miércoles, 24 de febrero de 2016

Vanidad


Querido Diario,

Esta mañana, cacé conversación al vuelo. Los chicos del gimnasio se preguntaban de qué Narciso vendría la palabra "narcisista".
Yo sonreí ante la ironía y Dee, que tiene la habilidad de sorprender, fue quien sacó de dudas a los demás ignorantes de la mitología.

- Narciso es uno que se enamoró de sí mismo. - dijo Dee.

- Sí - pensé yo - Vio su reflejo en el agua y hasta se dio un beso.

El narcisismo es un trastorno de la personalidad del que todos participamos, en mayor o menor medida. Narcisista es la sociedad que busca la belleza para sí con la intención de conseguir la ajena.
Se ejercita en gimnasios, se sacrifica en dietas y, entre dolor y dolor, prima la voluntad del último destino: ser bello, ser terriblemente bello, frente al espejo, a razón de autofotografía, con destino al mundo.


Noble destino hacerse bello, como cualquier otro que no implique daño ajeno, pero triste que sea el único para muchos y muchas. Poco más que decir y mucho menos que pensar, concluirían las crónicas actuales de la belleza.
Dee puede tener sus sorpresas, será encantador día sí, día también, pero se me ha desvelado últimamente como un vanidoso tonto y sin modestia, que piensa y cree que es guapísimo. Así lo dijo: 

- Con lo guapo que soy y los ojos verdes que tengo, es normal que las chicas prefieran que yo les sirva copas y no el otro camarero, por mucho que éste se descamise. Me miran a mí y claro...

La falta de modestia molesta y lo digo yo, que soy un egotista y un presumido a la Streisand. 
De hecho, muchas veces he visto el mismo gesto de desconcierto e incomodidad que puse yo cuando Dee desnudó su verdadera y única naturaleza: la vanidad. 


Desde que lo conozco, intuyo que Dee podría ser mucho más que el ceporro que se cuelga y hace dominadas como un diapasón, pero sé también que ha renunciado a potenciar algo más que sus pectorales. 
Se ha dejado convencer por el mundo en el que vive y ni se lo plantea, ese que gesta y nutre una sociedad que se recubre de la nada bien arreglada, sin mayor gusto que el exceso, sin mejor responsabilidad que acudir al gimnasio todos los días y olvidar los carbohidratos después de la cinco.
Y yo me preguntaba la máxima: ¿qué hará Dee dentro de veinte años? ¿O quizá dentro de diez? ¿Ignora que todo se va en esta vida, se marchita, se aja, se desvanece, se cae?
Sólo quedamos nosotros mismos, esos feos o bellos del interior, que, viejos y cansados, deberemos vivir en un mundo para jóvenes, los que nos mirarán sin mirarnos, tal y como hacemos nosotros ahora.


Las nuevas generaciones son casquivanas, pero, como dije en cierta ocasión, la culpa no es enteramente suya. Han sido educadas en una época materialista, incluso cuando faltaba el dinero. En ese sentido, podría pensarse que crecerían para ser prácticos, para perseguir metas posibles, para estudiar Economía y dar con integrales rotundas que acabaran con la crisis y dieran nuevas alas al capitalismo.
En cambio, su materialismo es sentimental, sensorial, sexual. Sólo quieren tener buenos cuerpos para ser deseados, sólo buscan ropa para que se intuyan esos cuerpos. Y la necesidad de la pareja, de la reciprocidad, del ser amado se confunde con la apariencia: sólo te amaré si eres televisivamente bello, si luces una camiseta recortada, si tus pezones viven tiesos, mirando al futuro de vacío que nos espera.
Instagram está lleno de tetas, de chicos y chicas. Es la portada del Narciso, o quizá sus ojos, esos que miran y anhelan la acquiescencia de los demás.
Porque la belleza, cuya búsqueda ha preocupado desde el principio de los tiempos, no se consigue por sí misma. Se consigue para ser lucida, entendida, aplaudida. Y la notoria diferencia contemporánea es que no basta con estar bueno: hay que ser el más buenorro.
Cuanto mayor es el esfuerzo, más parece que se desluce la clase social a la que se pertenece. Si hay mucho músculo que demostrar, quizá será porque hay más peldaños que escalar.


