miércoles, 10 de febrero de 2016

Escándalo



Querido Diario,

Usted ha vivido más tiempo sobre la Tierra que nadie.
Es eterno, vive en los sueños y también pasea por las pesadillas. Por la mañana, hojea el periódico; por la tarde, está muy lejos de casa. Ha visto la Historia y sabe que está fabricada de escándalos. Sólo con ellos, se fabularía nuestro paso por el planeta, tanto de nuestros alborotos, tumultos y ruidos como de los hechos y dichos que los propician. 
El escándalo, la reacción airada, la boca en O. Es asombrosa nuestra capacidad de asombro, porque es inagotable. Más impresionante es ese tácito reciclaje del escandalario: la gente se escandaliza siempre por lo mismo. Por lo que ya saben, una y otra vez. 
Será que vivimos para escandalizarnos y lo contrario es perder el enlace que nos sujeta a los demás.
¿Se intensifica con la edad? Se lo pregunto, porque detecto que la gente de cierta antigüedad es la más proclive a seguir poniendo la boca en O con asuntos de lo que deberían estar curados desde hace tiempo.


Bien es cierto que hay delitos por los que merece la pena escandalizarse. Quedarse frío con condenables fechorías detrás de fachadas intachables es sólo la muerte de la sociedad. 
Pero decir "oyoyoyoy" porque un señor haya dejado a su marido por otra - o por otro - es digno de bofetón en toda esa cara de vieja reprimida, que actúa como si nunca hubiese visto una polla en su vida. 
No digo nada nuevo cuando aseguro que las revistas del corazón viven de esa veta de oyoyoys.


El sexo y el espanto están ligados al escandalario social más básico, pero también a la teoría de la protección a la infancia. 
"Los niños no pueden ver eso" y se levanta un teléfono para pedir explicaciones y formular denuncias.
Como he dicho y escrito muchas veces, la censura y las calificaciones por edad están más relacionadas con la reacción de los adultos a cierto tipo de contenidos antes que a sus caballerosos deberes de salvaguardar la inocencia de la santa infancia. 
Se lo digo, porque recuerdo, recuerdo, recuerdo. De cuando era niño, de cuando se veía sexo en televisión, de la reacción de mis padres.


Se tiene la idea de que la represión sexual de este país se terminó cuando se acabó el franquismo, pero rememore el pezón de Sabrina Salerno en pleno Fin de Año tardochentesco y entienda la magnitud del escándalo. De ahí deduzca el grado de asexualidad de conversaciones, imágenes y sentimientos de España la bella hasta entonces.
En los noventa, cuando las escenas eróticas se pusieron de moda y se tornaron infaltables - el sexo vende, el escándalo también, sabe Hollywood desde "El Beso" -, recuerdo cómo mis queridos padres me contagiaban la incomodidad. 
Cuando Richard Gere y Julia Roberts echan un kiki en "Pretty Woman", mi padre se sintió tan incómodo que se levantó, enfadado, y abandonó la sala de estar. 
Odiaba esas escenas de cama, se volvía loco con ellas, y no le estoy hablando de una persona religiosa ni timorata en absoluto.


Cuando se cambiaba de canal televisivo o se pedía que cerrase los ojos, no me estaban protegiendo. Me estaban acomplejando y transmitiendo un conflicto que yo no podía descifrar.
Una noche, cacé una película erótica a altas horas de la madrugada y me sentí tan sucio por haber desafiado ese límite que era el sexo en imágenes que viví largamente arrepentido de asomarme por detrás de esa cortina de escándalo.
Lo mismo sucedía con las series hospitalarias o películas de terror. Mi madre se las creía tanto y las padecía con tanta fuerza que me transmitió el miedo por ellas, cuando no son más que pura ficción y la mayoría acaban bien, moralistas, ajusticiadoras. 
Conozco a muchos amigos que veían de todo por entonces y ninguno creció para psicópata ni violador. La inocencia, la ingenuidad y su artificial perpetuidad en el tiempo están sobrevaloradas. Basta ya de criar Dorothys.
Si bien es cierto que hay materiales excesivamente virulentos para mentes sensibles y poco formadas, la negación de imágenes eróticas o de agresividad a los menores me parece contraproducente. En primer lugar, porque, a estas alturas, es imposible con Internet. Incluso sin una conexión, lo sabrán, tarde o temprano. Sabrán que las personas hacen el amor, que los Reyes Magos no existen, que la vida es difícil en ocasiones.
Y, en última instancia, no comprenderán la gravedad de lo visto hasta que sean mayores. 
Hay películas que vi a cierta edad adolescente y me quedé tal cual; ahora las vuelvo a ver, comprendo su violencia, lo que quieren contar sobre el ser humano y sí me dejan traumatizado y en el puto suelo.
Las asociaciones de padres, los censores y las distintas ramificaciones de la religión son también curiosos en sus protestas. En la televisión, es improbable ver un pene en primetime, pero sí una decapitación. Puedo defender el fascismo en este blog con toda tranquilidad que sólo me obligarán a poner aviso a la entrada desde el instante en que postee la foto de una teta.


Estos días, en la reacción de los mayores que leo y oigo, esos mismos que dicen oyoyoy, esos mismos a los que los medios de comunicación sirven ciegamente, capto esa bipolaridad, esa ceguera, ese escándalo mal dirigido.
Ese público relativiza la violencia que implica descubrir que una sociedad ha estado gobernada y saqueada por ladrones, pero dispara las alarmas ante títeres y pancartas. Han subido los hombros de conformidad con el encarcelamiento de unos titiriteros por ser políticamente incorrectos.

- Se han pasao. - y se quedan tan anchos.

Esos adalides de la protección de la educación infantil no piensan en los niños cuando se promulga la impunidad y se disculpa el saqueo. Eso sí es un verdadero mal ejemplo. Las farsas de la realidad y no de las que se cuentan en teatrillos.


Lo que solivianta a los censores, a los padres, al arrebujado bienpensar es ver la verdad contada en un escenario. 
La conocen, pero, de repente, la observan y les llega el mazazo de lo que odian, de lo que no entienden, de lo que quizá han sufrido, de lo que tal vez han callado, cómplices. 
Dos hombres que se besan, una mujer que es asaltada sexualmente, un policía que es más brutal de lo necesario. Qué escándalo, que no lo vean los niños.
Esas situaciones, esos dramas y esas realidades son comunes en el mundo desde que usted nació, Lord Diario, pero atenderlas representadas es una lanza a los corazones de los que se niegan a entender, aun más viejos que el pan, que este mundo no es cuadrangular, sino complejo y, a veces, terriblemente oscuro.
Las funciones y los espectáculos dan una luz de evidencia, a veces con más fortuna que otras, a lo que nos preocupa, lo que debería cambiar, lo que tenemos que aceptar.
A lo que somos y a lo que nunca fuimos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario