miércoles, 3 de febrero de 2016

Plus


Querido Diario,

Como lord inglés que fue joven ayer, que se quiere viajero todavía, usted ha pasado más tiempo de siesta en su sofá, justo cuando las fuerzas le vencían, antes que centrada su visión en un punto fijo, en una pantalla, en una interlocutora que hable, pero jamás conteste. 
Usted nunca ha visto la televisión, ni sabe de su historia, ni siquiera la añora. Le desconcierta que la cultura popular se fundamente en lo que se emitió un día y se comentó al siguiente y le fascinará que muchas vidas, muchas mentes, muchos secretos, muchas pequeñas tragedias se muevan bajo la sombra de Catodia. Catodia, ese rayo que emitía su poder a través de la televisión, por fin en casa.
Espero que sí conozca una verdad: antes de los noventa, la gente se ponía colorada cuando se hablaba de sexo. Y no sólo de sexo, sino de cualquier tema adulto. 
Rememore que la pretensión de ser algo más estaba mal vista, pero en los años noventa, las pantallas se vistieron de tal sex-appeal que todo el mundo deseó ser famoso.
El siglo no se despidió sin honrar su quintaesencia: pasaría a la Historia porque inventó la televisión y, antes de que tocaran las doce de la última noche de 1999, todos querrían aparecer en Catodia.


Soñábamos con la tele desde que la nacimos puesta pero, salvo lo que se ocultaba tras los dos rombos, la televisión de este país era todo bondad y paz. 
Los dibujos animados, los concursos, los informativos, los debates. TVE era un río manso, donde cualquier emoción estaba controlada. Todos la veían, todos la sentían, pero pocos reaccionaban a ella, tanto para bien como para mal.
Muchos añoran la televisión de los ochenta, aquellos dos canales, controlados y gobernados con ecuanimidad por mucha gente inteligente, culta y profesional, cuyo único complejo era emitir "Falcon Crest", concebida como una concesión al desmadre en una televisión pública, la misma que había escapado de las sombras del franquismo y ahora producía las películas más comprometidas. Hasta tenía un programa infantil los sábados por la mañana escrito por gente más roja que el carmesí.

- ¡Viva el mal! ¡Viva el capital! - decía la Bruja Avería, villana irónica e icónica.
  
La televisión era aburrida, a veces, terriblemente tediosa, porque se quedó detenida en el tiempo, como aquellas tardes procelosas, donde la Segunda Cadena era autista sin remedio y la Primera emitía el insufrible programa de cocina "Con las manos en la masa". Años, años y años.
Como la España del PSOE, Televisión Española quedó en un jardín del que se pensaba eterna. 
Se olvidó del sexo, se olvidó del color, se olvidó de la fiesta, se olvidó de que su público, a pesar de todo lo que le había enseñado, seguía siendo el mismo. La pista ya estaba emplazada, cuando los espectadores vibraron como nunca con las tetas de Sabrina y con "Cristal".
La llegada de las cadenas privadas significó la entrada oficial del colorido y la vulgaridad.
En el patio del colegio lo comentaban todo sobre los nuevos programas, con sus promesas, sus tetas, sus chistes, sus viejas glorias sacadas de un guardarropía perdido y devueltas a la celebridad entre cupones, medias naranjas y goles que eran amores. 
Telecinco y Antena 3, las contestonas, llenaron las casas, pero ahí estaba la leyenda, la gran incógnita, aquello que era más grande que nada de lo que podíamos ver en la televisión. 
Era el Canal Plus, que se anunciaba a sí mismo con un rasgueado de guitarra. De origen francés, era la cadena para los adultos que se decían muy adultos.


"Abonarse" y "codificado" eran las palabras que aprendí a utilizar antes de entenderlas. Ahora comenzará la programación codificada y la televisión se irá a gris, se deformará, comenzará a hablar cual pato Donald, en un código indescifrable.
La televisión de pago, sí. Por primera vez, la televisión se hacía elitista. Si quieres algo bueno, has de pagar. Viva el mal, viva el capital.
Mis padres odiaban la televisión tanto como yo la amaba. Detestaron los nuevos canales y pagar por ver uno les producía chiste. 
La preferían apagada y echarse a verla lo consideraban la imagen de la vagancia, Probablemente tenían razón, pero quizá le dieron demasiada importancia. Cuanto más la criticaban por aborregante, más nos tendíamos mis hermanas y yo a disfrutarla.
Las rayas del Canal Plus vivieron durante muchos años en nuestro televisor, mientras nos moríamos de desconsuelo cuando nuestros primos nos susurraban lo que habían visto. O cuando se oía en el colegio lo que se emitía los viernes por la noche. 
Sí, Canal Plus traía el verdadero sexo, más allá de las bailarinas de Telecinco.


