viernes, 5 de febrero de 2016

Masa


Querido Diario,

Rectifico: la gente no desea ser famosa, mi Lord. Lo que quiere es ser un cliché. Amoldable, inmediatamente identificable. 
La sociedad lo manda. Trate de ser como el amigo más cercano, para que éste siga siendo amigo y se mantenga cercano, mientras los dos actúan en función de una serie de modelos de conducta, decodificados por la televisión para el entretenimiento, confundidos con sinónimos de éxito personal. 
Es lo que pensaba hoy y también lo que pensaba ayer, al presenciar dos conversaciones, dos situaciones, de distintos grupos de edad, de diferente sexo. Sucedidas en el mismo gimnástico lugar.
Se las conté a mi querida Lady Montez y dijo la verdad:

- Qué gente tan vacía.

Al gimnasio va gente vacía, sí.
Con toda sinceridad y generosidad, la mayoría de los asistentes no son gente vacía. Hay muchos que son interesantes, estimables, queribles desde la distancia. Incluso vanidosos natos como Dee, que usted podría confundir con descerebrados, irradian más que sus figuras; quizá desprenden algo de ingenuidad, un tanto de alma, un porcentaje de personalidad y hasta de sensibilidad.
Pero hay gente vacía allí. No es el único lugar ni el más exclusivo. Usted puede encontrar a los vacíos en el súpermercado, en una sala de conciertos o hasta en las más selectas e intelectuales reuniones. 
La vacuidad no es popular, es general. Pertenece a la gente que prefiere amoldarse, que opta por formar una masa consistente con los próximos, antes que desentonar y decir, con la voz entrecortada, que elige otra manera de ser, de pensar, de caminar, de mover las manos.


Estamos en Carnavales, una fiesta aceptada, tolerada, asistida, masiva y relativizada de sus peligros en este lugar. 
Yo guardo una relación distante con ella y jamás la frecuento. Digamos que me da igual y, en cualquier caso, me alegra de que la gente se lo pase bien con estas celebraciones, aunque me sean ajenas. No por aquello del disfraz, que me encanta, sino por la dinámica inherente a ellas. Son unas fiestas concebidas a priori para ponerse del revés, pero sólo refrendan el orden establecido: su vulgaridad, su crónico alcoholismo, su furia, su obsesión por el sexo en su más superficial estimación y, por supuesto, su machismo. 
Durante mucho tiempo, entendí la obsesión de los hombres de mi tierra por disfrazarse de mujer en Carnavales como una agradecida escapatoria de sus papeles de machos durante todo el año. Ahora me he dado cuenta que no es así. No son travestis ni transformistas, esos que buscan algo bello y placentero en la femineidad. 
Los hombres que se disfrazan de mujer en Carnavales se disfrazan de la pobre opinión que tienen de las mujeres, entendiéndolas como estridentes, ridículas, pura teta y chillidito. No es una escapatoria del machismo; es su definitiva reafirmación. 
Aquí y en todo el mundo, sigue vigente aquello de que una mujer disfrazada de hombre está bellísima y lo contrario es coto de carcajadas.


Ni siquiera carcajada, oiga. 
Lo que presencié esta mañana era la garantía de la nada. Tres muchachos de veintipocos años, asiduos al gimnasio, duros como rocas y terriblemente atractivos hasta que se oye cualquiera de sus conversaciones, entraron en el vestuario. Se colocaron unas mallas femeninas de vivos colores a toda prisa y salieron a entrenar, como si tal cosa. 
Estaban disfrazados de mujer, pero aquello ni siquiera era una espontánea gamberrada, porque ni iniciaron fiesta ni se portaban femeninamente. No estaban maquillados ni llevaban peluca. Lo único que cambió fue su vestimenta que, apretadísimas a las carnes, reafirmaba sus músculos. 
Ni siquiera buscaban la reacción de los demás, que, a pesar de todo, nos sentimos incómodos con la ocurrencia. Se disfrazaron sólo para tomarse unas fotos, con el evidente destino de las redes sociales y los grupos de Whatsapp.
Hacían pesas con el ademán inexpresivo y mecánico de siempre. Parecían ni sentir el vestuario. Era una ridiculez vaciada de ridículo. Era un proceder carnavalesco porque estamos en Carnavales, pensaron, pero no había nada de disfraz, de transformación, de cambio en sus actitudes. Sólo una reafirmación de su blandura como personas pegadas a la pantalla, al culto a la imagen y al efecto sin consecuencias.


