martes, 2 de febrero de 2016

'Selfie'


Querido Diario,

Con Dee llegó el escándalo y llovieron los documentos gráficos.
Aposentaba mi culo sobre el lecho para contemplar alguna película, tras rubricar libidinoso post sobre nuestras orgías, las verdaderas y las soñadas, cuando se oye ese pipipi que narra la historia de la telefonía móvil. Siempre alerta. Ya lo decía el anuncio que inauguró el furor, hace tantas lunas: everybody's dancing in the moonlight.


Era Dee, sí, mi heterosexual, musculoso, a veces apestoso, amigo del gimnasio. Me dice que me vaya a dormir ya, porque intuye que ando de trasnoche y al día siguiente, hay que despertarse para darle al culticuerpo.
A propósito, me envía una foto suya shirtless. Zasca. Yo me quedé patidifuso. Entenderá, Diario. ¿Este caballero no entiende que enviarme una foto suya con los pectorales al aire es pretender que uno sea de piedra? Eso es mucho pretender.

- Buenorro - acerté a decir, para piropearlo, por no decirle "¿para qué cojones me mandas esa foto?".

- Esta no la he subido a Instagram, porque sería mucho presumir.

- Ah. ¿Y a tus amigos gays sí se las mandas?

- No, ¡a los acosadores no!

- Me refería a mí.

- Aaaah, jajaja. Pero contigo no hay problema, tú eres buena gente.

- Cuando estoy dormido - pensé - No puedes imaginar el post que me estás formando con esta ocurrencia.

- Para verano, espero tener el six-pack marcado - dice, refiriéndose a los seis músculos abdominales en potencial protuberancia.

- Yo diría que antes - observando de arriba abajo el obvio cuerpazo, en un paraje estilo pradera, donde él pareció bajarse del coche y se quitó la camiseta para hacerse la fotografía.
Yo no entendía a donde estaba agarrado. Parecía una barandilla de acero y entonces me di cuenta: era el palo del selfie. Se bajó del coche, se quitó la camiseta, no sin antes estirar el palo del selfie.
Toma puesta en escena.

- Y luego se la mando a Josito - pensó.


¿Por qué, oh, Dios, Dee me envía una foto suya descamisado? ¿No entiende que produce el mismo efecto que si una chica le enviase una con las tetas al aire? ¿Porque soy buena persona? Jojo.
Olvidé la conversación y dormí hasta que sonó el despertador. 
Hoy ha sido festividad en latitudes canarias, pero el gimnasio abrió. Sólo cuatro horas por la mañana, pero suficientes para los adictos. Fuimos y lo llenamos. Usted ignora la cantidad de machos por metro cuadrado que habitaban esta mañana en ese Edén del sudor y la pesa. 
Había un olor a hombre como para embotellarlo cual fragancia y olisquearlo un poco cada noche antes de dormir. Intoxicante, completamente maravilloso.
Si queremos organizar una orgía grecorromana como la que juramos anoche, allí había material suficiente, Lord Diario.

- Lo de "orgía" lo entenderán, lo de "grecorromana", mñé.


El vestuario, ese lugar donde tengo que bajar la cabeza para no torcerla cual endemoniado, era un más allá del valle de los muñecos, versión avanzada del Eau de Homme que se respiraba esta mañana. Ahí andaba uno de los más guapos del gimnasio, mucho más que Dee: un niñato súper caliente que ignora lo bueno que está, aunque no para de mirarse al espejo.
De hecho, se estaba mirando al espejo cuando entré. En bolas, con una toalla, discurseaba de fútbol y futbolistas con una pasión y un conocimiento que, al principio, pensé que hablaba de unos amigos suyos. 
Antes de salir, vestido, con una camiseta ligera, pegada al pecho, se echó una última mirada al espejo, haciendo un gesto de buscarse guapo y convencerse. 
Sí que sabe lo bueno que está, aunque tenga que repetírselo miles de veces, aunque no pare de hacer deporte para mantenerlo, para incrementarlo, para producir el efecto en los demás.


