martes, 23 de febrero de 2016

Madrid

  

Querido Diario,

Anoche soñé que volvía a Madrid. Me encontraba en medio de una mañana de sol brillante y vello erizado de frío, tan Madrid, camino arriba de la Gran Vía, desde Plaza de España. 
La calle vivía vacía de coches, como si el tráfico hubiese sido desviado en mor de un desfile, una competición deportiva o, quiérase el sueño, mi regreso.
Entraba en un restaurante de comida rápida, una de esas franquicias arracimadas en la vasta calle, despreciadas por los habitantes locales, visitadas por los turistas y los recién llegados. Yo acababa de llegar; era lógico que estuviese allí. En la barra, la camarera servía desde una humeante cafetera a mi taza vacía y buscaba mi complicidad con una sonrisa, señalando con la mirada a uno de los clientes. Era un famoso.

- ¿Crees que es cierto que está liado con Kate Hudson? - me decía la camarera, entre las risitas propias del chisme.

Tan Madrid. Una camarera que quiere ser tu amiga, un famoso al alcance de la mano y todos los presentes hablando de él.
En los instantes antes de despertar, creí que nunca había abandonado Madrid. Sólo había vivido de espaldas a la ciudad, sin visitar sus lugares característicos, recluido en mi casa y en mi barrio. Tan Madrid: vivir de espaldas a la propia Madrid.
Cuando desperté, recordé y, como una tonelada de plomo que esperaba sepultarme en las sombras del sueño, sentí lo lejos que estaba de Madrid. Dos años han transcurrido desde que marché de la ciudad.
Como una certeza aún más amarga, me dije: oh, nunca volveré a Madrid, aunque vuelva. Porque, para mí, Madrid fue una idea, unas calles, un reloj que marcó muchas horas.


El otro día, en el gimnasio, por la mañana, sonó una canción. "Missing", de Everything But the Girl. And I miss you, like the deserts miss the sea. Sucedió antes del sueño. De repente, volvió Madrid. 
Ese Madrid que olvidé en una siesta, ese lugar al que renuncié para seguir viviendo.
Esa ciudad tóxica y extrema, que casi me mata, que me dejó exhausto de soledad, pero que un día, oh, un día lo fue todo. Y lo fue todo en tantas noches, como aquellas donde bailaba "Missing" y la vida era una fiesta imparable.

Durante varios años, viví en un estudio muy pequeño, semisótano, desde donde podía ver los jardines de Debod y un poco del cielo, mientras desfilaban los zapatos de los transeúntes, que quizá no reparaban en quién vivía allí abajo.
Hubo quien miraba y, en cierta ocasión, encontré un trozo de papel, tirado desde la ventana, que decía:
"Al chico que vive aquí. Eres muy guapo. Llámame."
Adjuntaba el teléfono. Yo, siempre tan halagado por Madrid y sus promesas, le envié un sms. Nunca me contestó, quizá porque le pregunté si él también era guapo. Tan Josito.
Aquel era un apartamento minúsculo, circundado por vecinos ruidosos, y donde había que encender la luz durante todo el día, pero fueron los mejores años que pasé en Madrid y, sin duda, los mejores de mi vida. 
Fueron los años donde estudiaba en la Escuela de Cine y después vendría el tiempo en el que, de repente, tuve una vida sexual de lo más ajetreada. 
Allí los llevaba: a mis amigos de la Escuela a beber y a reír, y también a los chicos. Unos y otros se confesaban sorprendidos de que yo pudiera vivir en ese espacio, pero hubo quien le encontró la gracia, como se la había encontrado yo.


Era un nido, casi un útero, del que tuve que salir de manera obligada, porque pasaba demasiado tiempo allí dentro y me estaba volviendo loco, además de que la casucha se estaba cayendo a cachos.
Estaba en la calle Estanislao Figueras, una callecita sin importancia, donde sólo despuntan un taller mecánico y una peluquería. 
Cuando agregué en Facebook a uno de mis amantes ocasionales, vi que se llamaba de segundo nombre Estanis. Le mencioné la coincidencia una noche, en la que nos volvimos a encontrar, tendidos en la cama, abrazados.

