lunes, 29 de febrero de 2016

Oscars


Querido Diario,

Hace muchos años, tantos que el tiempo se pierde en el cálculo, Hattie MacDaniel, una afroamericana oronda y de ojos tristes, ganó un Oscar. 
Sucedió en el restaurante Coconut, donde la sentaron en una mesa apartada, a ella y a su acompañante. Ella, con un floripondio en la cabeza, agradeció el galardón con humildad de raza menoscabada y pañuelo en mano.
Aunque la corrección política era sorteable en aquella época, su comunidad ya se escandalizaba con las dudosas representaciones de la América negra y detestaba los papeles de sabihonda criada/esclava que Hattie incorporaba. De hecho, le dieron la espalda a esta pionera, que así se sinceraba:

- Prefiero interpretar a una criada que ser una.


La ocasión se celebró en 1940, cuando mi abuela andaba por la veintena, el mundo ya era mundo y Olivia de Havilland, que perdió en favor de la negra en aquella edición de los Oscars, ignoraba que los sobreviviría a todos.
El primer Oscar afroamericano fue una anomalía, como lo serían todos. Hasta los sesenta, no se volvió a repetir el milagro, cuando Sidney Poitier, la primera estrella negra por derecho propio y el primer hombre en incorporar negros fuertes, dignos, inteligentes y orgullosos se subió al estrado a por su premio.
Los Oscars ya eran distintos. En el tiempo de Hattie, los resultados se publicaban en prensa quince días antes y la televisión no existía en los hogares. En los sesenta, el Oscar era un acontecimiento público.
Pero desde las primeras ediciones, los premios de la Academia han sido tan queridos como disputados. Tan mediatizados por la actualidad, los intereses promocionales y los tributos debidos, los Oscars fueron, desde el primer día, más un producto de su tiempo y sus momentos que un garante de mérito cinematográfico. 
Nunca fue enteramente culpa suya; premió lo que se le señalaba, lo que le pedía el corazón, lo que había olvidado el año anterior, lo que, por entonces, se consideraba calidad, prestigio, intención, voluntad. 
Los Oscars aman la esperanza, por encima de todo, por eso premiaron a Hattie MacDaniel, porque su Mammy sobrevivía tanto como Escarlata. 


Hablamos de "Lo Que el Viento se Llevó", claro, que no sólo ganó diez Oscars, sino que, inflación ajustada, sigue siendo la película con mayor recaudación de la Historia.
Señalada como una película absurdamente racista, que idealizaba el decadente Sur que pereció a la Guerra de Secesión, "Lo Que El Viento se Llevó", no obstante, es una rareza en el cine de su tiempo, porque aparecen más negros que en el noventa por ciento de las producciones mainstream - ¡juntas! - de casi dos décadas, y además está protagonizada por una zorra caprichosa que se sale con la suya y, aún así, no se la puede calificar más que de heroína.
Ni afroamericanos ni mujeres de verdad ni muchas más cosas de la realidad han sido interés de una industria heterosexual, blanca, machista y reaccionaria que, aún así, ha luchado contra todo eso y lo sigue haciendo, como si, culposa, entendiese que lo que ignora es precisamente lo que le da color a la vida.


Si este año la Academia de Hollywood olvidó a los actores afroamericanos por racismo, porque ninguno lo merecía o porque no tienen las suficientes oportunidades, la incógnita quedará resuelta en la próxima edición cuando haga un esfuerzo. Un esfuerzo, como todos los que hace: político, fingido, también espectacular.
Los justos apuntes de Chris Rock sobre la pervivencia del segregacionismo a varios niveles en la sociedad norteamericana se traspapelaban con su sobreactuación. Había momentos en que el caballero me recordaba a uno de los negros de "Lo Que el Viento se Llevó". El simpático abrasivo, que no sabe hablar muy bien y viene a recordar a los amos que todo se lo llevaron los yanquis.
Me consta que Chris es mucho más que el papel de cómico colegacho que practica a menudo - brillante su intervención en "Empire", por ejemplo - y me pregunto si, para vindicarse, uno debe sobreactuar quién es, en lugar de desafiar precisamente el rol establecido: esa mesa apartada en el Coconut Grove.


