lunes, 18 de enero de 2016

Tamaño


Querido Diario,

Empecemos por la punta del asunto y, poco a poco, entremos hasta el fondo. Se impone la pregunta. Queridísimo Diario, lord inglés de mis entretelas, ¿la tiene usted grande? Una de dos: o habla y fanfarronea o calla y arguye discreción. 
En ninguno de los dos casos, sabremos si la tiene muy grande, muy pequeña o sólo normal. Si habla, puede que exagere. Si calla, puede que oculte su pequeñez o puede que no tenga con quien compararla. O puede que incluso su enormidad fálica prefieráse secreto.
Hay muchos manubrios descomunales cuyos dueños se confiesan igual de acomplejados que si la tuvieran pequeñita.

- En las duchas todos se reían de mí cuando era adolescente - me confesó un amigo, portador de un glorioso pene.
Yo entendí que este mundo se ríe de cualquier exceso, al mismo tiempo que se pirra por él.

¿Cuánto es mucho? ¿Cuánto es poco? ¿Importa o no importa?
Todos los hombres hemos buscado la cinta métrica a lo largo de nuestras vidas. Yo lo he hecho en dos ocasiones. Preocupado cuando era teenager y, años más tarde, motivado por un contacto de chat que, a vida o muerte, quería saber cuánto me medía. Informados los centímetros, contestó:

- Les pasaría la lengua ahora mismo.

Sospeché que cualquier cifra hubiese llevado a la misma respuesta.


La enormidad fálica está en relación íntima con la propia obsesión que despierta el pene. El pene es importante, piensan las mentes culturales, y un pene importante es MUY importante. 
Y, como le he dicho, nada triunfa tanto como el exceso. Se nos van los ojos a los pollones del mismo modo que se nos van a las grandes tetas, a los grandes músculos, a las grandes películas, a los grandes monumentos, a las grandes hazañas, a los grandes banquetes. Más, más, quiero más. 
La pequeñez o la medida estándar pueden defenderse y vencer en ese canon barroco como David lo hacía contra Goliat, pero lo mayúsculo llama a la primera vista. 
Y si la cosa se viste de pornográfica, a lo grande. Será lo que me sucede con Austin Wolf, que no puede estar más bueno y lamento que la tiene pequeña.
En realidad, tiene un pene de lo más pudiente, pero servidor vive mal acostumbrado a imágenes de mayor esplendor.


¿Importa el tamaño? Eso mismo me pregunté cuando, años ha, un chico de nombre Leonardo se bajó la cremallera y se sacó el manubrio centroeuropeo que la Naturaleza le había dado. 
Glorioso, perfecto, enorme, más allá de los veinte centímetros. Aquello no era para chupar, era para besar, atesorar, mimar, adorar. 
Y cuando el caballero me cabalgaba, yo pensaba:

- No entiendo nada. Con otros, mi sesámo no se abre ni con el sonido de las trompetas de Jericó. Y esta gruesa lanza de Transilvania ha entrado a la primera, hasta el corvejón y, por mí, que no salga en la vida.


En los versos de la imagen, pudo la sugestión. Cuando se observaba tamaña hermosura, servidor, adicto al exceso, se convulsionaba. Es decir, Leonardo se bajaba la cremallera, mostraba el mandoble y mi culo procedía a entonar la más bella aria.

- ¿Leonardo? Por eso te gusta tanto DiCaprio. - dijo un listo del público.


¿Era entonces cierto que los penes grandes importan hasta para nuestros culos estrechos? Más allá de las vaginas exigentes, los hombres tenían - y teníamos - que dar la talla hasta en citeriores orificios. ¿Había esperanza para los penes pequeños?
Si usted, Lord Diario, tiene un pichín pequeño - o cualquiera de nuestros lectores - probablemente, estará ahora al teléfono para pedir el alargador de pene que ofertaban en la Teletienda. Tal vez se hayan agotado las existencias. 
¡Preguntemos a las mujeres!

- Estoy de acuerdo contigo, Josito. Una polla grande motiva mucho.

