viernes, 26 de febrero de 2016

Revolución


Querido Diario,

El otro día tuve un sueño, viejo, terroríficamente conocido, parecido a otros tantos, pero cobrado de un distinto sentido. 
Usted sabe que yo no conduzco. Intenté aprender hace un año y le tomé más miedo del que ya le tenía. Soy poco hábil para el reflejo y escasa utilidad le encontré al complejo invento. Donde esté el transporte público, allí estaré yo. Está lleno de historias, no contamina y, si se estampa, no será culpa mía.
Creíame con la voluntad de aprender a conducir y nunca volver a soñar con estar al volante de un automóvil que no sé manejar. Como nunca aprendí, al menos del todo, he soñado otra vez.
Conducía un camión, esta vez, por carreteras del norte, llenas de neblina y curvas. Era incapaz de manejar los pedales, sólo agarrarme al volante y esquivar los obstáculos como si fuera un imperfecto vídeojuego. La velocidad era nivel Mad Max; el camión se decía propiedad de Pablo Iglesias.
Cada vez más rápido, era increíble cómo podía seguir vivo, buscando con desesperación una autopista. Di con ella, llevándome por delante a dos limusinas accidentadas en la cuneta y varias señales. Soñaba en el sueño con llegar a casa, pero más autopistas, más carreteras me esperaban.

¿Soñé acaso con la revolución, querido Diario?


Es increíble lo mucho que nos hemos radicalizado en los últimos tiempos, ahora que lo pienso. Tan moderados y dormidos hace diez años y ayer me encontraba usted solicitando información para afiliarme a Izquierda Unida. 
Dicen en sus estatutos que nadie que defienda el modelo capitalista podrá unirse a ellos. Dudé un instante, como si el anterior y moderado yo reapareciese. Bastó una crisis, bastaron todas las crisis. Antes desoía a mis enfervorecidos amigos, que clamaban por reformas electorales y denunciaban las mafias que copaban los puestos públicos, justo todo lo que ahora cultiva nuestro día a día, nuestra indignación, nuestra humillación. Ir hacia delante, sin pedales, ¿quién dijo miedo?
Nadie que clame por la revolución sabe lo que significa, escribí en cierta ocasión. Y es cierto: cuando se desate, no será pensada ni planeada. Será inevitable, como un castillo de naipes que se derrumba, que aplasta a unos y levanta a otros. No habrá agenda ni resultado a calcular. 
A veces pienso que mejor me atrape muerto. Otras, que, con todo lo que leo y contemplo a diario, este mundo no aprende ni aprenderá, lleguen mil o dos mil revoluciones. La gente no es exactamente mala, es demasiado tonta, que, a efectos prácticos, es peor y más peligroso.


Fantasee usted con la revolución y piense en el tiempo que cerremos el Facebook, cuando caigan las convicciones del modelo, cuando sucumban las viejas ideas, cuando se desconfíe de la seguridad para creer en el mañana.
Comprenda lo complicado: jamás nos hemos leído las condiciones de uso y las hemos aceptado todas.
Traducía hoy un texto sobre las condiciones de uso de una página web y descubría alarmado el proceso por el que nuestros datos personales son enviados a lo largo y ancho de Internet. Se puede requerir que no se haga, pero, como siempre le damos a Aceptar sin leer, nunca seremos conscientes de cuánto saben de nosotros los que mandan. Puede que hasta se anticipen a cualquiera de nuestras acciones, cotidianas o extraordinarias. Somos como sus hijos díscolos y caprichosos. Ya encontrarán algo con que contentarnos, porque nos conocen a la perfección.
¿Cuál será la escapatoria? La escritura y el pensamiento, los dos faros de la resistencia, allá donde esté y cualquiera sea su forma. Escondidas, silenciadas, incluso rubricadas en la pared de una prisión, las palabras transformaron el mundo y lo siguen haciendo.


Quiero creer que esa fue un día la manera de saltarse las señales y desafiar el miedo del mundo a conducir hasta su destino.

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