miércoles, 30 de marzo de 2016

Gordos


Querido Diario,

He visto con horror sus últimas fotografías en las playas de Magadascar. Pero, ¡cómo se ha dejado alargar a lo ancho, viejo indigno! ¿Qué significan esos flotadores que le agarran la tripa? 
Le ha dado fuerte a las bugui burguers, por lo que veo. ¡Con lo que usted ha sido! El lord más desgarbado de toda la región, alto como un pino, flaco flaquiento, digno pararrayos humano del condado de Worcester.
Reconózcalo, mi Lord. Usted está gordo, pero gordo como un tonel. Lo que debe hacer es taparse y cerrar ese pico hasta que tenga los abdominales de Todd Sanfield.
Si viviera en una cultura ancestral, sería admirado. Como vive en tiempos de ojos que miran y cámaras que capturan, esa cintura necesita movimiento y faja.


Qué cosa hay con la gordura, oiga. La mayoría del personal occidental está gordo, no está flaco o le sobra alguna que otra carne.
La tonificación es extraña en un mundo que no corre detrás de un mamut para comer el mes que viene. Y no todos están tan locos como yo para acudir todos los días a un gimnasio a recuperar el cuerpo de nuestros atlantes antecesores.


Lo he dicho muchas veces: la gordura se ignora en las pantallas hasta el nivel del tabú. Los espectadores apartan la vista cuando ven un cuerpo fofo en televisión y hacen gestos de repugnancia e incomodidad. Si es una comedia, optarán por reírse. El gordo, la gorda y el gordismo son muy socorridos para el chiste, sí.
Entienda que la gordura es un secreto, que acompleja, preocupa y se esconde, pero con el que se vive. Como le he dicho, la mayoría de la gente porta lo que le desagrada ver en una película. 
Más aún en Estados Unidos, donde se puede usted encontrar a los mayores elefantes humanos de la Tierra, mientras toda su producción audiovisual se ribetea de lo contrario: los cuerpos perfectos, diríanse improbables.


Ayer contaba Wentworth Miller, el protagonista de "Prison Break", que un meme que se burlaba de su acordeónico cambio físico estuvo a punto de conducirlo al suicidio. 
Padecía una fuerte depresión, con la comida como compulsivo alivio, y los paparazzis rondaban por allí. El público, repugnado y burlón, ante el anteriormente ideal Wentworth convertido en el gordo del barrio, sacó la artillería.
Qué prosaica es la realidad cuando es más realidad, pensaron las gordas mentes.


El espanto ante la gordura es derroche de superficialidad, pero también coordenada básica de desprecio a los otros. Recuerdo ponerle un trozo de "El Valle de las Muñecas" a un amigo; fue una escena donde aparecía Patty Duke, nuestra llorada de ayer. Mi amigo, más bien conocido y más bien imbécil, dijo:

- Pero, ¿quién es esa gorda?

¡No está gorda!

- No es que esté gorda. Es que es gorda. - matizó el muy gordo.


Lo gordo se lleva dentro, según la apreciación. Ella no está gorda, pero tampoco todo lo contrario, ergo, es gorda.
Entiéndalo usted. Hay gordos everywhere. Unos, por poco ejercicio. Otros, porque no paran de comer o tienen una dieta muy mala. Algunos hasta claman que son de hueso ancho. 
La obesidad en sus máximas expresiones ha sido señalada como un problema médico, una plaga incluso, aludida a la alta concentración de azúcar y grasa en los productos favoritos de consumo en localidades, países, generaciones.
Estar gordo es vestirse de capitalismo, porque, en el fondo, es un lujo. En otras épocas, los únicos que se podían permitir lo rollizo eran los aristócratas, los mismos que se ataban las piernas hinchadas por la gota en sus años de dolencia por tanto engullir carnes con el deleite de los que ni se mueven.
Las mujeres, oh, sorpresa, son las que peor lo llevan, de manera tradicional. Llame gorda a cualquiera y la sepulta. 
Si es Adele, se reirá. Dirá: "sí, gorda, pero lo bien que me va." 
Llame gorda a una doncella y acrecentará un complejo, una angustia, una lucha continua contra la masa corporal, contra la aparición de la celulitis, siempre a por el encubrimiento de la irregularidad de las formas. 
Y,  además, la edad. Las mujeres tienden a engordar de manera exponencial, a medida que se hacen mayores. 


