajena.
"El Valle de las Muñecas" se dice mariconada porque es una cosa desafinada, exagerada, sentimentaloide, anticuada. 
Yo la adoré desde que la vi, como bien sabe. Fue una experiencia fascinante, como si revolviera algo en mi interior, sobre lo que pensaba del mundo, sobre mi manera de verlo, sobre mi modo de soñarlo, sobre mis ganas de gritarle.
Nada de eso estaba en los planes de los creadores de este clásico de culto. Como todo culto, ha sido un accesorio en retrospectiva, una revaluación irónica de un desastre artístico inapelable de Hollywood.


Hollywood, sí. Hollywood fue el mayor pro de las mariconadas, porque era afecto a la cursilería - ser cursi y propiciar mariconada es prácticamente lo mismo - y su público consumía ese sentimentalismo excesivo sin juzgarlo, quizá sin entenderlo. 
Cualquier persona ama a las mariconadas y las espera en su interior, porque son liberadoras y ponen la estética machistoide en solfa, pero el público se ha vuelto reprimido de gustos y protesta lo que antes callaba. 
Ahora elogia las cosas viriles, sobrias, articuladas, descoloridas. Los críticos han sido garantes de esa formación heteruza del gusto: cuando algo desafina la balada canónica, lo señalan como un defecto y cuando una película afeminada pincha en taquilla y expectativas, la emprenden con especial insidia.



A mí las mariconadas me salen solas, en mis escritos tanto como en mis acciones, y me las he visto y deseado con opinantes heteruzos en muchas ocasiones. 
Durante mis años en la Escuela de Cine, más que nunca. Allí se entendía mi amor por el melodrama como esa exótica y pasajera debilidad que, al menos, debía contener. 
Una tarde, hicimos ranking personal de cuáles eran nuestras películas favoritas de entre una selección de títulos que habíamos visionado en clase. A mí se me ocurrió poner "Julia" por encima de "Umberto D." y uno de mis compañeros casi me asesina. Y lo dijo tal cual:

- Me parece una mariconada.

El ahorro de excesos y desafinamientos fue asunto que se me exigió en repetidas ocasiones durante mi formación como guionista y escritor. 
Mientras, el neorrealismo y el cine significativo de los años sesenta eran la lección y el labrado; el venerable contar de historias sobre pobreza, injusticia y generación que todos debíamos imitar.
Las mariconadas, debajo de la mesa, con esa mano controlada, por favor. 
A pesar de que las mariconadas se me desbordan, muchas las he reprimido bajo ese esquema educativo. Al menos, he desarrollado cierto complejo culturalista: pensar que mis gustos audiovisuales y mis inclinaciones estéticas son más debilidad y placer culpable que una opción perfectamente respetable. Pareciera la misma canónica separación entre arte y kitsch, para establecer una frontera clasista, severista y decidir quien puede y quien desentona.

- Me parece una mariconada. - y llegó el menosprecio.


Aunque el público ahuyente el ridículo de sus dramas favoritos en estos días como un fantasma del pasado y las películas sean tan decididamente insípidas, el camp intencionado está de moda en otros lares. 
Pero las mariconadas estilo Ryan Murphy o Lady Gaga son fruto de una acumulación y estandarización de mariconadas anteriores; en ellas, rezuma el sabor a plástico antes que el dulce azúcar de la cursilería.
La única película en mi memoria que pudo ser un auténtico triunfo de lo cursi es "Anna Karenina", de Joe Wright. 
La secuencia del baile es una mariconada preciosa, triunfante, pero el resto de la cinta es tan aburrida que esa sensación de energía que tienen sus primeros veinte minutos se pierde por completo.


Considero que la verdadera mariconada vive en el pasado, porque, como leerá a continuación, la antigüedad es uno de sus rasgos definitorios. Hallarla en la arqueología de la cinefilia es más probable que esperarla o recrearla.
Se impone la pregunta. ¿cómo podemos considerar que un producto, una película o una serie es una mariconada de cabo a rabo?