Más que el discurso, me soliviantó la brocha gorda, ese implacable mal gusto que se ha adueñado del espectáculo, en general, y de las ceremonias de premios, en particular. A Chris se lo llama para amonestar a los dueños de Hollywood por blanquitos asquerosos, igual que se demanda a Ricky Gervais para que los escandalice británicamente. 
Tanto uno como otro son esa fusta que se propina una sociedad, un público y una industria, que antes que racista y rancia, es una voluntariosa masoquista, tanto en la elección de sus presentadores como en la selección de sus películas más queridas del año.
El racismo era plato y guión de la ceremonia, entre chistes que funcionaban y otros que patinaban. La realización era desmañada y el libreto no tenía demasiada gracia, pero el insufrible overacting de las pasadas ediciones vivió más controlado. Así, la gala fue aburrida, pero correcta, nunca estridente, con cierto intento por la progresión, más que adoración por la histeria.
El gag más conseguido de la noche, también por significativo, fue aquella encuesta que hizo Chris Rock a los asistentes de un cine frecuentado por afroamericanos. Más por las intenciones reivindicativas del experimento, destilé esa verdad: la gente no conoce las películas nominadas a los Oscars.

- Yo voy mucho al cine y no sé de qué películas me estás hablando - decía una mujer.


Alegue usted ignorancia, pero ahí está la clave de los últimos años y la gran diferencia con los tiempos de Escarlata O'Hara: las películas no marcan, no son lo suficientemente populares, se olvidan, en todo caso, de un año a otro.
Es por ello que el público sea incapaz de contestar a la pregunta sobre qué título ganó el año pasado, pero tenga tal increíble recuerdo de "Titanic", a la que se considera presente, casi contemporánea, cuando cumplirá la friolera de veinte años en el próximo 2017.
"Titanic" debió ser la última película oscarizable y súper comercial que, además, se mete en la memoria colectiva. Al menos, es un fenómeno que ya no sucede de manera habitual. Diga que la calidad del cine en general ha disminuido o acháquelo a Internet, que acelera nuestro mundo de por sí acelerado.


En cualquier caso, el cine, el buen cine, aparece en retrospectiva. Es probable que se hayan hecho grandísimas películas en los últimos tiempos y la mayoría las desconozcamos. Sucedía en los años gloriosos, ojo. Hoy revisitamos lo mejor de entonces y, de ello, poco fue exitoso y ni estuvo planteado como premiable en las mesas de los académicos.
Deprímase porque un director tan fatuo como Alejandro González Iñárritu tenga dos Oscars y anuncie que el cine está muerto, pero no olvide que emblemáticos directores de toda una época como Hawks, Ray y Sirk jamás se alzaron con una nominación ni una sombra de ella. 
El recientemente fallecido Andrzej Zulawski era un genio y los Oscars no lo incluyeron anoche en el In Memoriam, porque no saben quién es.
Como le he dicho, los Oscars son producto de una especificidad, no de una clarividencia artística sin parangón. Si busca algo de lo último, enganche con festivales u olvídese de estos fastos.


Internet define mucho de lo que pasa con los Oscars, pero, joven y atolondrado, tiene poca memoria. 
Se confunde y cree que Leonardo DiCaprio había perdido en muchas ocasiones, mientras olvida que el prestigio de Leonardo como actor es relativamente reciente. Recuerde los años circundantes a "Titanic": el fiasco de "La Playa", el abucheo que recibió su premio en Berlín por "Romeo y Julieta" o la ausencia total de gifs cuando la película del transatlántico recibió catorce nominaciones y ninguna para su encantador héroe. Ya, en esa época no había gifs, pero sí contenedores de lo más flameables.