Una amiga de clase tenía grabado un trozo de porno después de una película. Lo vimos en su casa, nos morimos del asco, gritamos de nervios, lo quitamos ante el sonido de la puerta.
Mientras, la programación en abierto de Canal Plus traía el mítico Del 40 al 1, el único lugar donde se podían ver los últimos vídeos musicales. Ahí estaba el inolvidable "Black Hole Sun" de los Soundgarden o los Take That bailando "Relight My Fire".

- Qué maricas - decía mi padre.

Los viernes por la tarde emitían "Sigue Soñando", una comedia de la HBO - aunque, en aquella época, nadie sabía lo que era la HBO -, cuyos títulos de crédito contaban nuestras vidas: un niño que crece delante de la televisión y la termina por asumir como parte de su memoria.
La serie también era bastante picantona y mi hermana pequeña y yo nos poníamos rojos con muchas de sus tramas.
Recuerdo cuando el protagonista descubría que su padre era gay y le hacía las mismas preguntas que me planteaba yo mismo por aquel entonces.


Yo soñaba con decodificar Canal Plus, con sus películas de estreno, con sus reposiciones de clásicos. En sus anuncios, se refocilaba en su menú codificado, para que mi pobre corazón de espectador explotara de envidia.
Ahí fue donde vi la primera escena de la película que me hizo obsesionarme por el cine. Bette Davis decía: "No saldrás nunca de esta casa. ¡Jamás!".
No paré tranquilo hasta que pude comprarme esa película. Sí, era "¿Qué Fue de Baby Jane?".


Canal Plus me tentaba, me echaba el lazo. Sabía que yo quería ser cinéfilo y no había otro modo de empezar mi formación sin acabar con las rayas, con la grisura. Que se levantara el telón. Arriba los peliculones, a ver esos penes.
Supliqué, recé, pedí por un decodificador durante años. Un verano, como regalo de Fin de Curso, mi padre accedió, a regañadientes, receloso. 
Nos costó tanto armar los cables del aparatejo que supe que mi padre se arrepintió desde ese momento. Como usted, Lord Diario, él nunca ha sido de tecnologías, quizá porque no ha tenido la paciencia de comprender su utilidad.
La primera noche Canal Plus emitió una de Chuck Norris y hubo caras largas en mi casa, pero la siguiente reinó la convicción. Echaron la versión restaurada de "My Fair Lady".


En aquella época, Canal Plus emitía todas las películas estrenadas. No hacía falta ir al cine ni bajar al videoclub. Canal Plus traía "Balas Sobre Broadway", "La Edad de la Inocencia", "Mucho Ruido y Pocas Nueces" y millar de títulos rarísimos de filmografías internacionales, que devoraba a medias, sólo porque los emitían.
Sí, entonces, llegó el viernes por la noche. En absoluta oscuridad y silencio, cuando todos se habían marchado a dormir, en la única televisión de la casa, apareció la primera felación. Era horrible e hipnótica.
La forma de las pollas me tenía preocupado: ¡son demasiado grandes! ¿por qué están esos glandes tan al descubierto? Me decepcionó también el escaso atractivo de los participantes.
Pero aquello era el sexo en la televisión y me masturbé, sí. Y, por primera y última vez, me corrí sobre la pantalla.


La televisión se hizo múltiple, se hizo privada. Ahora era aborrecible, ¡una basura!, que competía entre sí por las audiencias. Era más rápida, inmisericorde con sus propios formatos.
Y la reina de las nieves era Canal Plus que se jactaba de todo, hasta de sus ridículas audiencias.

- ¿Por qué miran tan desconcertados ese dato tan bajo? - preguntó alguien ante las caras de unos ejecutivos de televisión a unos gráficos de ratings.

- Porque el porno del viernes tiene más espectadores que abonados tiene el Canal Plus.

