lunes, 22 de febrero de 2016

Renacer


Querido Diario,

Mi querido, querídísimo Diario. Creí que perdería el sendero hasta usted y sería incapaz de regresar. Dicen que los escritores son aquellos para los que el acto de escribir es más complicado que para el resto de los mortales. Si es cierta la paradoja, apúnteme en la lista.
Hoy no llamaré a ese acto como algo doloroso; en realidad, escribiendo se aplaca el dolor. Pero toda acción requiere determinación, incluso la que implica la cura, la salvación, la paz.
Le confesaré un secreto: en los últimos tiempos y en períodos de tres ó cuatro meses, se me ocurren ideas, muchas ideas, para películas, para novelas, para historias. Le doy vueltas a esas ideas, antes de dormir, subido a la bicicleta elíptica, de camino a casa. Me emociono con ellas cuando se forman historias, escenas, personajes. Entonces lamento que no estén de moda, que se etiqueten para un público determinado o que nunca vean la luz, entre la pereza propia y la mediocridad de las modas. 
Después, la idea se extingue en mi pensamiento, se aplaza y, cuando vuelvo a pensar en ella, ya no me conmueve, ni siento deseos de contarla.


En estos últimos días, he tenido la enésima, la penúltima, ¿la definitiva? Y me digo ahora que he de escribirla, antes de que se desvanezca con los días, antes de que me muera, pese a las circunstancias, pese a las consecuencias, pese a la última futilidad de escribir para un mundo que ya no lee, si es que alguna vez lo hizo. 
Lo intentaré, como he hecho en contadas ocasiones, y quizá se lo cuente, en privado y en susurro, en estas mismas líneas que compartimos usted y yo. Es usted el depositario de mis secretos, sea también el de mis más locos sueños.
Como debemos calentar los esquivos motores del narrar, retomamos el ritmo con una de nuestras galerías, porque hay mucha actualidad que cortar y muchas cosas que he descubierto, durante el tiempo que hemos estado separados, mas nunca olvidados.


- Ha muerto Harper Lee, la escritora de "Matar un Ruiseñor", cuya adaptación cinematográfica hace sonar los mocos a todo hijo de vecino y permitió a Gregory Peck ganar el Oscar bajo las gafas de Atticus Finch, aunque Robert Duvall y la pequeña Mary Badham se apropiaban del lacrimal de la misma manera.


La novela es un clásico de la literatura norteamericana, escrita por una mujer reservada, que se retiró de las letras justo cuando había comenzado. 
El año pasado, tantas décadas después, la publicación de una extraña precuela levantó suspicacias y disparó alarmas sobre quién rondaba a la vieja Harper. Al final, "Ve y Pon un Centinela" era, ante todo, un apañado borrador de la novela icónica y quizá el último testimonio de que hay muchos escritores que sólo tienen una novela dentro de sí.


- Otro escritor fallecido, Umberto Eco deja un legado más prolífico, beneficiado de una carrera que combinó lo que muy pocos escritores: éxito editorial, respeto profesional y continuada calidad. Recuerde no pasar las páginas mojándose el dedo, Lord Diario, que lo mismo cae fulminado sobre el texto de una de sus literarias intrigas.  

- Y, detrás de la cámara, deslizados hacia el cine, qué poca resonancia ha tenido la muerte del director polaco Andrezj Zulawski, un autor rabioso, enloquecido, de películas fuertemente artísticas, personales y un tanto galvanizantes.


Hace un par de años, tuve la oportunidad de descubrir algunas de sus obras características: "Posesión", de la que Isabelle Adjani casi sale derecha al manicomio y yo también, "La Tercera Puerta a la Izquierda", retablo maravilloso, abstracto, en las tripas, de la Polonia invadida, y "Lo Importante es Amar", una película que deja sin palabras desde la primera secuencia.
Sobre todo, le recomiendo esta última, mientras yo prometo navegar por más obras de este genio ignorado. 