- No tiene por qué - asegura otra, probablemente enamorada de un caballerete de pene fino.

- Normalitas, que me ahogo.

- Hay posturas muy agradecidas para las que un pene grande es imposible. Mejor pollas manejables.

- Una vez tuve un novio que la tenía pequeña - nos confiesa una amiga - y te digo la verdad, Josi: yo soy muy vaginal, así que no estaba muy satisfecha sexualmente. Un día, de cañas, en una terraza divina, cerca de la playa, estábamos muy a gusto y le sugerí, entre risas y cariños, si podíamos complementar nuestra vida sexual con consoladores o algo así... Se enfadó y me dejó.


Ay, qué trampa. Decirle a un hombre que la tiene pequeña puede estar salpimentado de comprensión, cariño y buenas palabras, pero sólo se imprime el titular:

- La tengo pequeña. Una mujer piensa que la tengo pequeña.

Entre los homosexuales, parece menos drama, según he intuido, visto y contemplado. Gustan las pollas grandes, pero no existe la misma obsesión por dar la talla macha con un mandoble descomunal para aplacar chichis escépticos. 
Como no hay una en juego, sino dos, todo es compensar. ¿Quién la tiene mayor de los dos? es pregunta más feliz.

- Si la tengo pequeña, ya me buscaré otra grande. Felicidad.

Curiosamente cuando todo es acerca de pollas, hay más risa y menos oscuridad.

- La tengo pequeñita, pero juguetona - oía decir a un amante ocasional entre sus amigos, mientras yo esperaba el momento en que la noche se hiciera sólo de los dos e hicierámos jugar a esa pequeñita.


Seré sincero: he visto todo tipo de tamaños. 
La mayor pertenecía a un francés, que la tenía más larga que Leonardo, pero no tan gorda. 

- En serio, dedícate al porno - le dije cuando fui incapaz de encajarme toda esa carne.

La más pequeña con la que me he topado era un micropene, casi un botoncito, al que el dueño no prestaba ninguna atención. Quizá era hermafrodita o simplemente la tenía minúscula. Él pasaba de ella y quería que yo también lo ignorase.

- Yo, completamente pasivo - decía el pichulín.

El micropene no valía para nada, pero el tolete del francés era sencillamente imposible. 
Lo importante es saber utilizarla, dijo el confiado, tras una charla de autoestima, y quizá tenga razón. Cada cuerpo, cada orificio, cada momento, cada caballero. 
Pero no me niegue del placer de contemplar y adorar una polla grande, porque estamos hablando de épica, señor mío. 
Una polla grande es como "Lo que el viento se llevó": ese acontecimiento inolvidable. Habrá películas mejores, pero, Dios, ¿quién puede apartar la vista?


- ¿Y tú como la tienes, Josito? - preguntaron los curiosos, salivando.

- No pienso contestar.

- ¿Te vas a hacer el discreto ahora?

- Sí, que luego dicen que presumo de pene, además de huevos grandes, buenas corridas y pelo en el pecho.

- Una pista.

- Nadie se ha quejado. Ni yo tampoco. Más generosa en anchura. Pregúntenle a David.

- ¿Quién es David? ¿El de Goliat?

- Si me hago famoso, se hace rico con documentos comprometedores.


El tamaño es como la riqueza, como toda abundancia. Hasta qué punto lo necesitas, hasta qué límite lo vas a desperdiciar, hasta qué frontera eres capaz de asimilarlo.

- Me da igual el tamaño, pero que sea bonita, por favor. - concluyó otro miembro del público, motivando encendidos aplausos.

¿Y qué es una polla bonita?, pregunté yo. ¿Qué define la bonitez de un pene? 

- ¡Tema para otro post! - gritó el público y se imprimieron los títulos de crédito.


Hasta mañana, Lord Pichulín.

1 comentario:

  1. Mira si tienes razón con aquello de que admiramos lo grandioso, glorioso y casi incomparable. De eso dan fe todos esos obeliscos, pirámides y doble arcos.
    Luego te cuento algo que me cortó el hipo y me dejo tratando de levantar la caída carretilla.

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