En el autobús en el que viajaba el pasado fin de semana, dos adolescentes se subieron, con sus bolsas al hombro, parloteando con generosa ración de sus agresivas superficialidades. Iban derechos al gimnasio y, por lo que depuré de la conversación, era probablemente el único deber que eran capaces de cumplir. Hablaban de otro chico, mayor que ellos, que tenía todos los músculos en su sitio y los lucía casi continuamente.

- Las chicas, locas - decían, ansiosos, aún con cuerpos púberes, sin desarrollar, contraindicados para levantar pesas y crecer músculos.

Se referían a la última consecución de la belleza en nuestros tiempos. Ser el mejor. Es por eso que es una belleza bastarda, sin gusto, no la belleza que se siente, se intuye, se hace inmortal. 
Es una belleza capitalista, competitiva, fundamentada en el tamaño, en el grosor, en la utilidad. Una belleza que implica poder y dominio sobre los demás.


Cuando oía estas conversaciones y cuando Dee se desveló como un petulante vanidoso, me preocupé y morí al pensar que yo hubiese caído también en el error. 
Porque yo también voy al gimnasio todos los días, porque yo también quiero ser bello y porque, quizá, también he buscado ser el más bello.
En primer lugar, decidí que mejor acudía al gimnasio a una hora menos concurrida. Ahorraba mi oído de escuchar gilipolleces y me limitaba a hacer ejercicio. 
Cuando la sala está más poblada, uno se encuentra en medio de una competición en la que no ha pedido participar. De manera más o menos inconsciente, los clientes de un gimnasio siempre se comparan entre sí, aunque se ayuden, aunque se ignoren.
Entendí que quizá no buscaba ser el más bello, porque rehuía la competición, la compañía, la tabla de medir. 
Quería ser mi mejor versión, antes de que fuera demasiado tarde, consciente de que las cosas suceden una vez en la vida. Como siempre he querido tener buen cuerpo, recordé que lo he hecho porque quería hacerlo. 
¿Quiero conseguir algo más con ello? Sí, pero no deseo devenirme en nada barroco ni excesivo. Sería un monstruo que no podría controlar, al que no estaría acostumbrado. Me odiaría o me volvería loco.
¿Y quién toma en serio a tipos así? ¿Qué mayor trabajo van a conseguir que ser bonitos muebles para servir copas toda la noche?


Me tranquilicé al pensar que mi vanidad vive entre otras cosas, otros sentimientos. Al menos, trato de leerme un libro de vez en cuando, de pensar, de cambiar de opinión, de juzgarme severamente y de saber que, si digo que soy el más guapo, será porque busco convencerme de algo. 
Y encuentro la belleza en tantas partes, que sólo rodearme de ella es lo que me hace bello.
Considero que la belleza no se encuentra en armónicas coberturas, sino en el alma que se trasluce, en la pasión que implica.
Toda vanidad es fútil sin la voluntad de mejorarla. Es distinta la vanidad de Barbra Streisand, que siempre lucha por ser perfecta en su contagio de emociones a través de la canción, a la vanidad de Dee, que se enquista en trabajar una superficie rocosa y limpia de mayor significado que una apariencia.


Acaso será la definitiva vanidad por mi parte todo lo expresado, en este afán mío de distinguirme de los otros Narcisos, al considerarlos vulgares, y yo contarme como la intelectual palomita que hace pesas y piensa en John Steinbeck. 
Pero tendría que oírlos, querido Diario: toda esa renuncia a ser distintos y originales, esas miradas socarronas y comentarios despectivos sobre la ropa que visten o dejan de vestir y esa conformidad en la masa de la que le hablé hace semanas.
No sé si seré mejor que ellos, Lord Diario, pero tenga por seguro que no quiero ser como ellos.

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