Anécdota verídica. Las televisiones rivales intentaron ofrecer contenidos más canallas a esas horas: películas eróticas, programas de sexo o monumentales programas del corazón. Fue cuando llegó el programa eterno, de más de cuatro horas, para ocupar también el late night, que, a veces, se les escapaba a las rayitas que simulaban folleteo.
Canal Plus era sexo, pero era cine. 
Emitía los Oscars en exclusiva, muchos años después de que la televisión pública hubiese renunciado a sus derechos. Por aquel tiempo, los comentaban y trabajan Ana García Siñériz y Jaume Figueras. Yo adoraba a esa pareja, porque, como casi nadie en televisión, sabían de todo lo que estaban hablando. 
A ella se la critica por pija, pero era una presentadora excelente y contrapesaba la erudición de Figueras. Pasar las noches de los Oscars con sus comentarios era otro universo.
La primera edición que disfruté completa fue la de 1996 y fíjese cómo era el mundo: la vi en una grabación el día después sin saber todavía quién había ganado. Me sorprendí mucho con la victoria de Mira Sorvino, se lo juro.


Canal Plus perdió los derechos de muchas películas, compartidos desde entonces con muchas cadenas. De ser impecable, se torció a estándar y sus más bellas tórtolas empezaron a entonar canción de despedida.
Todavía tenía otro as en la manga: Canal Satélite Digital.


Pocos recuerdan esa plataforma, porque era cara y la disfrutaron menos espectadores. 
Yo vencí otra resistencia más y la incorporamos en casa, allá por 1998. El mosaico era orgásmico. Todo lo que podías ver en una tarde: series como "Los Vengadores", "Fama" y "Treinta y Tantos", un montón de películas clásicas, documentales de cine,... Desde el día en que semejante delirio de contenidos llegó a mi vida, tuve clara una cosa:

- Nunca saldré de esta casa. ¡Jamás!

Esta tarde, emiten "Lili" en el canal TNT y de aquí no se mueve nadie. Esa era la ley.


Pero fue la época donde también comencé a salir de fiesta, a tener más amigos. Salí del armario, quería conocer el mundo. Cuando lo tuve todo en la televisión, ésta perdió algo, no sé qué. Quizá sus secretos, su excepcionalidad. 
Hubo tiempo para canales tan magníficos e irrepetibles como Cineclassics, regentado y comentado por cinéfilos de mucho pro, en el que vi "Madame de...", "Orfeo" y "Un Tranvía Llamado Deseo". 


También encontré espacio y pillería para piratear Taquilla XY, donde emitían porno gay. Una de las primeras escenas: la orgía del vestuario de "Echoes", donde el protagonista es asaltado y seducido por tres jugadores de hockey. Casi se me para el corazón.
La televisión me dio todas las respuestas que yo necesitaba.


Las cosas cambiaron, los canales también. Perdió el rumbo, se concentró, se diluyó en formatos menos interesantes, los menús se desclasificaron, cayeron las plataformas, se sustituyeron por aliadas de la telefonía. 
Llegó la banda ancha a nuestros ordenadores y se acabó la necesidad de una pantalla cuando las teníamos todas.
Y yo también me perdí. Me fui a buscar el otro lado de la televisión, muy lejos de la habitación donde la soñaba. Fue un viaje de una década entera.


Esta semana, leí que terminaba Canal Plus. Todos los recuerdos volvieron, el desconcierto reinó, como si el largo paréntesis no hubiese existido, como si acabase de ver la versión restaurada de "My Fair Lady". 
¿Qué fue de Canal Plus?, me pregunté. ¿Qué emitía en estos últimos años? ¿Seguía el porno, seguía Ana García Siñériz, seguían sus exclusivos estrenos, seguían reponiendo "Friends"? 
Entonces entendí que el tiempo había pasado, más que nunca en televisión, esa donde un minuto es una eternidad.
Ahora Canal Plus se llama #0. Qué tristeza. La televisión, con todo lo que fue, con lo que significó, con lo que nos enseñó, con los que nos condenó, ahora reducida a signos de teclado. Al puro cero.


"No querrás dormir", susurraba el canal TCM, "Los sentimientos se cuentan en blanco y negro. Los sueños, en Technicolor".
Usted no sabe nada de la televisión, pero hubo una época en que parecía hablarme a mí, contarme, decirme exactamente lo que era. Y también pensaba que era el único que la veía y la esperaba de una manera tan apasionada y enfermiza.
Ignoraba que los teleadictos y los cinéfilos éramos una sociedad constelada: un millar de puntos en la geografía que no queríamos dormir, porque nuestros sentimientos se contaban en blanco y negro y nuestros sueños, en Technicolor.
La soledad cesaba en su dolor, los telones se levantaban. Y allí, de manera tan ridícula y milagrosa, estaba el mundo entero para nuestros ojos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario