lunes, 8 de febrero de 2016

Orgasmo


Querido Diario,

Me asaltan las dudas sexuales.
¿Follamos porque nos gusta follar o porque buscamos el orgasmo? ¡Las dos cosas, imbécil!, diría el avispado, pero yo concreto.
¿Es el proceso del sexo más adictivo que el final? ¿Es el final más importante que el proceso? ¿Sin el proceso es posible el final? ¿El final es posible sin el proceso?
Considero que existe gente que no gusta mucho del sexo, incluso cuando lo practique con frecuencia. Digamos que lo verán como un acto sucio para sus reprimidas mentes y lo hacen porque hay que hacerlo. Como deber conyugal y/o para sacarse la leche.
Sí, sacarse la leche. Estoy seguro de que es la motivación de muchos cuando se acuestan con otros. Correrse, eyacular, aliviarse, lo más rápido posible. En esa instantaneidad, el orgasmo puede suceder, pero será menor, más trámite, más se acabó y adiós.
Entonces, entiendo: la calidad del folleteo está directamente relacionada con la calidad del orgasmo.
Y nuestra manera de entender y aceptar el sexo será la verdadera garante de una corrida fabulosa, de esas de gritar y poner cara de Nicolas Cage.
¡Las dos cosas están relacionadas, imbécil!, añadiría el avispado.


El orgasmo, que se cuenta como una explosión de fuegos artificiales en el cine, es un placer, ciertamente. 
La sensación momentánea de completa felicidad que propicia es parecida a la que conceden ciertas drogas duras, como la heroína o la metanfetamina. Es esa caída deslizante hacia un abismo de plumas y celofán, mientras nuestro cuerpo y mente se funden y parecen convertirse en una exquisita miel que se derrama con suavidad.
Es la entidad psicológica del orgasmo: la completa realización. 


Pero no hay nada suave en lo que le sucede a nuestro cuerpo. El corazón se revoluciona, los sentidos se disparatan, el cuerpo se agarrota para luego soltarse en el mismo segundo.
Hay quien se ha muerto de puro orgasmo, hay quien se vuelve loco.
Un ejemplo del porno gay es Austin Wolf que, cada vez que se corre, se diría que sufre un ataque epiléptico. Convulsiones, falta de aliento, toda la cabeza roja y, al mismo tiempo, casi petrificado, como si su abismo de miel fuera eterno y peligroso.


El orgasmo, como cualquier billete al nirvana, es adictivo y, como cualquier aspecto del sexo, preocupa ahora todo lo que se ha callado durante centurias.
¿Se corre ella? ¿Me corro yo? ¿Se ha corrido ya? ¿Me correré algún día? Son las preguntas que puede hacerse cualquiera en la cama y nunca revelarlas. Como si fuera un tácito acuerdo, sobre el orgasmo se miente.

- Todas las mujeres con las que me acostado se han corrido - aseveraba un amigo mío, Premio Nobel de la Osadía y la Credulidad.

Rememoro aquellos días y noches en mi apartamento madrileño, donde las paredes eran de papel y los vecinos, de folleteo con alarido. Era increíblemente falso cómo follaban. Se elogiaban a través de sus gemidos, cada cual a lo suyo. Ellas se centraban en manifestar todo el placer que presuntamente recibían, mientras ellos se esforzaban en su papel de machos. Dale que dale, dale que dale. 
En cierta ocasión, quise escribir un mensaje y pasarlo por debajo de la puerta vecina:

- Tu novio se creerá esos orgasmos, pero yo ya te he propuesto para el Razzie, chata.


Como cualquier prisión de la pareja, también se quiere aprehender en ella el orgasmo. 
Esa cuestión solitaria, incluso cuando se produce en absoluta comunión con otro cuerpo, espera producirse, siempre y a la vez. ¡Corrámonos juntos! Ahí está el problema. 
Oh, pero, si no nos corremos juntos, ¿quién se correrá después? 
Porque, cuando uno tiene un orgasmo, entra en un "estado refractario", como lo llamaba un amante mío.
Es decir, se queda frío cual hielo y se acaban las ganas de sexo. Hay quien se larga y no vuelve más, otros que, a los cinco segundos, ya quieren una segunda ronda. El estado refractario, o ese fundido a negro de las películas porno. Cuando uno se corre, la cosa se acabó, adiós.
Así pues, el orgasmo es una gran contradicción, porque es un fenómeno individual de placer que, en nombre del amor y el encuentro, espera duplicarse, sintonizarse, armonizarse. Los orgasmos sincronizados son posibles en ocasiones, pero pretenderlos en todas, meh.