- He hecho una promesa de esas que me durarán una semana, con mucha suerte. Cada día, dos horas de lectura, dos horas de escritura y una película por la noche. 
Espero que, para las dos horas de lectura, encuentre libros tan apasionantes como Al Este del Edén.
Anote que llevo leídas tres cuartas partes y la primera secuencia de la película de Kazan aún no ha aparecido; la novela es extensísima y empieza mucho antes.
Entre otras cosas, he podido descubrir la historia detrás de Kate, el enigmático personaje incorporado por Jo Van Fleet, desvelado en el libro como una de las villanas más escalofriantes que he tenido el placer de conocer.


- Por aquello de ver a James Dean en la portada del libro, me entró la añoranza. Las tres películas que protagonizó pueden encontrarse entre lo que más adoro de este mundo, así que el sábado, refugiado del mal tiempo en el pequeño apartamento del sur de la isla, me puse Rebelde sin Causa.
Recuerdo haberla visto en el mismo lugar, de adolescente, y mi hermanita y yo nos volvíamos locos de los nervios cuando los gamberros perseguían a Sal Mineo en la piscina abandonada.
Leí ayer que era la misma piscina que se había usado para "El Crepúsculo de los Dioses". Obras maestras conectadas.


- A propósito de "El Crepúsculo de los Dioses", descubrí su hija, escondida en los tardíos setenta, esplendorosa de puro infravalorada: Fedora, penúltima obra de Billy Wilder.
Como adoro las sagas irónicas del viejo star-system, quizá soy algo subjetivo con una película así, pero considero que está escrita y dirigida con el mismo talento y la misma fuerza que se sintieron pasados de moda en la época de su estreno. Todo en ella suena a carta de despedida, pero hermosa carta.


- Prometí que jamás me atracaría de películas para el Oscar y, entre una y otra, casi he visto todas las nominadas al premio gordo.
Creí que odiaría El Renacido, pero ni a ese nivel llega. Es una película pasable, con un argumento resudado en westerns y servido ahora con ínfulas de gran genio. Si durara una hora menos y se creyese menos obra maestra, me hubiese gustado un poco más.
En cualquier caso, no se merece ninguno de los Oscars que va a conseguir este domingo y compararla con Malick o Tarkovski le hace un flaco favor.


- Por el contrario, me ha decepcionado The Martian, que se me hizo mucho más pesada y aún más vacía. Los individuos son listos, las instituciones son ineptas y tus amigos deben romper las reglas para salvarte, ¿cuántas veces nos vas a contar lo mismo, cine americano?

- Tenía pendiente La Gran Belleza, desde que ganó el Oscar al mejor film extranjero y cierta amiga me asegurara que era la obra de la década. 
Debe ser la obra insufrible de la década: una película superficial sobre la superficialidad, increíblemente snob, carca y moralista, donde ese tal Sorrentino se me ha desvelado como un timo de cuidado.
Ni grande ni bella, y sí descolorida, artítrica y amargada como la mitad del cine contemporáneo. 


- En cambio, me lo pasé bomba con un clásico noventero: Lazos Ardientes, vendido en su día como un thriller erótico y destilado como un ingenioso pastiche noir, muchísimo más disfrutable que todo lo que han hecho después los hermanos Wachowski.
Y, ay, Jennifer Tilly, qué mujer para hacerme olvidar a los hombres, aunque sea por un ratito.


- Si tiene paciencia, predisposición al sufrimiento y necesidad de extática revelación, vea El Diario de un Cura Rural, obra emblema del cine de Robert Bresson, alta graduación para valientes y película demasiado bella y lúcida para este mundo, quizá como su protagonista, incorporado por un Claude Laydu que parte el corazón.


Ay, querido Diario, se lo dije: escribir no duele nada. Va como la seda y se siente como volver a casa. Hasta mañana, hasta todos los mañanas.

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