miércoles, 13 de enero de 2016

Paja


Querido Diario,

En su próxima carta, cuéntemelo todo sobre su vida sexual. Me interesa a mí y le interesa a nuestros lectores. Empiece por el principio, desde los cuándos hasta los cómos y, si tiene el día matemático, los cuántos.
Exagere, escatime y no olvide añadir algún detalle vergonzoso. Es la fórmula para hablar de sexo: cierta voluntad de sinceridad y absoluta urgencia por la provocación.
¿Qué? ¿Que no se atreve? ¿Duda de la honorabilidad de Lady Montez si la pone en solfa? Qué raros sois los heteros, como dirían mis amigos. 
Adoraría saber otra cosa. ¿Cuántas pajas se ha hecho hoy? ¿Ninguna? 
La última vez que escribí sobre la masturbación dije que, al contrario de lo que dicta la creencia, las pajas no deberían terminar cuando se consigue pareja. Son parte de la saludable relación con nuestro propio cuerpo y, por tanto, un testimonio de nuestra independencia, allá donde nos encontremos y con quien nos relacionemos.
Sí, hoy hablaremos de las pajas, como ha podido averiguar. 


Obviaré la historia de la masturbación y me centraré en el relato de mi masturbación. Olvidaremos la teoría de la paja y versaremos de su práctica. Sí, recopilaremos los pasos necesarios y tan culturales para cascarse una y que sea en condiciones.

Cómicas o atormentadas, así se concibe a las pajas de manera cultural. Todavía suscitan risas, aún hay quien las esconde, especialmente si el autor pertenece al sexo femenino. A puerta cerrada, se cascan todas.
Cuando yo era prepúber, hablaban de las pajas y yo no me enteraba de nada. 
La época quería hablar de sexo, pero esa realidad de que un chaval se la andara cascando seguía - y sigue - siendo tema de conversación cordialmente omitido en la mesa familiar. 
Como nunca tuve un hermano y tampoco confiaba en ninguno de mis compañeros del colegio, tuve que aprender solo. Y averigüé cómo hacerlo casi por casualidad.

- El sexo solitario empieza y termina por la exploración del propio cuerpo - diría el eminente experto.


Pero el sexo solitario para mí no tenía nada que ver con exploraciones o descubrimientos. Era lo que necesitaba y aún no lo sabía. 
En Antena 3, tenían a bien emitir una serie pseudoerótica llamada "Curvas Peligrosas" a eso de las cinco de la tarde. Antes de que la cancelaran, tras las protestas de los más paternales espectadores, sus lascivos títulos de crédito dispararon algo en mí que estaba bien callado. No diré que hallé al sexo; era como si estuviese encerrado, listo para el pistoletazo, y fuera él quien me diera caza para no soltarme jamás.
Aquella tarde, corrí por toda la casa, restregando las manos contra mi pene. Era doloroso, porque no lo hacía bien ni estaba acostumbrado. Pero era incapaz de detenerme. Y al final, salió el primer semen, que era amarillo y mostoso, dejando la primera mancha de mi vida en el calzoncillo.
Oh, terror, el placer había devenido en culpa, para deleite de la cultura en la que habitaba. Había que ocultar las pruebas. 
Le juro, Lord Diario, que no tenía ni idea de lo que acababa de hacer ni mucho menos de que lo hubiera hecho bien.
A pesar del terror, de la culpa, de las manchas, del dolor, de la incomodidad, las pajas llegaron para quedarse. Entonces eran cosa heroica, porque había que buscar el momento, esconderse, cerrar la puerta en tiempos donde mis padres no estaban acostumbrados a verla cerrada y, a la vez, querer hacerlo a todas horas, en todos los lugares.
Me hice una en el ascensor, me hice una bajo la manta, me hice una en la azotea, me hice tantas en la ducha. 
Un anochecer salté el muro de un edificio abandonado, me escondí malamente entre los arbustos y, sentado, encendí un cigarrillo y me la saqué. Me corrí con la fantasía de que alguien podía estar viéndome desde alguna ventana del edificio de enfrente.
El sexo solitario se concebía solitario para mí. ¿Paradoja? Mis compañeros de colegio se reunían y se hacían pajas en grupo. Estaban locos por las pajas, mucho más que yo. 
Yo, como vivía al Este del Edén desde entonces, me da vergüenza que me vieran el rabo o que hicieran comentarios a propósito, por aquello de la palabrita que me dedicaban de vez en cuando.


Las pajas eran placenteras, pero me revelaron una verdad que se decía díficil para mí. Esa verdad que tenía que ver con la palabrita. Sí, yo debía ser marica. Porque, cuando me pajeaba, sólo podía pensar en hombres. En Keanu Reeves, en Gary Oldman, en Marky Mark, en Johnathon Schaech. 
En las primeras pajas que me hice, intentaba pensar en mujeres. Luego imaginaba mujeres con hombres. A la quinta paja, hombres, hombres y más hombres. Desde entonces, jamás me vino mejor cosa a la mente cuando me masturbaba.
Ha cambiado mucho el tiempo en veinte años y, por aquel entonces, acceder a la pornografía homosexual era complicado. Incluso lo era para la heterosexual, así que yo debía vivir en pos de imágenes que dijeran algo sobre mis fantasías, que las respondieran, que las hicieran posibles. 
Se criticará al porno como educación sexual, pero alivia de angustias y desata de jardines. Aquel porno del Canal Plus era horrible, pero a mí me liberó de los remilgos de una época aún reprimida y de los corsés de unos padres que, aunque comprensivos para tantas cosas, todavía eran mojigatos para muchas otras.
En secreto, a puerta cerrada, de madrugada robada, aquellas imágenes y mis pensamientos así lo contaban: follar era salvaje, grotesco, divertido, canalla. Ponía al mundo del revés, lanzaba los papeles sociales al aire y todos querían hacerlo. Y, si estabas solo, encomendarte a él en tu mente y pelar la banana era lo adecuado, lo lógico.
Se acabó el dolor, se acabó la culpa, se acabó la incomodidad, se acabó el terror, nunca las manchas. 
Hombres, hombres y más hombres. La masturbación me dijo quién era de verdad, quién podía ser y quién no debiera avergonzarme de ser.