Dee también andaba por allí, tan casual, ni nombró el affair selfie, porque, como todo, no le concede importancia. ¿Es acaso ingenuo?, llegué a pensar. A lo mejor envió la foto sólo para que comprobase los progresos de su cuerpo y, yo como compañero de gimnasio, lo admirase con un interés meramente académico.

- Y una mierda - me dijo la monitora, cuando se le conté en plan chisme. - Te lo envía porque está de un chulo que no se puede aguantar y quiere que tú le digas que está bueno.


Cuán cierto. Como el chico del vestuario al espejo, Dee buscó en mí la aprobación, con un gesto de buscarse guapo y convencerse. Quizá de una manera inconsciente, no discurrida.
Porque, querido Diario, estamos en la era selfie, no se olvide.
Nos hacemos fotos a nosotros mismos, porque somos incapaces de dejar esa responsabilidad a otra persona. Las fotos ya no son tomadas espontáneamente, a riesgo de vernos desfavorecidos. 
Ahora son nuestras propias producciones, con la luz adecuada, el escenario, el gesto en el que nos vemos más cómodos, la cantidad de ropa, la ausencia de ella. Y el filtro que borrará ojeras, granos, blancas palideces. 
El selfie instragramero, o cómo Hollywood mató al fotomatón: ya no hay foto sin puesta en escena. 
El palo del selfie es como la pértiga del sonidista, el testigo del atleta, el puntero del profesor. Sin el palo, no hay distancia, no hay punto de fuga. 
El selfie de cerca tendía a deformar las caras, hacer parecer más grandes las narices. Ahora, distancia, barrido de cámara, Cinemascope: está pasando, lo estás viendo.


Las dádivas a nuestra belleza, la real y la perseguida, se encuentran en la aprobación. En la que otorga la red social, en la que concede el espejo o en la que te puede conceder otro hombre.
Como muchos heterosexuales, algunos célebres como James Franco o Nick Jonas, Dee ha encontrado el perfecto público admirador: los gays, que se mueren por su barba, sus músculos, su estatura y su pose de macho canario agarrado a un palo de selfie


Es novedad a medias, porque ya lo sospechaba. Lo he visto y he oído con anterioridad, incluso en épocas donde la homosexualidad daba sus primeros pasos de aceptación. Novios de amigas que me susurraban al oído que querían tema conmigo a la búsqueda de una afirmación por mi parte, o amigos heteros que, después de resistencias y protestas, me acompañaban a bares gays y sentíanse increíblemente elogiados si algún hombre les entraba o frustrados si se iban del local sin que nadie les tocase el culo. 

- Las mujeres no suelen entrarles, de manera general - dijo un experto - y una desconocida que se considere cuerda jamás le dirá que está buenísimo y que se la quiere chupar en el baño. 

- De todo hay - apuntó una sabia.


Si le cuento la verdad, esta concepción de los homosexuales como el siempre generoso público gay, que nos gusta de todo y lo expresamos a mandíbula batiente, me toca las narices y no precisamente con el palo del selfie.
Concretemos. "Pero qué bueno está ese tío" está dicho con el mismo arrojo masculino que "Pero qué buena está esa tía". Nace de la necesidad de cazar lo que nos gusta y consideramos nos pertenece, aunque sea por las palabras, todo eso tan arraigado en la educación masculina. 
Los heterosexuales ansiosos de aprobación buscan en los homosexuales dispuestos a otorgarla el mismo esquema mental: si gusta algo, hay que manifestarlo. Y, cuando se necesita de ejercitar y desplegar belleza, la urgencia es doble, triple.

- Que alguien me diga que estoy bueno de una vez por todas.

Le digo la verdad: esa necesidad la tengo yo también. Como los chicos del gimnasio, yo también me miro al espejo. Cada vez más. A veces, sin camiseta. Con un gesto de buscarme guapo y convencerme.
Y le digo otra verdad: Dee tampoco es para tanto.

- Sí, está muy bueno - pensé. - pero nada por lo que matar hoy, ni morir mañana, ni derribar el templo filisteo, ni dejarlo en pie. Nada nuevo bajo el Sol. Ese selfie de adámica musculatura es sólo un bonito escenario donde añoro guión, emoción, intriga, incluso dolor de barriga.

- En verano, el six pack marcado.

- Yo diría que antes. 

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