- Yo no me llamo así. - me contestó - Me lo puse por ti, por la calle donde vivías.

- ¿Por qué?

- Porque estoy enamorado de ti - y se echó a llorar en mis brazos.

- ¿Por qué lloras, tío? - pregunté como quince veces y flipando como mil.

- Porque te quiero, tonto - me dijo y me besaba, me apretaba, como si le diera rabia.

Yo siempre estuve dispuesto a corresponderle, pero él nunca quiso lanzarse. Le daba miedo. Aseguraba que era un golfo y mejor me olvidaba de él. Le pregunté una noche por qué no quería salir conmigo si era lo que deseaba y no contestó. Tal vez tenía razón: era un golfo, mejor me olvidaba de él.
Cuando anuncié, hace exactamente dos años, que me iba de Madrid, me escribió y me dio las gracias. Nunca se había sentido tan deseado por nadie antes de conocerme y, según él, yo le di la autoestima que no tenía. Me echaría de menos, me dijo entre otras cosas bonitas.


Yo, como todos los recuerdos de Madrid, lo endulcé. Y así, muy pronto, dije que Stanis era el hombre con el que más veces había estado en mi vida, esa constante, aquel que siempre me miraba como si viera lo más apetecible del mundo. Yo tampoco me había sentido tan deseado hasta que lo conocí a él. 
En la mitificación, olvidé muchas cosas malas de él, como lo machista que era, lo incómodo que me hacía sentir en ocasiones o esa persistencia en apartarse de mí cuando sólo quería estar conmigo.
Tan Madrid, y de la manera que suceden las cosas en Madrid, todo quedó extraño, esfumado en el amanecer, carecido de importancia, supeditado a la presura de la gran ciudad.


Yo adoraba Madrid, su grandeza, su imponencia casi fálica. El metro, el bullicio, los comercios, los cines, los doscientos mil bares.
Fueron días duros aquellos primeros tiempos, porque era ingenuo y jamás había estado fuera de casa más de una semana, pero, al contrario que en otros viajes míos, allí no cejé, porque allí quería estar. 
Quería Madrid, pese a las desilusiones, pese al clima extremo, pese a que, desde el principio, era una ciudad que no me sentaba bien. 
La sequedad arrasó con mi piel durante el primer mes, el garrafón se cargó mi estómago a los siete años. Y, cuando contraje paperas a los diez años de vivir allí, comprendí por fin que Madrid era un veneno que acabaría conmigo, tarde o temprano.


En Madrid, vivía gente que amaba hablar, emborracharse, amistarse, follar, volver a verme. Adoraba la ciudad, porque era posible, estaba llena. Al contrario que en mi tierra, el amor estaba en cualquier parte, al doblar la esquina, en un callejón, tras una mirada.
Todo, como Stanis, como la calle que lo rebautizó, desapareció, con cierta crueldad. Las amistades, los hombres, las promesas, el esplendoroso futuro laboral. De la noche a la mañana, estaba solo. 
Caminaba por calles distintas, abrigado en las noches de invierno, sudado en las tardes de verano, dando aplausos como un monito loco calle abajo cuando la selección de fútbol ganaba todas las copas y yo me bebía todos los gin-tonics. Había olvidado "Missing" y también el motivo de mi estancia allí.
Me había hecho mayor, pero seguía teniendo miedo y vivía aferrado a las rutinas, adicto a las pantallas, de espaldas a Madrid. Caminaba por ella, sin sentirla. En los últimos tres años, sencillamente la detestaba. 
Es triste que tenga tan pocas fotos de mi vida en Madrid. Hay algunas de las visitas de mis padres, pero casi ninguna de las verdaderas vivencias, de las risas, de las eternas fiestas que empezaban a la hora del almuerzo y acaban al alba del desayuno. 
Sólo en los últimos tiempos, con la webcam y el smartphone, me hice algunas, pero sólo salgo yo, en el apartamento de Ópera. Ahora miro esas fotos y me devuelve aquella sensación de enclaustramiento, de silencio y de progresiva, imparable tristeza.
Las últimas son desoladoras. Aparezco realmente hundido, como si ya ni siquiera esperara aquellas llamadas telefónicas que jamás llegaron.