Yo, que soy un poco femenino para el orgasmo, en el sentido de que tardo lo que no tardan mis compañeros, siempre he defendido las ganas de follar, a ratos, interrumpidamente, sin final. El zasca zasca de mis vecinos, dominical, inmediato, "para sacarse la leche", me parece decadencia de Occidente. 
¿Seré yo un adalid del sexo tántrico y ni me he dado cuenta? Lo dudo, pero considero que la obsesión por el orgasmo es la obsesión por cualquier otro aspecto del sexo. La buscamos tanto que deviene en una cuestión de éxito, a cualquier precio, aunque sea falso, aunque nadie se lo crea, aunque no tenga ninguna calidad.
El buen sexo lleva al buen orgasmo, dicen. Pero muchos grandes polvos que he echado jamás me han llevado al orgasmo; sólo a seguir chupando, besando, abrazando, metiendo y recibiendo. 
Si hay que correrse, nos hacemos una paja con las manitas cambiadas, quizá mañana, tal vez pasado. Da igual. Vivimos bajo las sábanas y no queremos salir.


¿Qué? ¿Quiere producirle un orgasmo a Lady Diario, hoy y ahora? ¿Necesita tener usted un orgasmo, cueste lo cueste? ¿Piensa que soy una eminencia en sexualidad? Pues no lo soy, pero, como cualquiera, ¡lo puedo fingir!

- Elección. Sea interesante y elija un buen lugar para el orgasmo. Que el mismo lugar sea tan bello, excitante y placentero como un orgasmo. La elección del decorado ayudará y también que las sábanas estén limpias o que no haya colgado de la pared algún retrato de su abuelita.
Si es de la panda de los cómodos, recuerde que se está mejor en casa que en ningún sitio. 


- Decisión. ¿Se quiere un orgasmo? ¡Se consigue ese orgasmo! Sea dadivoso, procúrelo en el otro antes que búsquelo para sí. Use la boca, los dedos, el mundo entero si es preciso, con cuidado, con firmeza, con insistencia, mirando al otro en busca de su faz de placer más sincera. 
Pregunte, mime, entienda, retroceda, nunca escatime. Olvídese de su papel de macho, de hembra o de animal de compañía. 
Entregue un orgasmo. Y si no lo consigue hoy, ¡inténtelo mañana! ¡A todo gas!


- Trabajo. Folle con ganas. Nueve de cada diez doctores recomiendan esa técnica para conseguir un orgasmo. Si le gusta lo follado, el trabajo será menos trabajo.


- Imaginativa. El sexo puede convertirse una cosa muy mecánica. Hay quien prefiere los primeros momentos y los preámbulos a la guarrerida pura y básica, pero ahí debe llegar nuestra capacidad de cambiar la copla. Sorprenda usted sin asustar y desentone la balada. ¿Qué es lo que nos hace corrernos, al fin y al cabo? Lo inesperado, tanto en actos como en palabras.


- Caras. ¿Cuál es su cara orgásmica? Las hay muy graciosas, las hay terroríficas. Hay quien dice aaaaah y hay quien dice ooooh. Hay quien se desgañita y hay quien llora. Conozca su cara orgásmica y su sonido selvático y ejérzalos. Aunque ambos sean horribles, no se corte y disfrute. Siempre habrá alguien que lo quiera en este mundo, incluso si su cara orgásmica da mucha vergüenza ajena.


Y, si todavía duda de que haya tenido algún orgasmo en su vida, es probable que nunca lo haya disfrutado. 
Olvídese de todo en general y de nada en particular, practíquelo en soledad primero y conozca su cuerpo, que es un piano radiante de teclas por tocar. 
Cuando encuentre su sinfonía, le aseguro que será usted feliz, le juro que también será libre. 

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