Otros actores, actrices, directores y técnicos han perdido el Oscar de maneras más escandalosas, o al menos, más notorias.
DiCaprio no fue favorito en ninguna ocasión anterior y, de entre ellas, su mayor opción real fue la primera vez, cuando lo nominaron por el niño retrasado de "¿A Quién Ama Gilbert Grape?", vencido por Tommy Lee Jones en "El Fugitivo".
Por entonces, Leonardo comentó que adoró perder, porque le puso muy nervioso la ceremonia. Lobo solitario donde los haya, DiCaprio no es el rey de la fiesta, ni mucho menos. Tiene pocos amigos en la profesión, va a todas partes rodeado de guardaespaldas y, en cierto sarao, una modelo le estalló una copa de cristal en la cabeza en plena bronca. Pareciera que Leonardo se interpretó a sí mismo en "Celebrity", verdaderamente.
Pero Internet no recuerda, sólo bromea y sentencia, y DiCaprio - por otro lado, un actor excelente y un leading man infalible -, ha sido el primer ganador del Oscar a razón de memes, todo un antes y después en la historia de estos locos premios.


La amnesia de la juventud reapareció con el cantante Sam Smith, desafinado en su actuación y poco hábil en su discurso de agradecimiento. Se dijo el primer oscarizado abiertamente gay, olvidando no sólo al guionista Dustin Lance Black, sino a nombres como Pedro Almodóvar, Melissa Etheridge o John Schlesinger, que eran homosexuales cuando nadie te aplaudía por manifestarlo.


Quizá debió ceder su poco merecido Oscar a Lady Gaga, que dio - esta vez, sí - una poderosa interpretación de una canción con significado. Al final, se acierta cuando se cuenta alguna verdad.
La denuncia de la cultura de la violación a ritmo de canción fue lo mejor de la noche, la cúspide de emoción a la que se llegó con tranquilidad. Y también habló de la mayor y verdadera cuenta pendiente: el machismo.


Cuando se desfilaba la alfombra roja, yo vivía azotado por los comentarios que un crítico de moda estaba vertiendo contra las actrices por la ropa que llevaban puesta. Machismo éste agazapado tras su homosexualidad y tolerado por ella. Ayer y hoy denuncio ese desprecio de señoras como Kate Winslet o Jennifer Jason Leigh, entendidas como ganado que pasea trapos.
Y compare las atocinadas caras de DiCaprio y Russell Crowe con las demacradas facciones de las mencionadas: aquellos no paran con las hamburguesas, mientras ellas rezan porque el presentador no cite sus bragas para hacer un chiste.


Al respecto de la pedrea, que fue debida y cumplida, está lejos de la sorpresa, aunque la propiciara en el último momento.
La starlet Alicia Vikander culmina un impulso que espera ratificarse y no entorpecerse con esta reválida.
La cuenta del tributo se pagó con Leonardo, pero se impuso mérito por encima de standing ovation en la categoría de actor de reparto, donde perdió Stallone y subió el tranquilo Mark Rylance, sombrero y modestia, que parecía recordar tiempos perdidos, como la misma película que le ha permitido alcanzar ese premio.


Viví pendiente de los encantos de Fassbender, claro. De Ryan Gosling, también, y del padre del niño de "Room", revelación maromial de la noche.
Creí que me dormiría a eso de las tres y hasta las seis soporté con facilidad, tras un cuidado refrigero a medianoche, al calor de una estupenda estufa y mi televisor, con el que precisamente estaba ayer de tercer aniversario desde su compra.
¿El año que viene? Más Oscars, por supuesto.

1 comentario:

  1. La verdad que yo a los Oscars no los tengo en cuenta para ver película buena. Para eso prefiero comprarme entradas y membresía en el festival de cine de mi ciudad.
    Este año la economía no me permitió extravagancias de festival, lo dejo para el que viene, si es que las circunstancias lo permiten.

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