1) Baile y manos


Lo esencial de la mariconada es el movimiento, esa sensación de inquietud, expresada a través de una gracilidad afectada. 
En esta secuencia de ejemplo, traída desde "Anna Karenina", vemos el amanerado juego de manos y pasos en un baile postinero, junto al artificioso barrido de la cámara para provocar la sensación de flujo constante y la sonrisa cómplice y bigotuda de Aaron Johnson para marcar el punto de complicidad con el tono afeminado.

2) Histeria


El griterío y las mujeres que tienen ataques de nervios o se vuelven locas era esencial en melodramas de otros tiempos y se consideró pronto señal de exceso. Probablemente quien se incomodaba con esas mujeres chillonas también se quejaba de oír la histeria en casa y prefería no verla replicada en pantalla.
En cualquier película maricona, hay gritos, hay pelucas, hay manicomios, hay pérdida de papeles, hay escaleras. Y, de nuevo, se busca el movimiento, la energía, la acción pura que encuentra el melodrama en los sentimientos furiosos.


3) Sentimentalismo


Las mariconadas son sentimentales hasta la médula y más allá. El amor no es la única emoción, pero sí la principal. La vida se siente, la realidad se significa. 
Un ejemplo es "La Extraña Pasajera", mariconada suprema, donde absolutamente todos los planos son sentimentales. La película hace el amor con el cerebro del espectador, desde la música hasta el titilar de los ojos de los actores. Todo es ays.

4) Color


El concentrado Technicolor de antaño es gran nostalgia de los cazadores de mariconadas, que no encuentran cosas semejantes en este Hollywood de ahora, apagado de luces y tonalidades. La chillona paleta de Natalie Kalmus propiciaba esa imagen de cromos antiguos, felicitaciones navideñas o cuadros de Maxfield Parrish, tan intensamente fascinante para la psique cursi.

5) Antigüedad


Lo llaman cursi porque es pretencioso, pero también porque está desfasado. La mariconada suele ser una cosa antigua, menospreciada, encontrada en un baúl y devuelta a la vida por su inefabilidad. La nostalgia de tiempos más entregados al sentimentalismo y menos al cinismo también explican que toda mariconada ha de ser vieja.

6) Artificio


Las mariconadas son más auténticas cuanto más artificiales parecen. Es ley que se note el decorado o el fondo pintado, que todo esté sobrevestido, sobremusicalizado, sobreactuado. Que la trama se llene de clichés reconocibles, que haya voz en off, que los protagonistas digan los diálogos más chirriantes de la Historia. Que se oiga "te quiero", "nunca te olvidaré" y "siempre me tendré a mí misma", por supuesto.

7) Belleza


Las mariconadas están llenas de belleza o, al menos, la persiguen de una manera tan descarada como incansable. Creen que la realidad es fea de por sí y se nutren de lo imposible, de lo olímpico, de lo panteístico. Una gran película maricona no se conformaría con Rock Hudson; iría a por John Gavin, aún más bello, aún mejor cuerpo, aún más improbablemente terrícola.

8) Rareza


Las grandes mariconadas deben ser extrañas, marcianas, contrarias a su tiempo, a la noción general de estética, a la necesidad de testimoniar o perdurar. Incluyen poses raras, momentos WTF, concesiones al amaneramiento súbito. 
Su sola existencia debe considerarse una rareza. ¿Cómo es posible que se haya hecho mariconada semejante?, tendría que ser la pregunta al contemplarla.


¿Cómo? ¿Que sigue sin saber lo que es una mariconada? Lord Diario, márquese un baile a lo Ann Miller y cambiemos así la faz de este mundo aburrido de una vez por todas.

2 comentarios:

  1. Jajajajajaj me he reído mucho con tu disección de la mariconada. Creo que la mariconada como concepto está evolucionando tanto por cuestiones de marketing que asociarla con el Hollywood dorado es igual que decir que Taylor Swift y Maria Callas beben de las mismas fuentes. En cualquier caso se siguen haciendo grandes mariconadas en el cine actual: como el cine de tacitas cuya mayor representante es Keira Knightley.

    Genial entrada.

    Un saludo.

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  2. Muchas gracias, Moisés. Sí, sin duda, el cine de tacitas es lo más cercano a la mariconada, aunque, a veces, lo noto fatalmente contenido por las proverbiales ganas de Oscar que tiene ese género. Un poco de estridencia no le vendría mal para mariconearse con mejor fortuna.

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