Se tiende a concebir las pajas como un triste indicativo de soledad o un rutinario procedimiento de vaciado, pero también son sexys y pueden serlo. 
Lo era aquella en el edificio abandonado, más aún si alguien me hubiese visto de verdad. Lo era cuando un amante ocasional me decía al oído:

- Quiero que te corras. Venga, hazte una buena paja. De esas de las tuyas. Que yo te vea.  

De esas de las mías, sí. 
En algún lugar, más pronto que tarde, aprendí la técnica y, además, conseguí el porno que quería ver. Cierto es que, con la edad y con tanta cosa que he visto, las pajas se hacen más largas y el orgasmo es más difícil de alcanzar. 
A los catorce años, veía una axila y ya tenía la crema batida en cinco minutos. Ahora, el porno debe ser bueno, con una atmósfera caliente y una situación hipermorbosa.


Cierto es que la imaginativa de la paja se pierde con la prontitud del porno, que lanza sus imágenes burdas como fast-food.
La creatividad de otros tiempos era dificultosa, quizá incómoda, pero llenaba la mente de ebullentes escenarios sexuales donde todo era posible. El porno se acerca en ocasiones a lo que tenemos en la cabeza, pero no tanto, quizá porque nos roba el protagonismo de la fantasía y nos deja como pasivos vouyeurs.
Hoy le hablo de las bondades de la paja, pero he de decir que tiene su contrapartida. Es donde está justo su beneficio: las pajas motivan autosuficiencia. 
Sí, quizá estaría más decidido a buscar compañeros de cama si no me cascase dos diarias. En cualquier caso, y a estas alturas calenturientas que atravieso, mejor que me siga pajeando con destreza o acabaré asesinando a alguien.
Lord Diario, encuéntrese el punto y mastúrbese. Ahora mismo. ¿Que desconoce el procedimiento? Vaya educación victoriana tan arraigada o cuántas ganas de decir mentiras. 
Seis pasos básicos:


1. Elegir el momento. La masturbación busca la relajación y, por tanto, es un paréntesis en nuestras vidas cotidianas.
Llegado el instante, cierre la puerta y tómese todo el tiempo que necesite para llegar al orgasmo. Yo soy muy proclive a las pajas interrumpidas. Me pajeo un poco, ahora miro el Facebook, me pajeo otro poco, ahora me corto las uñas. Así. 


2. Apurar la técnica. Cada cuerpo es un planeta, dirían los cursis, Y siguiendo con el cursilismo, usted ha de descubrir esa divinidad interior. 
Es decir, si le gusta con la derecha o con la izquierda; de pie, sentado o boca abajo; agarrando los huevos o con mucho más que el dedo en el culo; sacudiéndola como una batidora o usándola como un desatascador. 
Si es usted una mujer, a mí no me mire, que no tengo ni idea.


3. Decidir el nivel de morbo. Con películas porno, con revistas calentitas, con fotos eróticas, con menús de la pizzería, con retratos robots de políticos conservadores. Usted sabe qué es lo que le pone como una moto y debe explotarlo en sus autosugestiones. 
También puede decidir el escenario y aventurarse a baños públicos, parques ignotos o vuelos comerciales, arriesgándose por siempre a lo que detengan por exhibicionista y guarro. Manténgase en la legalidad, señor mío.


4. Evitar el peligro. La peligrosidad se cierne sobre el pajiento y que se corte el rollo está a la orden del día . Que si tocan en la puerta, que si oyes hablar a dos marujas cuando estás al borde de correrte, que se te va el pensamiento a algo triste o desagradable, que se va la luz, que la película porno es una mierda. 
Y, sobre todo, que abran la puerta. Factor extra de peligrosidad y bochorno, si quien interrumpe es familiar. 


5. Controlar el chorro. Esto es una advertencia cautelar, más que una obligación, porque controlar el imprevisible vuelo de una corrida es un arte que yo, por lo menos, soy incapaz de aprender.
Esos puños de las chaquetas, esos bordes de las camisetas. No haría falta CSI para saber quién pasó por allí.


6. Asegurar limpieza. Limpíese bien las manitas y el aparejo al terminar - y también antes, por supuesto -, que la higiene es muy linda, especialmente por si llega alguien a la puerta y le tiene que dar la mano, y no el semen. 
Tampoco sea petimetre; dormir todo corrido es un placer privado como el mejor de los placeres. 


¿En serio espera que le diga algo más? Agarre ese micrófono Singstar que le dieron las divinidades y arrebátese una paja, a la salud de toda la belleza del mundo.

1 comentario:

  1. Mira que acordarte de tu primer encuentro con la "manuela".
    Yo de lo que me acuerdo es de mi primer Rabbit, gentilmente introducido por la serie Sex and the City. Algo mas que agradecerle a esa serie.

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