El repentino travestismo podía haber sido desternillante, golfo, deliciosamente ofensivo, pero la gente que no tiene gracia nunca la hará.
Un sonido similar de nada sobre nada escuchaba ayer en clase de estiramiento muscular.
A esa clase asiste gente de entre cuarenta y cincuenta años, que habla mucho, muchísimo, al punto del alboroto, como si aquello fuera el revival de esa juventud que nunca tuvieron, al casarse muy jóvenes, tener hijos a la primera y devenirse en clichés, en masa, en pasta base. 
Ayer repetían la letanía de siempre sobre la Gala de la Reina del Carnaval. Que si había sido bonita, que si no lo era, que si fue aburrida y hortera, que si se le había hecho larga, que le pareció corta, que aquella no se podía ni mover, que le encantó el traje blanco y negro con aquellos adornos. 
Lord Diario, decían lo mismo que repite todo el mundo tras esa gala, durante años, desde hace décadas. Clichés sobre clichés, diálogos sobre contradiálogos, risas a pesar de la nula gracia. Hablar por hablar. 
A veces, pienso que soy demasiado callado. Otras, que en el futuro me arrepentiré de haber pronunciado una sola palabra en esa clase y con esa gente.


Nunca diré que soy mejor que ellos, ni me pondré como Patricia Neal en "El Manantial" a referirlos como el vulgo que estropea la fealdad de los artistas, aunque se me vaya la mente y llegue a esas conclusiones individualistas más de la cuenta.
En realidad, me preocupa y lastima la condición abotargada, aburrida, esclerótica de la mayor parte de la sociedad de este país que, aun tras una crisis económica y todavía bajo un gobierno corrupto, suena descerebralizada, inactiva, inmanente.
Sólo quieren que vuelva la prosperidad, para gastar más y poder olvidarse de la actualidad informativa. Así, seguirán con sus vidas y sus trabajos sin fin ni destino, iguales a los de sus vecinos, a los de sus padres. 
Y todavía en sus voces mecánicas, en sus chistes sin gracia y en su sola presencia en un lugar que aspira a transformar su imagen, se detecta la inseguridad, quizá el trauma, tal vez la infelicidad. 
Para aliviarla, se reafirman en su masa, en su condición de clan, de grupo, de homogeneidad, porque la soledad es la muerte, allí donde se verían en el espejo de lo que son.


Tengo fe en el ser humano de manera íntima y habitual, Lord Diario. Sé que, a pesar de todo, hay algo grande en cada alma y pienso que cualquiera de ellos me salvaría sin dudarlo si me viera colgando de un precipicio o se acercaría cariacontecido si se enterase de que me sobrevino la desgracia.
Pero la sociedad me repugna. Al menos, el modo en que actúa y se defiende, la manera en que acepta los mensajes de los medios de comunicación como opiniones propias y la sistemática destrucción de la cultura que está protagonizando, a través de las modas pasajeras y las compulsiones consumistas. Nadie, ni yo ni usted, estamos libres de tropezarnos y caer en este organigrama más veces de las confesables.
¿Habrá revolución mañana, Lord Diario? Una sociedad sin identidad reconocible, sin pensamiento propio, sin mayor vestido que el prestado bien podría hundirse para siempre en el magma que la Tierra, al abrirse de par en par, vomite y vuelva a tragar.
Así que abra el piano y empiece a desafinar, mi Lord. Que nadie diga que no lo intentamos.

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