Los hombres se han podido amparar en las palabras piadosas que enmascaran el gordismo, cosas como el fuertecismo o la corpulencia. 
Un hombre gordo podía salvarse y nadar por la vida en el flotador de su obesidad venial, aunque, desde hace cierto tiempo, ir hecho un seboso está igual de mal visto y encuentra tamaños competidores en cuestión de atléticos iconos sociales. 
Como las dietas de adelgazamiento ya no son aquella tortura china regada de anfetaminas y pollo hervido de otros tiempos, se tiende a pensar que ahora el que está gordo es porque quiere. Y las nuevas generaciones han renunciado por completo a la sola idea de la gordura. El futuro no será país para los gordos, se lo anuncio.
La gordofobia se reza general y las reacciones ante cuerpos sebáceos en las pantallas es de mucho eeew, mientras se olvida no sólo nuestro gordismo existencial, sino también lo profundamente acordeónico que es nuestro cuerpo a lo largo de las vidas.
El mío siempre lo ha sido. He estado muy gordo, gordo, normal, flaco y flaquísimo, y vuelta a empezar. Cuando he estado gordo, ha sido por pasotismo, dejadez. Tenía otras cosas de las que preocuparme y disfrutaba del bebercio y la comida. Como si fuera una imagen de gordura vista en la pantalla, también tendía a ignorar la mía. Cruzaba las piernas, tapaba la barriga cayendo los brazos cuando me sentaba.
En realidad, no estoy tan mal, me decía. Quizá no lo estaba. De hecho, ligaba más que ahora, por aquello del tierno osito. 

- Me gustas así como eres, natural. No te voy a decir que estás gordo. - me dijo un caballero para decirme que estaba gordo.

Ni me daba cuenta que me sobraban unos kilos. De hecho, ahora que peso quince menos, sucede todo lo contrario: me vuelvo loco cuando me veo todavía sobrantes o pliegues indebidos. 
Fue cuestión de mirarse al espejo y empezar a juzgarse severamente, con los beneficios y terrores que el escrutinio sobre uno mismo tiene.


La pérdida de peso ha tenido una mitología tan compleja que debería hacerse una historia que recolectara la magna dolencia por evitar ser esa criatura infausta: el gordo.
Desde desórdenes alimenticios hasta brutales adelgazamientos, se contó la gente que pasa hambre por estética, decisión propia o absoluta locura. Fenómeno que también es otro lujo de la sociedad del bienestar. 
Como la comida es un placer y tiene una función endorfínica, empezar una dieta y proseguirla requiere cierto cambio en la voluntad, cierto chip cerebral. Lo digo yo, que lo intenté en muchas ocasiones, pero sólo llegué hasta el final cuando oí cierto pistoletazo de salida. Como las determinaciones que implican austeridad y rigor, la obsesión entra en juego.
Hay quien sabe parar a tiempo, hay quien se convierte en un enfermo mental, hay quien vuelve a engordar al final, hay quien se mantiene en esa cuerda floja del peso ideal. Porque unos siempre serán más tendentes a la anchura que otros, esa es la única verdad.  


Me encanta Rubens, adoro el barroquismo, claman los que las prefieren gordas y los ven irresistibles con un kilito de más. Se lo dije y se lo repito: hay gente para todo. Y el gusto canónico se tropieza con los delirios visuales de más de uno y más de una. Muchos y muchas adoran a los gordos, los ven súper sexys, los persiguen.
Es otro secreto más en la historia de las figuras, de la dismorfia, del estúpido divorcio entre la realidad y la apariencia. 
Lo descomunal y lo desproporcionado como algo lamentable, risible, que necesita corregirse, está en relación con el sentido del gusto, siempre estrecho, sorteable, repudiado por tantos, pero dominante, influyente. 
Yo puedo decir que me gustan muchos gordos, algunos están buenísimos y me he acostado con más de uno.
Pero, con ese sentido del gusto bien aprendido y aleccionando, en miles de imágenes y opiniones sociales, yo no quiero ser gordo, aunque lo haya sido, aunque lo vuelva a ser, aunque, en comparación con muchos, lo siga siendo. Ay, de la fútil lucha contra lo relativo.


Quizá mañana me olvide de todo, me zampe una bugui burguer y diga que este acordeón vuelva a desplegarse con generosidad por la historia de nuestras vidas y nuestras piadosas gorduras. 
En cualquier recodo, réstele dramatismo, ahórrese el inútil orgullo y adelgace, hombre. Le costará un poco, le pondrá triste al principio, pero los resultados son pura brisa. Por salud, por equilibrio, por comodidad. 
Yo le adoraré todo el camino, sea michelín o abdominal, sea fofón o rocoso, sea normal o extraordinario. Gordo, en el fondo, en el alma, lo será siempre, lo seremos todos, no lo olvide.

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