Seré honesto. En todas las épocas de mi vida en Madrid, hubo buenos momentos e instantes como ése, vacíos, melancólicos, cansados. La gran ciudad me propició una tristeza que yo desconocía, una depresión crónica que venía un día y se iba hasta el mes siguiente. Era lo que me agotaba, lo que me fatigaba. La ciudad no es para mí, pensaba y pienso, y quizá ese agazapado sentimiento me invadió cuando llegué a Londres. Aquello era peor, mucho peor. 
Madrid, en todas las carencias que tuve en ella, me enseñó más cosas cuando peor lo pasaba. Fue la gran ciudad quien me enseñó a ahorrar, fíjese. También a tener paciencia, a saber renunciar, a ordenar mi habitación y limpiar mi casa para poder afrontar la vida, a guardar silencio, a ser honesto, a valorar la tranquilidad. La soledad dejó de ser un problema, créame, porque, al final, supe que el saldo resultante se calculaba entre la responsabilidad propia y las inevitables circunstancias.

- Viví en Madrid en el mejor y en el peor de los tiempos, tanto para la ciudad como para mí - dije y cerré el libro. 

Nunca volveré al Madrid esplendoroso, derrochador, lleno de noches y oportunidades, porque murió con la crisis. Y sé que aunque vuelva la barroca prosperidad, yo no seré el mismo. Echo de menos Madrid, le dije a mi madre desde Londres, pero no el Madrid que dejé, sino ese que vivía elogiado en mi memoria. 
Echaba de menos otra versión de mí mismo. El pasado, nuestra historia, que es lo que define los lugares donde hemos vivido y crecido, o aquello que los hace imponentes, insuperables, dolorosos.


Anoche soñé que volvía a Madrid, querido Diario, y en las próximas semanas, regresaré. Tengo el dinero ahorrado. 
Compraré un billete y, en cuestión de un mes, recorreré la Gran Vía. Llegaré hasta Chueca. Llamaré a mis amigos, porque algunos quedan. Beberemos vino, reiremos, les diré que no pienso volver.

- Sólo estoy aquí por unos días. 

Lo contestaré entre dudas, porque las dudas siembran el camino de ida y vuelta, siempre pendiente del próximo capítulo y la necesaria aventura. 
Mi vida carece de sentido, mis sueños se resisten a cumplirse y me hice mayor sin darme ni puta cuenta pero, coño, qué bien me lo he pasado.

3 comentarios:

  1. "Tan Madrid: vivir de espaldas a la propia Madrid." Grande!!
    Tú te acuerdas de aquella noche canalla, en la Plaza Mayor? Del bocadillo de jamón a las mil de la noche? Y luego en La Latina, con aquellos canariones guapos que nos siguieron sin rechistar a Chueca, donde acabamos de Gin Tonics hasta las orejas? Joder, a mí es que Madrid me recuerda mucho a ti. Y a aquella noche, no lo puedo evitar. Hay una parte de Josito Montez que es y será por siempre muy Madrid. Madrimontezco, acuño el concepto.

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    1. Claro que me acuerdo de aquella noche. Fue 100% Madrid, además, ojalá repitamos pronto una parecida, aunque sea en otra ciudad.

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  2. Tú sólo tienes que silbarme y p'alla que voy. O decirme a qué hora sale tu vuelo pa' Barcelona. Yo pongo la cama y tú el mojo.

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